¿Cuál es tu tribu? En muchas sociedades hoy en día, las personas viven en unidades familiares bastante aisladas, o incluso solas. El valor de la familia extendida y la comunidad a veces no es tan apreciado como en culturas donde las tribus y familias de las personas desempeñan un papel mucho más vital.
Alguien una vez definió con humor nuestra “tribu” con estas palabras: “Cuando encuentres personas que no solo toleren tus peculiaridades sino que las celebren con alegres gritos de ‘¡también yo!’, asegúrate de valorarlas. Porque esos tipos raros son tu tribu”.
Nuestra tribu puede definirse como nuestra familia inmediata, nuestra familia extendida, nuestra familia de la iglesia, nuestra comunidad o incluso nuestra familia global. Como mayordomos o administradores de Dios, estamos llamados a cuidar bien de nuestra tribu y nuestra familia. Una forma de hacerlo es fomentando y cultivando relaciones positivas.
Se nos recuerda la importancia de pasar tiempo con nuestra tribu. En Hebreos 10: 25, el autor nos anima a no dejar de reunirnos como tienen algunos por costumbre, sino a tomar tiempo para animarnos unos a otros, y más aún cuando vemos que se acerca el regreso de Cristo.
Hoy intentemos responder la pregunta: “¿Cómo puedo cultivar relaciones positivas dentro de mi tribu: mi familia inmediata, mi familia de la iglesia y mi familia global?”
FOMENTANDO RELACIONES: ESTRATEGIAS GENUINAS O FALSAS
En todos los aspectos importantes de nuestras vidas, Dios tiene un modelo de cómo debemos administrarlos fielmente, pero Satanás también tiene una falsificación. Existe una gran controversia en torno a cómo cuidamos de nuestra tribu y cultivamos relaciones saludables:
Dios dice:
Eres el “guardián de tu hermano”.
Proveer para nuestra familia, especialmente en tiempos difíciles.
Amar y valorar a nuestro cónyuge tal como Cristo ama a la iglesia.
Sigue la regla de oro: “Haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti”.
Satanás sugiere:
Tu prioridad número uno eres tú mismo.
Podemos dejar que otros se mantengan a sí mismos.
Concentrarse en garantizar que nuestro cónyuge se preocupe por nuestras necesidades.
Es un mundo competitivo, así que cuídate a cualquier precio.
Algunos de los métodos de Satanás pueden parecernos correctos en ciertas situaciones, pero podemos estar seguros de que, al final, conducen a la destrucción de las relaciones y a la fragmentación de nuestra tribu.
Cuando el apóstol Pablo le escribió a Timoteo, le habló de nuestra tribu. Él dijo: “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1 Timoteo 5: 8).
A Elena G. de White le encantaba escribir sobre el carácter sagrado de las relaciones familiares. En el poderoso libro El hogar cristiano leemos:
“Nuestra obra por Cristo debe comenzar con la familia, en el hogar. [...] No hay campo misionero más importante que este” (p. 29). Ella continúa con esta declaración muy clara: “El Señor no la ha llamado a descuidar su hogar. [...] Nunca obra él así, ni lo hará jamás” (p. 221).
¡Guau! Esa es una declaración clara. No hay nada más fácil de entender que eso.
Como fieles mayordomos de las relaciones que Dios nos ha confiado, ¿cómo las cultivamos en la práctica? Veamos cuatro pasos prácticos:
1. La regla de oro
Jesús nos dio principios sobre cómo debemos cuidar de nuestra tribu. “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, pues esto es la Ley y los Profetas” (Mateo 7:12).
Incluso podríamos llamar a esta afirmación “La regla de oro de la tribu”. No importa si definimos a la tribu como nuestra familia más cercana e inmediata o las personas que viven al otro lado del mundo a quienes nunca conoceremos; las palabras de
Jesús son igualmente válidas. Debemos amar a todas las personas, en todas partes, porque así es como Dios ama, y amar como Dios ama cumple “la Ley y los Profetas”.
2. Cuidar nuestras palabras
Una segunda práctica clave para cultivar relaciones positivas es el uso de nuestra lengua. Efesios 4: 29 dice: “Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan” (NVI). Colosenses 4: 6 amplía este tema cuando dice: “Que su conversación sea siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno” (NVI).
Mientras buscamos cultivar relaciones positivas, debemos ser cuidadosos y devotos con cada palabra que decimos.
Nuestras palabras provienen de nuestro corazón, así que pidámosle a Dios diariamente un corazón nuevo que sea una fuente de palabras amables, alentadoras y edificantes.
3. Amar como Jesús
El apóstol Juan fue un discípulo muy cercano a Jesús, y observó cómo Jesús hablaba, conversaba, tomaba decisiones, se relacionaba con los extraños y tenía compasión por los necesitados. Juan estaba sentado en primera fila mientras Jesús revelaba el amor de Dios a las personas que lo rodeaban.
Cuando Juan era un anciano, escribió: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: ‘El que ama a Dios, ame también a su hermano’” (1 Juan 4: 20-21).
