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Las dos marcas de la fe


"E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad" (Marcos 9:24, RVR1995).

HISTORIA BÍBLICA

Jesús regresa de la transfiguración y encuentra a un padre afligido, un muchacho sufriendo y discípulos impotentes. El padre suplica: “Si puedes hacer algo, ten compa- sión de nosotros y ayúdanos”. Jesús responde: “¡Al que cree todo le es posible!” El padre, entre la fe y la inseguridad, pronuncia la oración más humana de la Biblia: “Creo, Señor; ayuda mi incredulidad”. Jesús sanó al muchacho y fortaleció el corazón del padre. Por- que la fe no es ausencia de duda, es confiar “a pesar” de ella.

PROPÓSITO

La fe verdadera no exige fuerza, sino rendición. Dios recibe la fe sincera, aun aquella que hace temblar el alma con las piernas débiles.

CREENCIA ADVENTISTA RELACIONADA

Creencia n°11 – Crecimiento en Cristo. La fe nos conecta a Cristo, nos libra del mal y nos da poder para vencer. “Pero sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6, RVR1995).

LECTURA ADICIONAL

“No necesitamos la gracia para mañana. Debemos comprender que hemos de tra- tar tan sólo con el día de hoy” (Elena de White, Consejos para la iglesia, p. 141).

“Jesús no dijo al padre: vuelve cuando tengas más fe. Él aceptó lo poco que tenía” (Lección de Escuela Sabática, 1er trimestre 2025, pp. 35, 36).

“Pero debemos mostrar una confianza firme y sin rodeos en Dios” (Elena G. White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 111). Debemos creer en sus promesas e insistir en nuestras peticiones con “una determinación que no será abalada” (Ibid.).

INTRODUCCIÓN

“¡Agarra mi mano! Escalo esta montaña contigo”. ¿Cuántas veces escuchamos eso, pero aun así nuestra fe tiembla en la oscuridad? La fe no es un superpoder. Es el paso tembloroso hacia aquel que nunca falla.

Por eso se dice que “la fe tiene dos marcas: una en cada rodilla”.

Hoy veremos cómo surge la fe que restaura en el hombre que confió aun vacilando. Y cómo todos podemos experimentar con Cristo una vida abundante de confianza y frutos eternos.

DESARROLLO

1. La fe que se levanta donde la fuerza no alcanza

El padre estaba exhausto. El sufrimiento del hijo era antiguo. En la cultura judía del primer siglo, la posesión demoníaca se interpretaba como algo que causaba no solo su- frimiento físico, sino también exclusión social y religiosa. La descripción bíblica muestra que el muchacho era atormentado desde la infancia (Marcos 9:21), arrojándose al fuego y al agua. Curiosamente, estos elementos eran considerados purificadores o destruc- tivos en las tradiciones religiosas de la época. Esto indica que Satanás llegaba a usar hasta los símbolos de purificación como instrumentos de destrucción.

Otro punto relevante es que, según la tradición rabínica, el padre era espiritualmente responsable por los hijos menores, lo que significa que aquel padre se sentía profunda- mente impotente y, posiblemente, hasta culpable por el sufrimiento del hijo. Era como si el dolor del muchacho también hiriera su dignidad como hombre, como padre y como creyente. En ese contexto de desesperación y fracaso, él le pregunta al Maestro si puede.

Jesús responde: “Al que cree todo le es posible”. Porque la fe florece no cuando todo tiene sentido, sino cuando confiamos en quien lo sabe todo.

2. La fe que se entrega es más fuerte que la duda

“Creo; ayuda mi incredulidad” (Marcos 9:24, RVR1995).

Ese clamor fue hecho por un padre afligido en las regiones montañosas de Galilea, cerca del Monte Hermón, región donde Jesús había estado poco antes en la transfiguración (Marcos 9:2). La geografía de este momento lleva un simbolismo poderoso: mientras en lo alto del monte Jesús fue glorificado, al descender encuentra el caos humano y espiritual que domina los valles de la vida real.

