"Pueblos, esperen en él en todo tiempo, derramen ante él su corazón. Dios es nuestro refugio" (Salmos 62:8).
¿Cómo es tu vida de oración? ¿Con qué frecuencia oras? ¿Con cuánto fervor? ¿Con qué expectación? ¿Oras a diario o solo en situaciones de emergencia? Tus oraciones ¿son siempre de petición o también alabas a Dios en ellas?
Además, ¿oras de mañana, antes de comer y quizás a lo largo de tu ajetreado día? Tal vez hayas formado parte de un grupo de oración regular o incluso hayas orado ininterrumpidamente de manera mental a lo largo del día. ¿Has experimentado por medio de la oración el poder y la presencia transformadora de Dios en tu vida?
La oración es la conexión constante entre nosotros (los sarmientos o ramas) y Jesús (la Vid).
«Si queremos crecer y fructificar, tenemos que absorber continuamente savia y nutrición de la viviente Vid, porque separados de ella no tenemos fuerza» (PE, 104).
He allí la bendición de la oración permanente. Dios nos escucha y siempre responde a su tiempo y de la manera perfecta, aunque no siempre como esperamos.
Hoy estudiaremos el ejemplo de otros personajes bíblicos y consideraremos formas prácticas de fortalecer la oración en nuestra vida diaria.
I. ELÍAS: LA ORACIÓN EN MEDIO DE LA CRISIS
El fiel Elías vivió en tiempos difíciles, cuando el rey Acab hacía más «para provocar al Señor Dios de Israel que todos los reyes de Israel anteriores a él» (1 Rey. 16: 33). El momento más dramático de su vida fue la confrontación en el Monte Carmelo (ver 1 Rey. 18). En el clímax de esta increíble historia, Acab y su reino vieron con sus propios ojos que Dios responde a la oración. Aquel fue un momento inolvidable en la historia de Israel debido al repentino y asombroso giro en los acontecimientos.
Lee 1 Reyes 19: 1 al 18. Centra tu atención en las oraciones de Elías y en la interacción de Dios con él. ¿A qué se debía el abatimiento de Elías? ¿En qué se diferencian las respuestas divinas aquí y en el Monte Carmelo?
Aunque Dios había respondido cada una de las oraciones de Elías, el estado emocional, mental y físico del profeta pronto cambió. El profeta había experimentado una gran victoria con Dios ese día, pero permitió que el temor a la muerte anulara súbitamente su fe en Dios. Lo sorprendente de esta historia es que, aunque Elías cedió al abatimiento y al desánimo, Dios acudió a él con ternura y le proveyó nuevamente alimento y agua (1 Rey. 19: 5, 6) suficientes para sostenerlo durante cuarenta días (1 Rey. 19: 8). Cuando Dios finalmente se reveló, lo hizo de una manera muy diferente de como lo había hecho antes.
Dios nos responde a veces de maneras muy directas, poderosas e innegables. Esto fortalece nuestra fe y sentimos su cercanía en nuestra vida.
Otras veces vacilamos y cedemos a la tentación, pensando que es demasiado difícil seguir a Dios con fe inquebrantable. Buscamos respuestas divinas a la medida de nuestras expectativas, sin darnos cuenta de que sus pensamientos y sus caminos son mucho más elevados y sabios que los nuestros (Isa. 55: 8, 9). Así como existen muchos aspectos de la Creación de Dios que no entendemos, no debería sorprendernos que haya también muchas maneras divinas de obrar que resultan incomprensibles para nosotros.
Dios, nuestro bondadoso Padre, sabe exactamente qué necesitas. ¿Cómo puedes confiar lo suficiente en él en toda circunstancia? Habla con él acerca de esto ahora.
II. CUANDO PARECE NO HABER RESPUESTA
Tal vez hayas orado por algo durante mucho tiempo, incluso años, y tengas la sensación de que Dios no ha escuchado tus plegarias. La Biblia nos dice: «Pidan, y les darán» (Mat. 7: 7), y «si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5: 14). ¿Qué opinas de estas promesas?
Ana es el ejemplo de una mujer devota que oró por algo muy específico (1 Sam. 1: 10-17). Al principio parecía que Dios no contestaba sus oraciones, pero ella persistió y Dios respondió de acuerdo con su voluntad en el momento perfecto. A veces la espera profundiza nuestra experiencia con Dios, pues nos enseña a confiar más en él.
