“Completen mi gozo, tengan el mismo sentir, el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa»(Filipenses 2:2).
En la unión reside la fuerza, pero conocer esa verdad no es lo mismo que ponerla en práctica. Todos fracasamos a veces a pesar de nuestros mejores esfuerzos por promover la unidad. Pero eso no es lo mismo que socavarla deliberadamente. No es de extrañar, pues, que al avanzar en su carta a los filipenses, Pablo desea que estén «unánimes, sintiendo una misma cosa».
El apóstol basa la necesidad de la unidad en la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Este es un tema que encontramos en todo el Nuevo Testamento y especialmente en las epístolas.
El origen de la desunión en el Universo tuvo su origen en el orgullo y la sed de poder de un solo ángel en el Cielo. Este sentimiento se extendió rápidamente, incluso en un entorno perfecto (ver Isaías 14:12-14). Y se afianzó luego en el Edén, a raíz de un descontento similar respecto de las reglas que Dios había establecido y el deseo de ascender a una esfera superior a la que el Creador había designado (Génesis 3:1-6).
Hoy examinaremos el fundamento bíblico de la unidad en la iglesia. Nos centraremos especialmente en la asombrosa condescendencia de Jesús, en las lecciones que podemos obtener al contemplarlo y en la manera de crecer para asemejarnos más a él.
I. DESUNIÓN EN FILIPOS
Filipenses 2:1-3. ¿Qué factores parecen haber provocado la desunión en la iglesia? ¿Qué solución sugiere Pablo?
Pablo se sintió sin duda muy decepcionado al ver que la iglesia que había fundado y amaba tanto era sacudida por las rivalidades y las contiendas. Para describir estos problemas, utiliza un lenguaje muy fuerte: la palabra griega eritheia(traducida como «rivalidad»), que había empleado en Filipenses 1:17 para referirse a los oponentes envidiosos y orgullosos en Roma, empeñados en promoverse a sí mismos en lugar de hacer avanzar la causa de Cristo.
La rivalidad es una de las obras de la carne (Gálatas 5:20) y, como indica Santiago, «donde hay envidia y rivalidad, hay perturbación y toda obra perversa» (Santiago 3:16). El término griego traducido como «vanagloriosos» (kenodoxos) solo aparece en Gálatas 5:26, pero se utiliza en la literatura extrabíblica para referirse a la arrogancia, el orgullo y un concepto demasiado elevado de uno mismo. Pablo utiliza una palabra estrechamente relacionada al amonestar a los gálatas: «No seamos vanagloriosos, irritándonos y envidiándonos unos a otros» (Gálatas 5:26).
Observa los remedios que Pablo enumera en Filipenses 2:1 para estos problemas:
Estímulo en Cristo. Pablo utiliza el propio ejemplo de Cristo como una poderosa motivación.Consuelo de amor. Jesús revela el amor divino y nos ordena amarnos «unos a otros como yo los he amado» (Juan 15:12).
Comunión del Espíritu. La presencia del Espíritu Santo crea una estrecha relación cristiana como la que permeaba a la iglesia primitiva (Hechos 2:42; comparar con 2 Corintios 13:14).
Ternura. Esta cualidad divina se manifestó con frecuencia en la vida de Cristo (ver Mateo 9:36; 20:34; Marcos 1:41) y es descrita en las parábolas del buen samaritano (Lucas 10:33) y del hijo pródigo (Lucas 15:20).
Compasión. Esta característica, ejemplificada por Jesús, debe verse también en la vida de sus seguidores (Lucas 6:36).
Tener el mismo sentir, el mismo amor, ser unánimes, sentir una misma cosa. ¡Qué imagen! Es difícil imaginar cómo Pablo podría enfatizar más la importancia de la unidad. De acuerdo con él, debemos tener «el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5).
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