Jesús no esperó una fe inquebrantable. Aceptó la fe sincera. Es por eso que la valentía es el miedo que estuvo de rodillas. Y Dios valora la entrega, la renuncia, la dependencia, y no la perfección.

3. La fe que resiste nace en la oración

Jesús enseñó: “Este género [...] con nada puede salir, sino con oración” (Marcos 9:29, RVR1995). Sin oración, la fe es un mero optimismo vago. Pero con ella, la fe se afirma. Y por el don de la fe nos volvemos comunicadores del Espíritu Santo.

¿Dios espera más fe? Tal vez. Pero creo que él desea una fe más profunda: de aquella que ora y cree, aun sin ver, aun con el alma temblando.

Ruth oró durante 50 años por su hermano. Él no mostraba el menor interés en el evangelio. Al contrario, vivía adicciones que devastaban a todos a su alrededor. Pero su hermana no dejó de clamar e interceder. Su fe marcaba sus rodillas todas las noches. Hasta que un día, por el poder estremecedor del Espíritu, el milagro ocurrió. Aquel hermano, ya mucho mayor, recibió su certificado de bautismo de las propias manos de Ruth. Ambos pudieron vivir algunos meses de alegría y felicidad. Lamen- tablemente, en 2025, él descansó en el sueño de la muerte aguardando, por la fe, el regreso de Jesús a este mundo.

4. Fe para hoy: es todo lo que tenemos

El padre del muchacho no necesitaba preocuparse por el mañana. Ni por la agenda, compromisos o rutinas futuras. Lo que él tenía era el presente de la gracia en el presen- te del tiempo. Y aprovechó todo lo que tenía.

“No necesitamos la gracia para mañana. Debemos comprender que hemos de tra- tar tan sólo con el día de hoy” (Consejos para la iglesia, p. 141). La fe es dar un paso en la oscuridad, confiando en que él ya está allí. La luz de su presencia ya brilla al final del pasillo oscuro. Y la fe no cambia el escenario, transforma a quien lo atraviesa.

Ilustración extra – Fe en las adversidades reales

En enero de 2025, el bombero Tommy Shine, que salvó a tres adolescentes de un lago congelado en 2015, cuya historia incluso fue adaptada en una película, necesitó una cirugía cardíaca urgente. Cuando los médicos preveían lo peor, Tommy despertó milagrosamente, sorprendiendo a los equipos y a todos alrededor. Su esposa dijo: “Fue un milagro. Dios aún no terminó su historia”. Esa es la fe que resiste, aun después de salvar otras vidas. Sigue confiando cuando el milagro parece lejano.

CONCLUSIÓN

La fe no aparta tormentas, pero enseña a caminar en ellas. Jesús no exigió una fe perfecta. Él aceptó la entrega temblorosa. Y obró el milagro. Hoy, él hace lo mismo por todos nosotros.

No necesitas una fe gigante, solo una fe verdadera para decir: “¡Señor, ayúdame!” Porque la fe es fuerza en el silencio, valentía en la oscuridad, confianza en lo invisible.

LLAMADO

Tal vez estés orando por un hijo, por un ministerio, por un milagro. Hoy, trae tu “creo, y ayúdame” a los pies de Jesús. Confiesa que tu fe vacila. Confiesa tus pecados. Confía en aquel que es firme y toma la mano del Señor mientras él camina contigo.

La fe es condición para la misión. Y tú debes desarrollar una fe profunda que tam- bién espera, cree y aguarda. Aun si son 1, 10 o 50 años.

Porque la fe no es perfección. Es la palabra secreta en la oscuridad. Es la semilla que germina en el vacío. Y es suficiente para restaurar vidas y transformar corazones. En fin, por medio de Cristo, es la fe que nos eleva hasta la eternidad.

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