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¿De quién es realmente tu vida?

“Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.” Romanos 14:7.

Hoy conoceremos los tres secretos de una vida que verdaderamente pertenece a Cristo.

Propósito:
Guiar a la iglesia a comprender que toda nuestra existencia —decisiones, propósito y destino— pertenece completamente al Señor.

INTRODUCCIÓN

Hace algunos años, un niño recibió una cometa como regalo de cumpleaños. La cuidó durante semanas y la elevaba cada tarde en el parque. Un día, una fuerte ráfaga de viento rompió el hilo y la cometa desapareció entre los árboles.

Semanas después, el niño caminó por una tienda de antigüedades y vio su cometa exhibida en la vitrina. Entró, reunió todos sus ahorros y la compró nuevamente.

Cuando salió de la tienda abrazando la cometa, dijo:

—“La primera vez eras mía porque te construí. Ahora eres mía dos veces porque te compré.”

De manera similar, Dios podría decirnos:

—“Eres mío porque te creé y eres mío porque te redimí.”

Sin embargo, surge una pregunta incómoda, aunque Dios nos reconoce como suyos:
¿Vivimos realmente para Dios o para nosotros mismos?
¿Quién gobierna nuestras decisiones?
¿Quién ocupa el trono de nuestro corazón?
Si hoy terminara nuestra historia, ¿podríamos decir que pertenecimos completamente al Señor?

Pablo responde estas preguntas con una declaración contundente:

“Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.” Romanos 14:7

Douglas Moo observa que Pablo desvía la atención de las diferencias humanas hacia la verdad suprema de que el creyente vive bajo el señorío de Cristo. La cuestión no es la comida o los días festivos, sino quién es el dueño de nuestra vida. (Douglas J. Moo. The Epistle to the Romans (Grand Rapids: Eerdmans, 1996), 852–854).

Hoy descubriremos tres secretos para vivir para el Señor.

I. RECONOCER QUE NO SOMOS NUESTROS

“Ninguno de nosotros vive para sí...”

En el análisis griego, Pablo utiliza la expresión heautō zē (“vive para sí mismo”).

Los comentaristas explican que no se refiere simplemente a vivir solos, sino a vivir teniendo nuestros propios intereses como objetivo final. (James D. G. Dunn. Romans 9–16 (Dallas: Word Books, 1988), 801–802).

Pablo está diciendo:

“El cristiano ya no es el centro de su universo.”

La cultura moderna enseña:
“Haz lo que te haga feliz.”
“Sigue tu corazón.”
“Vive tu verdad.”

Pero Cristo dice: “Toma tu cruz y sígueme.”

El evangelio no consiste en agregar a Jesús a nuestra agenda; consiste en entregar nuestra agenda a Jesús.

Saulo de Tarso tenía planes, prestigio y poder.

Pensaba:

—“Mi vida me pertenece.” Pero en el camino a Damasco cayó al suelo delante de Cristo.

La primera pregunta de Pablo convertido fue: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hechos 9:6).

Observe el cambio:

Antes:                                                 Después:

Mi voluntad.                                        Tu voluntad
Mi reino.                                                Tu Reino

El creyente es libre cuando se somete.

“Porque habéis sido comprados por precio.” (1 Corintios 6:20)

“Todos los hombres han sido comprados por ese precio infinito. Derramando todo el tesoro del cielo en este mundo, dando en Cristo todo el cielo, Dios ha comprado la voluntad, los afectos, la mente y el alma de cada ser humano.” (PVGM, 326).

Pero reconocer que no nos pertenecemos es apenas el comienzo.

La siguiente pregunta es:
Si no vivo para mí, entonces ¿para quién vivo?

II. NUESTRA VIDA TIENE UN SOLO SEÑOR

Romanos 14:8 continúa: “Si vivimos, para el Señor vivimos.”

James Dunn señala que Pablo mueve toda la discusión hacia una realidad central: Cristo es el punto de referencia de toda la existencia cristiana. (James D. G. Dunn. Romans 9–16 (Dallas: Word Books, 1988), 802).

La pregunta ya no es:
¿Qué me gusta?
¿Qué prefiero?
¿Qué me conviene?

La pregunta ahora es: 
¿Qué honra al Señor?

Ilustración: El violín de Stradivarius

Se cuenta que un violinista compró un antiguo Stradivarius por millones de dólares.

Alguien preguntó:
—¿Por qué gastaste tanto dinero en ese instrumento?

Él respondió:
—Porque pertenece al maestro.

Lo limpiaba cuidadosamente, lo protegía y lo utilizaba para el propósito correcto.

