"El que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido". (Lucas 14:11).
Todos hemos conocido a personas sumamente orgullosas y convencidas de que nunca se equivocan. O tal vez conozcas a alguien que quiere tener el control, que nunca está abierto a la instrucción o a la crítica constructiva. O alguien que parece estar constantemente en conflicto o que es un especialista en menospreciar a los demás. Podemos pensar inmediatamente en otros, pero la verdadera pregunta es: ¿Qué ocurre con cada uno de nosotros? Nos engañamos al señalar a los demás y al negarnos a reconocer el orgullo que existe en nuestra propia vida.
Todos hemos luchado alguna vez con el orgullo y nos hemos creído mejores que quienes nos rodean, al menos en algún aspecto. Alguien dijo en cierta ocasión que el orgullo surge del deseo de demostrar que somos valiosos. Sin embargo, ya deberíamos saber que lo somos, pues fuimos creados por Dios y porque Cristo murió por nosotros.
Hoy exploraremos el impacto que el orgullo puede tener en nuestra relación con Dios y con los demás, y veremos qué enseña la Biblia acerca de la humildad en nuestras relaciones con los demás y, por supuesto, con Dios.
I. LAS OPRESIVAS GARRAS DEL ORGULLO
La palabra «orgullo» tal vez te hace pensar en algún político arrogante, en una persona rica o famosa o en un pavo real. El orgullo consiste en considerarse más importante o mejor que los demás, y es un sentimiento en el que no se puede ni se debe confiar.
El orgullo comenzó con Lucifer, el querubín protector, quien estaba al servicio de Dios. No sabemos cuándo ni cómo surgió el orgullo en su corazón, pero sí sabemos que ese orgullo dio origen al gran conflicto cósmico entre el bien y el mal. Satanás es lo opuesto a Dios (compara Isaías 14:12-14 con Filipenses 2:5-11). Nuestro mundo ha luchado contra las consecuencias del pecado desde que Satanás sembró la duda en las mentes de Adán y Eva y luego los tentó a amar y confiar en ellos mismos por encima de Dios.
Lee 1 Juan 2:15 al 17. ¿Qué tres puntos principales enseña este pasaje acerca del orgullo y el amor al mundo?
¿Puede el orgullo ser positivo?
Tal vez no en el contexto en que lo conocemos, aunque podemos utilizar la palabra positivamente; por ejemplo, cuando hablamos de los logros de una persona o en el contexto de una profunda satisfacción por algo que alguien ha hecho («¡Estoy muy orgulloso de ti!»). Es importante entender que la búsqueda de la excelencia y del reconocimiento, así como el aprecio por los dones y las habilidades que Dios te ha concedido, no es necesariamente un orgullo malsano. Según las Escrituras, existe un tipo adecuado de amor propio (piensa en el mandato de Jesús en Marcos 12:31, donde se nos dice que debemos amar a los demás como a nosotros mismos), pero siempre se trata de un amor altruista. Las aspiraciones personales con miras al servicio a Dios y al prójimo tampoco deben considerarse como formas reprensibles de orgullo (ver 1 Timoteo 3:1). El orgullo consiste en no tributar a Dios la gloria por lo que él hace en nuestra vida.
Debemos tener cuidado de recordar que nuestras posesiones, habilidades y logros no determinan nuestro valor. En cambio, nuestro valor siempre proviene de Dios, pues todo lo que tenemos, incluso aquello que nos tienta a caer en el orgullo, proviene únicamente de él. Este es un punto que nunca debemos olvidar.
¿Hasta qué punto eres orgulloso? ¿Cómo puede tu orgullo afectar tu relación con Dios y con los demás?
II. CONÓCETE A TI MISMO
Dos hombres asisten a la iglesia para orar. Uno de ellos, un dirigente respetado, se ubica en la entrada antes de que comience el servicio religioso para que los demás asistentes puedan verlo. Ora en voz alta, dando gracias a Dios por su propia bondad. El otro hombre, un marginado de la sociedad, tiene los ojos empañados por las lágrimas debido a la carga de su pecado y se postra en un rincón del templo mientras susurra con desesperación: «Señor, ten piedad de mí, porque soy un pecador».
Lee Lucas 18:9 al 14. ¿Qué piensas de estos dos hombres? ¿Qué pensó Jesús? ¿Qué lección importante hay aquí para todos nosotros?
