No sé en qué estaba pensando... pero entré.
Decidí correr 21 kilómetros.
Nunca antes lo había hecho.
Había corrido 10 y hasta 15 kilómetros en una San Silvestre; pero, en un fin de semana, decidí abalanzarme en una carrera en la que ni siquiera me había inscrito.
Era mi primera vez. No tenía número.
Estacioné el auto en un lugar cerca del punto de partida. Vi a un número significativo de corredores, varones y damas; por supuesto, muchos con un entrenamiento riguroso y cuidando hasta el más mínimo aspecto de su preparación atlética.
Arrancamos. Y como siempre, el pelotón se va dividiendo poco a poco en pequeños pelotones.
No conocía la ruta. Pero, esta media maratón era parte una maratón completa; así que, mientras estábamos de ida, los profesionales de las corridas, ya estaban de vuelta.
Para evitar el peso, dejé el celular y la billetera en el auto.
Todo estaba normal hasta el kilómetro 10; pero al comenzar a sentir el cansancio, la inercia y la inanición comenzar a hacerse presentes. El aire comenzó a faltar y los músculos se querían auto destruir.
Allí descubrí que es lento el avance y es rápido el tiempo. No sabía que me iba a costar tanto, no sabía que la meta iba a tardar tanto en materializarse, pero al mismo tiempo, la hora corría, y, aunque habíamos salido temprano en una hora fresca, ahora ya estábamos a media mañana y cada vez hacía más calor. No puedo parar: "si me detengo, se acabó" - pensaba.
Nunca había sentido algo parecido. Me ahogaba, y, literalmente, me quería morir. Sentía que no podía respirar, que el aire no era suficiente. Los pasos eran cada vez más pequeños, a veces parecía que no me movía, el esfuerzo cada vez más, era mayor.
Llegar a completar esa media maratón fue la experiencia más traumática que me pudo suceder. Miraba hacia atrás y no lo podía creer. Sentía que la vida se me iba y cuando conseguí llegar, al no haber estado inscrito, no podía tomar un vaso de agua ni ninguna fruta.
La sequedad de la garganta, la transpiración que se había convertido en grumos de sal, la quemazón del sol en la piel y la debilidad muscular y fatiga mental me dejaron al filo del colapso.
Pero el mayor problema era ¿Cómo voy a volver?
Creo que no me había percatado en ningún momento acerca del retorno. No tenía dinero, ni celular, ni vehículo.
Vi que los corredores inscritos tenían derecho de subir a un bus que los llevaría al punto de partida. La primera observación fue:
- Usted no está inscrito; por tanto, no puede subir.
- Me siento muy mal, por favor, permítame retornar.
Creo que mi apariencia estaba tan deteriorada que, sin pensarlo dos veces, se me permitió subir al bus.
Todos transpiramos y estábamos de pie en el bus. Esta impresión y los olores adicionales hicieron que casi me desmaye. ¿En qué momento pensé en hacer todo esto?
LOS 21
Mi primogénita cumplió 21 años. Nunca pensé que llegaría este momento. Jamás pensé que podría hacerlo... pero llegamos ¡Gracias a Dios!
Fue sofocante (no el tenerla o criarla), fue angustiante - empujar la vida hacia adelante. Piensas que no vas a lograr, sientes que las fuerzas ya no te van a acompañar; pero, el pie vuelve a salir y se da un paso más ¡Dios sea alabado por la inercia! Porque cuando ya no se puede más, milagrosamente, viene el siguiente y otro y otro más. No hay una explicación más que la mano invisible que nos sujeta y nos lleva hasta la meta trazada.
LOS 42
Llegué a casa destrozado. Mi corazón no dejaba de latir a mil por hora. "Si duermo, tal vez, no vuelva despertar" - pensé. Pero, en alguna parte de la tarde, el cansancio fue mayor y solo me desperté al día siguiente.
Incorporándome, me dí cuenta que, además de estar vivo, no había mucho dolor. ¡Sobreviví!
Al día siguiente salí a correr al mismo parque de siempre. Me encontré con un señor de la tercera edad que acostumbraba correr todos los días 10 km a un buen ritmo. En la conversación me preguntó cómo estaba. Le conté mi hazaña y todo lo que esto había significado.
Con voz normal observó:
- El que corre media maratón está lista para la maratón completa.
Un año después estaba corriendo 42 km. Al ver a todos los que llegaban hasta medio camino y sentirme con las fuerzas completas, no podía creer que estaba pasando, justo conmigo. No sabía que la parte más bonita venía después de la mitad del camino. De haberlo sabido antes, tampoco hubiera cambiado nada; pero, con seguridad, habría disfrutado un poco más el camino.
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