El Salmo 62: 8 dice: «Pueblos, esperen en él en todo tiempo, derramen ante él su corazón. Dios es nuestro refugio». ¿Confiamos en que él realmente sabe qué es lo mejor, incluso cuando no vemos una respuesta inmediata a nuestras oraciones? ¿Confiamos en que él responderá a su debido tiempo y a su manera?
A veces nuestras oraciones pueden no ser contestadas tan rápidamente como deseamos o de la manera que esperamos. ¿Qué consejo nos da la Biblia al respecto?Procura que se cumpla la voluntad de Dios, no la tuya (Mat. 6: 10; 1 Juan 5: 14, 15).
Considera los motivos por los que pides algo (Prov. 16: 2; Sant. 4: 3).
Asegúrate de no estar acariciando algún pecado (Sal. 66: 18; Prov. 15: 29; 1 Ped. 3: 12).
Permanece en Dios y en su Palabra (Juan 15: 7).
Ora con fe (Mat. 21: 22; Mar. 11: 24; Heb. 11: 6; Sant. 1: 6).
Considera el estado de tu corazón (¿humilde u orgulloso?) (Sant. 4: 6; 1 Ped. 5: 6).
Persevera en la oración (1 Tes. 5: 17, 18).
Perdona a los demás (Mar. 11: 25, 26).
En última instancia, Dios ve el panorama completo y sabe qué es lo mejor para nosotros (Jer. 29: 11-13; Rom. 8: 28; Efe. 3: 20). Su respuesta es, a veces, simplemente la que dio a Pablo: «Bástate mi gracia» (2 Cor. 12: 9).
Un hecho clave que determina nuestra respuesta a lo que parecen oraciones sin respuesta es la imagen que tenemos de Dios. Si creemos que Dios es alguien distante que no siente interés en nosotros, nuestra relación con él se debilitará. Si eso te ocurre, busca en la Biblia evidencias de su amor y su cuidado para contigo y ora para que la imagen distorsionada que tienes de él cambie.
III. JESÚS NOS ENSEÑA CÓMO ORAR
En tiempos de Jesús, las oraciones prolongadas y cuidadosamente elaboradas, llenas de palabras complejas y a menudo memorizadas, eran muy apreciadas. Jesús no tenía nada bueno que decir acerca de este tipo de oraciones (ver Mat. 6: 5-8), sino que las definió como lo que eran: ostentosas muestras de presunta «piedad».
Los discípulos vieron orar a Jesús y sabían que la oración era una parte vital de su vida (ver Mar. 1: 35; 6: 46; Luc. 5: 16; 6: 12; 9: 18; 22: 12; 24: 30). Mientras observaban al Maestro, notaron un contraste con los líderes religiosos y se dieron cuenta de que la oración era algo mucho más importante que lo que habían pensado. Por lo tanto, se acercaron a Jesús y le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Luc. 11: 1).
Jesús enseñó a sus discípulos (y a nosotros) que podemos orar con sencillez y en un lenguaje cotidiano, y que nuestras oraciones deben ser sinceras.
Lee Lucas 11: 2 al 4 y Mateo 6: 5 al 15, y observa los siguientes aspectos de la oración que Jesús enseñó:
«Padre nuestro que estás en los cielos»: Necesitamos reconocer nuestra relación personal con el Padre de todos los seres humanos.
«Santificado sea tu nombre»: Reconocer la santidad de Dios nos acerca a él con reverencia y respeto.
«Venga tu reino»: Anhelemos el regreso de Jesús y la presencia del Espíritu Santo hasta que ocurra la Segunda Venida.
«Sea hecha tu voluntad en la tierra como en el cielo»: Aceptemos la soberanía divina y pidamos que se haga la voluntad de Dios en nuestra vida, confiando en que él sabe mejor que nosotros qué nos conviene, en lugar de pedirle que haga lo que queremos.
«Danos hoy el pan nuestro de cada día»: Podemos pedir lo que necesitamos para vivir, tanto físicamente (alimento y agua) como espiritualmente (Jesús y su Palabra viva).
«Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal» (DHH): Necesitamos arrepentirnos, buscar el perdón y perdonar a quienes nos han hecho daño, así como Dios nos perdona a nosotros.
«Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal»: Es esencial pedir protección y amparo contra el mal presente en este mundo (Sal. 91).
«Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén»: Reconozcamos que todo lo que somos, poseemos y hacemos pertenece a Dios. Solo él merece la gloria y la alabanza (1 Crón. 29: 11).