Nos resulta muy sencillo exaltarnos a nosotros mismos. Dar a conocer a los demás nuestros logros y cuán buenos somos se convierte a veces en una segunda naturaleza. Pero esto no marca ninguna diferencia en nuestra reputación a los ojos del Cielo. De hecho, y contrariamente a lo que podríamos pensar, «el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Luc. 18: 14). Jesús también nos aconseja que ocupemos el último lugar y dejemos que el anfitrión sea quien nos ensalce si así lo desea (Luc. 14: 8-10). Este reino que enseña Jesús funciona a la inversa y rompe por completo nuestras expectativas. «Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 125).
Cuando percibimos y reconocemos nuestro verdadero estado de pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Cristo, podemos acercarnos a él con la certeza de que «si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1:9).
Cuanto más nos acercamos a Cristo, más conscientes nos volvemos de nuestra pecaminosidad e indignidad. «Hay una sola forma en que podemos obtener un conocimiento verdadero de nosotros mismos. Debemos contemplar a Cristo. La ignorancia de su vida y su carácter induce a los mortales a exaltarse en su propia justicia» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 126).
¿Qué piensa Dios de los soberbios? El apóstol Pedro nos dice: «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (1 Ped. 5: 5). No puede ser más claro.
¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la gracia de Dios en tu vida? En verdad, deberíamos experimentar esta gracia a diario. También deberíamos mostrar gracia o misericordia a los demás. Dedica algún tiempo a la oración ahora mismo, pidiendo a Dios que te humille bajo su poderosa mano y sea solamente él quien te exalte a su debido tiempo.
III. MOISÉS UN SIERVO HUMILDE
Los grandes salones del palacio egipcio presumían de opulencia, placer y comodidad. «Moisés fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios, y era poderoso en palabras y hechos» (Hech. 7: 22). Una vida de poder, riqueza y popularidad eran suyas, pero Moisés eligió algo muy diferente. «No tiene par como historiador, poeta, filósofo, general y legislador. Con el mundo a su alcance, tuvo fuerza moral para rehusar las halagüeñas perspectivas de riqueza, grandeza y fama, “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado”» (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, p. 224).
¿Qué dice Hebreos 11: 24 al 26 acerca de por qué Moisés eligió un rumbo diferente y se humilló?
La humildad posterior de Moisés es notable en vista de cuán poderoso era y de su distinguido origen. Sin embargo, por un acto pecaminoso e impulsivo (Éxo. 2: 12), perdió la confianza en sí mismo y su autosuficiencia. Con las montañas como las paredes de su aula y con su orgullo puesto a un lado, durante cuarenta años Moisés fue instruido por Dios acerca de lo que necesitaba saber para guiar a una nación fuera de la esclavitud y rumbo a la Tierra Prometida. El poder y las riquezas de lo que podría haber sido otra vida en Egipto perdieron su relativo brillo cuando Moisés consideró la Eternidad. Dios lo había llamado, y Moisés lo siguió.
Tal vez lo más significativo en relación con este tema es que «Moisés era un hombre muy manso, el más humilde de la tierra» (Núm. 12: 3). Moisés, uno de los grandes patriarcas de la Biblia, es conocido por su humildad y mansedumbre. Piensa en cuán diferentes habrían sido su vida y su liderazgo si el orgullo hubiera penetrado en cada uno de los grandes acontecimientos de su vida: la zarza ardiente, las plagas de Egipto, el cruce del Mar Rojo, la provisión celestial de maná, su comunicación directa con Dios, la recepción de los Diez Mandamientos y el hecho de escuchar las palabras de Dios después de que Moisés golpeó la roca.
Reflexiona acerca de tu vida. Si alguien tuviera que describirte, ¿diría que eres «humilde» o «manso»? ¿Por qué sí o por qué no? La verdad es que no podemos ser humildes por nosotros mismos. Necesitamos tanto a Jesús porque el pecado forma parte de nuestra vida.
Escucha o lee la letra del himno «Prefiero a mi Cristo» (Himnario adventista, Nº 269) y considera estas palabras en relación con la vida de Moisés y la tuya.
IV. LA MAYOR OFENSA
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
V. FIJA TUS OJOS EN CRISTO
Lee nuevamente Lucas 22:27. ¿Cuál es el mensaje clave de este texto para los seguidores de Cristo?
