Jamás olvidaré tus mandamientos, porque con ellos me has vivificado. Tuyo soy; sálvame porque he buscado tus mandamientos» (Salmos 119:93, 94). El pecado es, sin duda, el mayor obstáculo para una relación estrecha con Dios. El pecado no solo nos separa de Dios (Isaías 59:2), sino también nos engaña, nos hiere, nos consume y finalmente nos destruye. Nuestra lucha contra el pecado y el orgullo es la batalla más grande que jamás enfrentaremos, y tiene implicaciones tremendas y eternas. Algunos consideran el pecado como una parte normal de la vida. Al fin y al cabo, es propio de la naturaleza humana dejarse llevar por el placer. Pero ¿restamos importancia al pecado porque la sociedad se ha acomodado a él? Muchos evitan llamar al pecado por su nombre por temor a incomodar a otros, pero cuanto más cómodos nos sintamos con el pecado, más lejos estaremos de una relación saludable con Dios . Ciertamente todos pecamos, y nuestros pensamientos, motivaciones, acciones y palabras hieren a otros, a...
Un espacio con sermones que procuran fortalecer la fe y la esperanza en Jesús.