El amor está en el corazón mismo de nuestra tribu, nuestra familia y nuestras relaciones. En el hermoso libro El Discurso Maestro de Jesucristo, Elena G. de White explica la importancia y centralidad del amor con estas palabras: “No es la posición mundanal, ni el nacimiento, ni la nacionalidad, ni los privilegios religiosos, lo que prueba que somos miembros de la familia de Dios; es el amor, un amor que abarca a toda la humanidad” (p. 65).
4. Amar a las personas, no las cosas
También debemos asegurarnos de que nuestro amor se dirija a las áreas correctas de la vida. Todos sabemos que el egoísmo y la codicia se encuentran entre las cosas más importantes que destruyen las relaciones. Pueden colarse en familias e iglesias y destruirlas. En nuestra época actual, la sociedad a menudo nos anima a colocar las cosas materiales en lugares incluso más altos que nuestras relaciones. Qué triste es cuando las cosas reemplazan las relaciones.
Los fieles mayordomos de su tribu siguen esta “ley tribal”: En una época que se ama las cosas y se usa a las personas, debemos amar a las personas y usar las cosas. Esto es tan importante que deberíamos repetirlo e incluso memorizarlo: en una época que se ama las cosas y se usa a las personas, debemos amar a las personas y usar las cosas.
Jesús usó cosas para amar a la gente. Usó barro para amar a un ciego; usó arena para amar a una adúltera; usó agua y vasijas de barro para amar a unos recién casados; usó panes y peces para amar a una multitud de hambrientos; usó su manto para amar a una mujer que sangraba; y finalmente, usó una cruz y tres clavos para construir un puente de amor.
Priorizar siempre a las personas por encima de las cosas ayudará a mantener nuestras relaciones sólidas. Seguir esta “ley tribal” afectará la forma en que compramos, la forma en que viajamos, la forma en que consumimos y la forma en que nos preocupamos por los demás.
Cuando se trata de cultivar relaciones positivas, lo mejor que aprenderemos es a amar como ama Dios. Estudiemos la vida de Jesús, veamos cómo él cuidó de su “tribu” (su familia, sus discípulos, su comunidad, todos) y, como él mismo dijo, entonces: “Vayan y hagan lo mismo”.
Hoy terminaremos con una historia que ilustra poderosamente el mensaje de ser fieles mayordomos de nuestras relaciones:
Se cuenta la historia de un hombre, llamémosle Pedro, que recibió un coche deportivo nuevo como regalo de su hermano. Un día, lo condujo hasta la ciudad y lo estacionó en la calle mientras hacía algunas compras. Al regresar a su coche, cargado con bolsas de la compra, vio a un joven sin hogar que miraba fijamente el brillante vehículo nuevo con los ojos muy abiertos.
“Nuestro trabajo para Cristo debe comenzar con la familia, en el hogar. […] No hay campo misionero más importante que este”. (Servicio Cristiano, p. 255)
Cuando Pedro se acercó al auto, el niño preguntó tímidamente: \
- “Disculpe, señor, ¿es este su auto?”
- “Sí, lo es”, respondió Pedro. “Me lo regaló mi hermano. Fue un regalo”. Los ojos del niño se iluminaron de sorpresa al pensar en un regalo tan generoso y caro.
- “¡Guau!”, dijo. “¡Eso es increíble! Desearía… Desearía… Desearía…” - Pero antes de terminar la frase, Pedro dijo:
- “Sí, lo sé, hijo. Desearías tener un hermano así”.
- “¡No! No señor. ¡Eso no es todo!” El chico respondió rápidamente. “Desearía… Solo desearía poder ser un hermano así”.
¿Quieres ser un hermano así, un familiar así, un miembro así de una comunidad, un ciudadano así? No necesitas ser tan rico como para regalar un coche deportivo. Dios te pide que mires las cosas que él ha confiado a tu cuidado, grandes o pequeñas, y que las uses para amar a las personas.
Dios es el Creador y Sustentador de las relaciones positivas.
Con la ayuda de Dios, a través de Cristo viviendo en tu corazón, puedes vivir una vida en la que ames a las personas más que a las cosas, de modo que elijas usar tus cosas para amar a las personas.
La Palabra de Dios está llena de lecciones comprobadas en el tiempo sobre cómo construir y mantener relaciones positivas, y tener una relación personal con Dios es el meollo de eso.
Preguntas para reflexión
➀ Si he dicho cosas duras o hecho algo que ha dañado la confianza de alguien o su relación conmigo, ¿qué puedo hacer para sanar esa relación?
➁ ¿Cómo afectará el cumplimiento de la “ley tribal” mi manera de comprar, viajar, consumir y cuidar?
➂ El hermano de la historia hizo un regalo muy caro, una cosa.
De lo que he aprendido hoy, ¿qué regalos aún mayores puedo dar a los demás?
“[El amor] todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Corintios 13: 7).
Compromiso:
Elijo, con la ayuda de Dios, mejorar mis RELACIONES, creciendo en fidelidad, perdón y amor por principios.
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