¿Por qué?
Porque entendía su valor.

De la misma manera, cuando reconocemos que pertenecemos al Señor, dejamos de maltratar lo que tiene dueño.

Nuestros cuerpos, talentos, tiempo y recursos son instrumentos en las manos del Maestro.
Personaje bíblico: José

José fue esclavo.
José fue prisionero.
José fue gobernador.

Y en cada etapa conservó una misma convicción: “Pertenezco a Dios.”

Por eso dijo:
“¿Cómo, pues, haría yo este grande mal y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9).

José sabía quién era el dueño de su vida.

“Cuando Cristo es Señor de mi vida, mis decisiones dejan de depender de mis deseos y comienzan a depender de Su voluntad.”

Textos de apoyo
"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres". Colosenses 3:23
"Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí". Gálatas 2:20
"Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia" Filipenses 1:21.

Cranfield afirma que Pablo habla de una subordinación total de la existencia cristiana a Cristo. (C. E. B. Cranfield, A Critical and Exegetical Commentary on the Epistle to the Romans, vol. 2 (Edinburgh: T&T Clark, 1979), 703.

Sin embargo, existe un área donde muchos creyentes todavía luchan por rendirse totalmente.

Es la última frontera del control humano: la muerte.

¿Por qué causa vale la pena vivir y morir?

Queridos jóvenes, hay una realidad ineludible: Todos vivimos por una causa.

Algunos viven por el éxito. Otros viven por dinero. Otros viven por aceptación. Otros viven por placer. Otros viven por seguidores, "likes" y reconocimiento.

Pero el problema no es tener una causa.

El problema es entregar la vida a una causa que no vale una vida completa.

Muchos jóvenes hoy gastan sus mejores años peleando batallas pequeñas. Discuten por redes sociales. Compiten por popularidad. Luchan por ser aceptados. Se desgastan por cosas que dentro de cinco años nadie recordará. Y mientras tanto, la verdadera causa pasa frente a ellos.

Ilustración

Un maestro colocó frente a sus alumnos un frasco vacío.

Primero lo llenó con grandes piedras.
—¿Está lleno?
—Sí —respondieron.

Entonces agregó piedras más pequeñas.
—¿Ahora está lleno?
—Sí.

Luego añadió arena.

Finalmente añadió agua.

Entonces preguntó:
—¿Cuál es la lección?

Uno respondió:
—Que siempre podemos hacer más cosas.

El maestro respondió:
—No. La lección es que si no colocas primero las piedras grandes, nunca cabrán después.

Muchos jóvenes están llenando su vida con arena.

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Pero las piedras grandes están quedando afuera:
Dios.
La misión.
El servicio.
La salvación de otros.
El propósito eterno.
David eligió bien su batalla

Cuando David llegó al valle de Ela, todos los soldados veían un gigante.

David vio una causa.                                                Saúl veía peligro.
David veía propósito.                                                Los hermanos veían un conflicto.
David veía una oportunidad para honrar a Dios.        
La grandeza de David no consistió en matar gigantes.
La grandeza de David consistió en saber por qué peleaba.

"La vida no se define por las batallas que peleas, sino por la causa que las motiva."
Pablo encontró una causa mayor que él mismo
Antes de conocer a Cristo, Pablo vivía para sus propios ideales.

Después del encuentro con Jesús declaró: "Para mí el vivir es Cristo" (Filipenses 1:21).

Observe que no dijo:
Para mí el vivir es el prestigio.
Para mí el vivir es el dinero.
Para mí el vivir es el éxito.

Dijo:
"Para mí el vivir es Cristo."

Y cuando Cristo se convierte en la causa principal, todo lo demás encuentra su lugar.

"Con semejante ejército de obreros como el que nuestros jóvenes, bien preparados, podrían proveer, ¡cuán pronto se proclamaría a todo el mundo el mensaje de un Salvador crucificado, resucitado y próximo a venir!" (Ed, 271).

Observe la visión:
Dios no ve a los jóvenes simplemente como asistentes de la iglesia.
Los ve como protagonistas de la misión.

Desafío para los jóvenes

Pregúntate:
¿Qué causa ocupa mis pensamientos durante el día?
¿Qué causa consume mis energías?
¿Qué causa dirige mis decisiones?
¿Qué causa merece mis mejores años?

Porque llegará un día en que no importará cuántos seguidores tuviste.
No importará cuánto dinero acumulaste.
No importará cuántas personas conocieron tu nombre.
Importará una sola pregunta:
¿Viviste para Cristo o simplemente viviste para ti mismo?

