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La conexion segura - ICOR

Aquella pregunta…

«Uno de ellos». Así nos presenta Mateo al personaje que se acercó a Jesús con una de las preguntas más importantes de los Evangelios. Un experto en la ley que sabe lo que quiere: escucha a los saduceos formular su pregunta y permanece atento a la respuesta de Jesús. Coincide con él y da el paso porque cree haber encontrado la clave para hacerle caer: «¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?» (Mateo 22:36).

¿Alguna vez te has planteado algo semejante? Después de todo, es necesario que el ser humano se cuestione la esencia de la experiencia cristiana. Es alentador que este tipo de respuestas se encuentren en la Biblia. También es cierto que en la Escritura encontramos otro tipo de preguntas que Jesús simplemente prefirió no contestar. En una de las ocasiones fueron los sacerdotes y los ancianos del pueblo los que le preguntaron por la autoridad con la que actuaba. En ese momento, Jesús se limitó a decirles: «Pues yo tampoco os voy a decir con qué autoridad hago esto» (Mateo 21:27).

Aquella respuesta…

Pero en la pregunta que nos ocupa, el Maestro consideró oportuno contestar: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y mayor mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mateo 22:37-40, RVR1995). La esencia de la vida cristiana es el amor. No se puede amar a una persona sin conocerla, ni existe el conocimiento sin interacción. Tampoco es viable una relación sin la conexión profunda con el Padre y el deseo de estar unido con la otra persona como Dios lo está contigo.

No hay mayor doctrina que la del amor. No hay otra forma de entender la ley, los preceptos y la vida cristiana que en el marco del amor. El apóstol Pablo es contundente al afirmar que «toda la Ley en esta sola palabra se cumple: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Gálatas 5:14, RVR1995). Asimismo, se reafirma en Romanos 13:10: «El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor». Si el amor es el cumplimiento de la ley, la iglesia ha de experimentarlo. Una iglesia que no ama estará incumpliendo la ley, aunque aparente fidelidad al Señor.

El encuentro del fariseo con Jesús nos permite disfrutar una declaración que confirma su divinidad. Su elocuencia y claridad son incuestionables. Jesús estaba conectado con el Padre y desea que tengamos una vivencia similar (Juan 17: 23). Afortunadamente, su respuesta no es tan difícil de entender, porque Dios es capaz de ocultar las cosas a los sabios para revelárselas «a los que son como niños» (Lucas 10:21).

El Dios de las relaciones.

Dios es amor. Promueve la interacción y busca una comunión profunda con sus criaturas. El relato bíblico nos presenta a un Dios plural que se deleita en la comunicación. Asimismo, uno de los fundamentos de su carácter es el amor. El Señor disfruta de la compañía de su creación en un ambiente que emana paz, felicidad y armonía. Desde la eternidad, Dios nos creó para que pudiéramos reflejar esa pluralidad mediante las relaciones que establecemos con los demás, en el marco del amor. De esta forma, podemos ver que la primera pareja fue creada no solo con la necesidad de tener una relación mutua, sino también vínculo directo con Dios.

A pesar de estar rodeado por toda la creación de Dios y de contar con su presencia en el jardín, Adán necesitaba algo más. Elena White lo describe de la siguiente manera: «El hombre no fue creado para vivir en la soledad; debía tener una naturaleza sociable. Sin compañía, las bellas escenas y las encantadoras ocupaciones del Edén no habrían podido proporcionarle perfecta felicidad. Aun la comunión con los ángeles no podría satisfacer su deseo de amor y compañía» (PP, 25)

Era necesario que el hombre pudiera ver en la mujer la «ayuda adecuada» (Génesis 2: 18) y que pudiera decir «esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Génesis 2: 23). Cuando Dios creó al ser humano a su imagen, hizo al hombre y a la mujer (Génesis 1: 27), para crecer en armonía y representar la imagen del Padre.

Lo que en el principio fue revelado para la primera pareja se convierte en el deseo de la divinidad para la comunidad de creyentes, que forma la iglesia invisible de Dios: un cuerpo unido en el Espíritu y conectado con Dios. Un cuerpo en el que «el ojo no puede decirle a la mano: “No te necesito”. Ni puede la cabeza decir a los pies: “No os necesito”» (1 Corintios 12: 21). Unidos en la misión, en la esperanza y en la salvación.

Conectando…

En la actualidad, la Iglesia Adventista promociona una iniciativa llamada iCOR en la que pretende replantear la iglesia y construir hogares espirituales a través de cuatro áreas básicas: las relaciones interpersonales, el crecimiento espiritual, la misión y la formación. En cada una de estas áreas se pretenden recuperar valores se han dejado de promover.

En el marco de las relaciones, los valores que se destacan son la conexión, el cuidado, el cariño y la participación. ¡Cuánto cambiarían nuestras comunidades si viviéramos de acuerdo a ellos! ¿Cuál sería el efecto en la sociedad si, como adventistas, se nos conociese no tanto por lo que no comemos, por nuestra forma de vestir o por la música que escuchamos, sino por ser personas que viven una vida basada en la hospitalidad, la compasión, la aceptación y la unidad? Sin duda, seríamos auténticos discípulos de Cristo, identificados por el rasgo que él mismo estableció como señal del discipulado, el amor recíproco (Juan 13: 34, 35).

iCOR suena vanguardista. Conexión se oye contemporáneo y es un concepto de uso relativamente reciente en el ambiente adventista. Sin embargo, el principio fundamental sobre el que están basados ambos conceptos es eterno. Puede que necesitemos nuevos términos que rescaten el significado y la importancia de ideas antiguas que, con el paso del tiempo, han perdido el valor profundo que una vez tuvieron.

Más allá de los conceptos, se trata de vivir y demostrar que es posible la aplicación de estos valores en nuestras comunidades. Es necesario que cada persona que se encuentra en el medio adventista viva una experiencia profunda de conexión con Dios a través del conocimiento de la verdad y del amor. Hagamos posible que la unidad por la que Cristo oró sea una realidad entre los verdaderos adoradores que Dios está buscando, para que Jesus pueda venir a buscarnos pronto.

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