En marcado contraste con el deseo de superioridad de los discípulos y su creencia de que eran mejores que los demás, vemos a Jesús, el máximo ejemplo de humildad. Él dijo: «Yo soy entre ustedes como el que sirve» (Luc. 22: 27). Jesús satisfacía cada día las necesidades de quienes lo rodeaban porque estaba lleno de compasión y veía a las multitudes como ovejas sin pastor. Él sabía que la humanidad lo necesitaba más que ninguna otra cosa, aunque pocos se daban cuenta de ello. Jesús renunció al Cielo para morir por la humanidad con la esperanza de que comprendiéramos su acto de gracia y respondiéramos a su invitación a relacionarnos con él.
Lee Filipenses 2:3 al 8. ¿Qué nos dice este texto acerca de cómo debemos vivir a la luz de la Cruz?
Jesús lo hizo y lo soportó todo. Cuando nos detenemos a reflexionar acerca de ello, percibimos inevitablemente nuestra impureza y nuestra extrema necesidad de él.
Cuando lo contemplamos, todo lo demás, especialmente nosotros mismos y nuestra propia presunta grandeza, palidece hasta volverse completamente insignificante. Quién es Jesús, qué hizo y cuánto ama a su Creación se convierte en la portada y el centro de todo. El orgullo seguramente desaparecerá cuando lo contemplemos a él.
Jesús. Cuán hermoso y poderoso nombre. Él es la personificación de la humildad. Cuando nuestros corazones se abren de par en par para aprender acerca de él, cuando entendemos lo que ha hecho por nosotros, y cuando permitimos que sus palabras de vida penetren en nuestra mente, nos damos cuenta de cuán orgullosos y miserables somos. Si sus propios discípulos, quienes vivieron con él y aprendieron de él, lucharon contra el orgullo, no podemos engañarnos pensando que somos diferentes. Solo podemos crecer en nuestra relación con Jesús cuando somos humildes.
Dedica tiempo ahora mismo a tu relación con Dios. Toma tu Biblia, un bolígrafo y una hoja de papel, y busca un lugar tranquilo, quizás al aire libre. Invita a Dios a que enternezca tu corazón y hable a tu mente. Escribe el Salmo 138, palabra por palabra. Mientras lo haces, ¿qué palabras llaman especialmente tu atención?
CONCLUSIÓN
«Cuanto más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, con mayor claridad discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y nos sentiremos menos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).
«Antes de la honra viene la humildad. Para ocupar un lugar elevado ante los hombres, el cielo elige al obrero que como Juan el Bautista, toma un lugar humilde delante de Dios. El discípulo que más se asemeja a un niño es el más eficiente en la labor para Dios. Los seres celestiales pueden cooperar con aquel que no trata de ensalzarse a sí mismo sino de salvar almas. [...]
»Pero cuando los hombres se ensalzan a sí mismos, y se consideran necesarios para el éxito del gran plan de Dios, el Señor los hace poner a un lado. [...] La sencillez, el olvido de sí mismo y el amor confiado del niñito son los atributos que el cielo aprecia. Son las características de la verdadera grandeza. [...]
»El alma sincera y contrita es de gran valor a la vista de Dios. Él pone su señal sobre los hombres, no según su jerarquía ni su riqueza, ni por su grandeza intelectual, sino por su unión con Cristo» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 411, 412).
Preguntas para dialogar:
¿Qué ideas adicionales contienen los siguientes pasajes acerca del orgullo y la humildad? Mateo 23: 12; Salmo 25: 9; Salmo 149: 4; Santiago 4: 6 y 10.
¿Cuándo fue la última vez que te ensalzaste a ti mismo? ¿Cómo afectó eso tu relación con Dios o con aquellos ante quienes lo hiciste?
¿Qué cambios necesitas hacer en tu vida para humillarte ante Dios y fortalecer tu relación con él?
Resumen:
El orgullo puede ser uno de los mayores obstáculos para crecer en una relación con Dios. Si nos sentimos autosuficientes y no somos conscientes de nuestra necesidad de esta relación, simplemente no la buscaremos. En contraste, Jesús fue el Hombre más humilde y el ejemplo perfecto de cómo disfrutar de una relación estrecha con Dios.
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