¿Deberíamos dedicar más tiempo a la oración y a encontrarnos cada mañana con Aquel que nos ama más que nadie? ¿Qué te impide hacerlo? Ora ahora mismo tal como Jesús nos enseñó.
IV. ALABANZA, CONFESIÓN, PEDIDOS Y GRATITUD
Podemos hablar con Dios en oración de la manera sencilla en que Jesús nos instruyó a hacerlo, ya sea en privado, en familia o en la iglesia, recordando que orar es hablar con él como con un amigo. Con demasiada frecuencia nuestras oraciones están llenas de peticiones, pero Jesús nos ha enseñado a incluir mucho más que eso en nuestras plegarias.
Lee la oración de Daniel en Daniel 9: 4 al 19 e identifica sus distintas partes.
Considera cómo podrías incluir los siguientes componentes en tus oraciones:
Alabanza: La alabanza es una expresión de adoración a Dios en reconocimiento por ser quien es y por su carácter. Lee el hermoso cántico de alabanza a Dios registrado en el Salmo 100 y considera los diferentes nombres que se le dan a Dios y la descripción de su magnífico carácter. Alábalo por ser tu Redentor, Salvador, Consolador, Sanador, Buen Pastor, Alfa y Omega, y Roca, por mencionar solo algunos de los nombres con los que el salmista se refiere a Dios.
Confesión y perdón: Cuando dialogamos con Dios en oración y permanecemos en él, resulta inevitable desprendernos de todo lo que nos retiene o nos separa de él. Cuanto más cerca estamos de él, más conscientes somos de nuestra indignidad e indigencia. Esto nos hace rogarle que nos limpie de nuestros pecados y modele nuestro carácter a su semejanza. Si esperamos que Dios nos perdone, debemos estar dispuestos a perdonar también a los demás. «Por tanto, confiesen sus pecados unos a otros, y oren los unos por los otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz» (Sant. 5: 16).
Peticiones: ¿Estás enfrentando desafíos en relación con tu familia, tus amigos, tu salud, tus finanzas, tu trabajo o tus estudios? ¿En qué aspecto de tu vida necesitas específicamente la dirección de Dios? ¿Quién necesita tu apoyo y cuál es la mejor manera de brindárselo? Ora específicamente acerca de estas áreas y personas pidiendo que se haga la voluntad de Dios.
Acción de gracias: Lee Filipenses 4: 6 y piensa en las bendiciones de tu vida. Quizás vengan a tu mente cosas importantes, pero ¿qué decir acerca de las pequeñas cosas que a menudo damos por sentadas? Somos receptores constantes de las misericordias de Dios. Sin embargo, ¡cuán poca gratitud expresamos! ¡Cuán poco lo alabamos por lo que ha hecho y hace por nosotros!
¿Por qué cosas deberías alabar a Dios? ¿Qué necesitas confesarle, pedirle y agradecerle? ¿Por qué no hacerlo ahora mismo?
V. OTRAS PREGUNTAS ACERCA DE LA ORACIÓN
¿Por qué debemos orar si Dios lo sabe todo? Elena G. de White responde así esa pregunta: «No es que esto sea necesario para darle a conocer a Dios lo que somos, sino a fin de capacitarnos para aceptarlo a él. La oración no hace descender a Dios hasta nosotros, sino que nos eleva a nosotros hacia él» (El camino a Cristo, p. 138). En efecto, Dios conoce nuestros deseos y nuestras necesidades, y lee todas las intenciones de nuestro corazón. Sin embargo, orar es bueno para nosotros pues nos invita a hacer una pausa en nuestro ajetreo cotidiano, a reconocer que Dios es soberano sobre todo y a ponernos a sus pies. Además, Dios actúa en respuesta a nuestra petición. El Espíritu Santo intercede por nosotros cuando no sabemos orar como deberíamos (Rom. 8: 26, 27).
¿Por qué orar cuando todo está bien? La autosuficiencia y el orgullo (ver la lección 3) pueden ser algunos de los mayores obstáculos para una sólida vida de oración. Si nos diéramos cuenta de cuánto necesitamos a Dios, acudiríamos mucho más a él. Si los ángeles perfectos lo adoran y lo reverencian, ¿cómo podemos los seres humanos pecadores pensar que lo necesitamos menos? ¿Qué dicen Mateo 5: 6 e Isaías 44: 3 acerca de esto?