Y cuando una persona encuentra una causa que es más grande que ella misma, descubre algo extraordinario:

Ya no solamente sabe por qué vivir; también sabe por qué morir.

Por eso Pablo puede afirmar: "Ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí."

La causa de Cristo es tan grande, tan verdadera y tan eterna, que transforma tanto nuestra vida como nuestra muerte.

Porque quien vive para Cristo nunca pierde; y quien muere en Cristo tampoco.

III. CONFIAR EN EL SEÑOR AUN EN LOS MOMENTOS FINALES

“...Y ninguno muere para sí.”

Pablo afirma que incluso la muerte pertenece al dominio de Cristo.

La muerte no escapa al señorío de Jesús.
El creyente no sólo vive para Cristo.
También muere en Cristo.

Por eso Romanos 14:8 concluye: “Sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.”

Ilustración bíblica: Esteban

Mientras las piedras golpeaban su cuerpo, Esteban levantó los ojos al cielo.

No gritó por venganza.
No maldijo a sus verdugos.
Vio a Jesús.

Y dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” (Hechos 7:59)

Incluso en la muerte, sabía quién era el dueño de su vida.

Ilustración contemporánea

El famoso misionero Jim Elliot murió asesinado en Ecuador a los 28 años.

Antes de morir escribió: “No es ningún tonto aquel que entrega lo que no puede conservar para ganar lo que no puede perder.”

Su vida y su muerte proclamaron el mismo mensaje: Pertenezco al Señor.

“Quien ha entregado su vida a Cristo no necesita temer entregar también su último aliento.”
Texto de apoyo
"Estimada es a los ojos de Jehová, la muerte de sus santos". Salmo 116:15.
"Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. 21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia". Filipenses 1:20-21.
"He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. 8 Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida". 2 Timoteo 4:7-8.

“Para el creyente, la muerte es un asunto trivial. Cristo habla de ella como si tuviera poca importancia.” (DTG, 731).

Ilustración integradora: El barco y el faro

Una noche un capitán observó una luz a la distancia.

Ordenó:
—“Digan a ese barco que cambie de rumbo.”

La respuesta llegó:
—“Cambie usted de rumbo.”

Molesto, respondió:
—“Soy el capitán de un gran barco.”

La respuesta volvió:
—“Y yo soy el guardián del faro.”

El capitán comprendió inmediatamente que debía cambiar de dirección.

Muchas veces vivimos creyendo que somos el capitán absoluto de nuestra existencia.

Pero Romanos 14:7 nos recuerda tres verdades:
No nos pertenecemos.
Tenemos un solo Señor.
Nuestro destino eterno está seguro en Sus manos.

Cristo es el faro.
Cristo es el dueño.
Cristo es el Señor.

Llamado

Permíteme preguntarte:
¿Hay áreas de tu vida que todavía pertenecen más a ti que a Cristo?
¿Tus planes reflejan tu voluntad o la voluntad del Señor?
¿Puedes decir honestamente que vives para Él?
Si Cristo viniera hoy, ¿podrías afirmar: “Sea que viva o que muera, del Señor soy”?

Quizás hoy Dios no te está pidiendo que hagas algo extraordinario.

Tal vez solamente te está invitando a hacer lo más importante: entregarle completamente lo que siempre le ha pertenecido: tu vida.

ORACIÓN
Padre amado:
Hoy reconocemos que durante mucho tiempo hemos intentado dirigir nuestras propias vidas. Hemos defendido nuestros planes, nuestros sueños y nuestros caminos como si realmente nos pertenecieran.
Pero tu Palabra nos recuerda que fuimos creados por Ti y comprados por la sangre preciosa de Jesús.
Señor, perdónanos cuando hemos vivido para nosotros mismos.

Enséñanos a despertar cada mañana preguntando: “¿Qué quieres Tú que haga?”

Toma nuestros pensamientos, nuestros afectos, nuestros talentos, nuestros hogares, nuestros ministerios y nuestros proyectos. Que todo lo que somos y todo lo que tenemos sea para Tu gloria.

Y cuando lleguen los momentos difíciles, cuando aparezcan las pérdidas, las pruebas o el valle oscuro de la muerte, danos la certeza de que seguimos perteneciendo a Ti.

Que podamos vivir para Ti.
Que podamos servir para Ti.
Que podamos sufrir para Ti.

Y cuando llegue nuestro último día, que podamos descansar confiados en Tus brazos eternos.

Hoy te entregamos nuevamente nuestra vida completa.
En el nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador.

Amén.

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