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La Biblia que leía Jesús - Un Hombre llamado Jesús

Con un estudio bíblico en cadena, de acuerdo con texto de arriba se demuestra que Jesús es la figura central en el Antiguo Testamento. 
Hoy, el A.T. es el blanco de los más diversos ataques, desde aquellos que desprecian su contenido en su totalidad hasta los que lo interpretan según su conveniencia, usando lo que refuerza sus creencias y adoptando una hermenéutica frágil cuando se opone a sus concepciones, pero lo que olvidan es que esa era la Biblia que Jesucristo leía. No solo porque era la única que existía, sino porque más de una vez, él refuerza sus “nuevas” enseñanzas, recorriendo el fundamento que ellos tenían, el Antiguo Testamento. Veamos algunas posiciones de Jesús sobre el Antiguo Testamento: 

1. Él creía en el relato de la creación [literal], según Génesis (Mateo 19:4-6; Marcos 10:6-8). 
2. Creía que el autor del Pentateuco fue Moisés (Mateo 8:4; Juan 5:46; 7:19). 
3. Aceptó el Canon judío del Antiguo Testamento, pero rechazó el Apócrifo (Lucas 24:44). 
4. Reprendió severa y públicamente a los saduceos por su ignorancia de las Escrituras (Mateo 22:29). 
5. Enseñó que cada palabra de las Escrituras procede de Dios (Mateo 4:4). 
6. Enseñó que las Escrituras del Antiguo Testamento señalaban hacia él (Lucas 24:27, 44). 
7. Enseñó que el hombre será juzgado por la Palabra de Dios (Juan 12:47, 48).

La lista sería mucho mayor. En verdad ese desprecio actual del Antiguo Testamento nace de una hermenéutica enfermiza o tal vez de una conveniencia que sobrepuja el sentido común. Es cierto que al mirar la vida del Salvador descrita en los cuatro Evangelios o en la Iglesia Apostólica y su posición ante el A.T. podemos ser precisos al afirmar que, si los tomamos como ejemplo, el mundo cristiano debería tener reverencia a esa parte de las Escrituras, tan dejada de lado en los días actuales. El Nuevo Testamento no nace para ser antagónico del Antiguo Testamento; ese concepto, además de equivocado, no puede estar fundamentado en la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento no es una declaración de arrepentimiento de Dios por el Antiguo Testamento; en verdad, exalta su valor doctrinario y profético.

1. ¿Cómo trató Jesús el Antiguo Testamento? 
2. ¿De dónde nace esa visión actual y distorsionada sobre el Antiguo Testamento?

“JESÚS ES EL AUTOR, NUNCA SU OPOSITOR. ÉL ES EL CENTRO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, NO UN DESCONOCIDO”

Elena de White se explaya así: “El mismo poder que Cristo ejerció cuando andaba entre los hombres se encuentra en su Palabra. Con ella curaba las enfermedades y echaba fuera demonios; con ella sosegaba el mar y resucitaba a los muertos; y el pueblo atestiguó que su palabra iba revestida de poder. El predicaba la Palabra de Dios, la misma que había dado a conocer a todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. La Biblia entera es una manifestación de Cristo” (MC, 84). 

Podríamos desafiar la notoriedad de Cristo en los libros del Antiguo Testamento, sin ninguna dificultad, y afirmar que esa parte de las Escrituras tiene un tenor Cristo céntrico. Por eso, si queremos imitar a Cristo, no trataremos el Antiguo Testamento como anticuado o inadecuado, sino como la Palabra de Dios. 
El Señor Jesús mismo refuerza esa verdad: “Ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Sí, toda la Biblia habla de Cristo. Desde el primer informe de la creación, donde dice que “sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3), hasta la promesa final: “He aquí yo vengo pronto” (Apocalipsis 22:12). “Si deseáis conocer al Salvador, estudiad las Santas Escrituras” CC, 88. 

La santificación es un proceso que pasa por el texto sagrado. Por eso, no hay predicación del evangelio genuina donde se desprecian las escrituras. Los cargos no santifican a las personas.

En verdad, las acciones y enseñanzas de Dios no se limitan a lo que está escrito en la Biblia, pero lo que está escrito es suficiente, y las revelaciones divinas extrabíblicas jamás contradicen el texto canónico. Dios no es solo un texto, y los desdoblamientos de las acciones y enseñanzas de Dios van más allá del texto, pero jamás contra el texto. De hecho, el viento sopla donde quiere, en lugares y a través de voces inesperadas. Pero él nunca sopla contra su propia Palabra.


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