¿Cuál es el papel de la fe en la oración? Lee Hebreos 11: 6 y reflexiona acerca de la siguiente declaración: «La oración y la fe están íntimamente ligadas y necesitan ser tomadas en cuenta juntas. En la oración de fe hay una ciencia divina; es una ciencia que debe comprender todo el que quiera tener éxito en la obra de su vida. Cristo dice: “Por eso les digo que obtendrán todo lo que pidan en oración, si tienen fe en que van a recibirlo” (Mar. 11: 24). El Señor aclara que “esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye” (1 Juan 5: 14). Nuestras peticiones, pues, deben estar de acuerdo con lo que Dios ha prometido, y todo lo que recibamos ha de ser usado para cumplir con su voluntad. […] Cuando cumplimos con las condiciones, el cumplimiento de las promesas divinas nunca falla. […] No necesitamos buscar una evidencia palpable de la bendición» (Elena G. de White, La educación, pp. 232, 233).
¿Con quién debo orar? En primer lugar, deberíamos orar a solas, solo Dios y nosotros, ya que la oración y el estudio de la Biblia son la savia de nuestra relación con él. Dedica tiempo a escudriñar tu corazón mientras hablas con Dios en oración y lo escuchas en su Palabra (Mat. 6: 6). También deberíamos orar con nuestra familia o en pequeños grupos (Hech. 12: 12), porque donde hay dos o tres reunidos, allí está Dios (Mat. 18: 20). Por último, debemos orar con nuestras comunidades eclesiales (Sant. 5: 13-16). Los tres tipos de oración son importantes.
¿Cómo debo escuchar? La oración es algo más que hablar con Dios; también debemos permitirle que nos «pode» y hable a nuestra vida. La forma más clara y segura de hacerlo es combinar la oración con el estudio de la Biblia como parte de tu devocional personal. Evita dejar tu mente vacía o escuchar tus propios pensamientos en lugar de escudriñar la Biblia.
¿Cuál de los puntos anteriores te parece más desafiante?
CONCLUSIÓN
«Si pensáramos y habláramos más del Señor Jesús y menos de nosotros mismos, gozaríamos mucho más de su presencia» (Elena G. de White, El camino a Cristo, p. 151).
«Si nos dejamos guiar por nuestras dudas y temores, o antes de tener fe procuramos resolver todo lo que no veamos claramente, las perplejidades no harán sino aumentar y agudizarse. Pero si nos acercamos a Dios, sintiéndonos desamparados y necesitados, como en realidad estamos, y con fe humilde y confiada presentamos nuestras necesidades ante Aquel cuyo conocimiento es infinito y que ve todas las obras de su creación y todo lo gobierna por su voluntad y palabra, él puede y quiere atender nuestro clamor, y hará resplandecer la luz en nuestro corazón» (El camino a Cristo, p. 143).
«El espíritu puede elevarse hacia el cielo en las alas de la alabanza. Dios es adorado con cánticos y música en las mansiones celestiales, y al expresar nuestra gratitud nos aproximamos al culto que le rinden los seres celestiales. […] Presentémonos, pues, con gozo reverente delante de nuestro Creador, con “alegría, cantos de alabanza y son de música” (Isa. 51: 3)» (El camino a Cristo, p. 154).
Preguntas para dialogar:
¿Cuál de los conceptos de las citas anteriores te parece más inspirador? ¿Cuál de ellos representa un desafío mayor para ti?
¿Qué lecciones adicionales podemos aprender de la vida de oración de otros personajes bíblicos? (Ver, por ejemplo, Esd. 10: 1; Neh. 1: 4-11; 1 Rey. 8: 22-54; 2 Rey. 13: 4; 19: 14-19; Jer. 32: 16-25; Jon. 4: 2, 3; Hab. 3: 1).
¿Cuál es el papel del ayuno junto con la oración?
¿Hay algo que te gustaría modificar o algo nuevo que desearías poner en práctica en tu vida de oración como resultado de la lección de esta semana? Comienza a hacer esos cambios ahora mismo.
Resumen:
La Biblia relata historias de personas que tenían una vida de oración vibrante y sostenida, y de otras que no la tenían. Al buscar en las páginas sagradas, siempre encontraremos a alguien con quien podamos identificarnos, independientemente del estado de nuestra relación con Dios. También encontraremos muchas promesas que nos animarán y guiarán en nuestra vida devocional. El crecimiento espiritual debe ser nuestra meta: nuestros ojos puestos en Jesús, el Ejemplo supremo en todas las cosas y el Autor y Consumador de nuestra fe.
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