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Una cruz en el paraíso - Jesús venció

Cierto día, el dueño de una chatarrería recibió piezas de plomo de un aparato diferente. Al desarmarlo, encontró un polvo blanco, parecido a sal, pero que brillaba en la oscuridad con un color azul. Encantado con el brillo, decidió mostrárselo a familiares, amigos y vecinos. Algunos hasta llevaron muestras a su casa. Pronto comenzaron los primeros síntomas. Las personas fueron derivadas al hospital. Solo 13 días después, el 29 de setiembre de 1987, se descubrió que estaban tratando con 19 gramos de material radioactivo, el césio-137. El dueño de la chatarrería, su esposa, dos empleados, una niña y su padre fallecieron trágicamente. Entonces, se inició un enorme proceso de descontaminación. Como resultado, se retiraron seis mil toneladas de residuos y materiales de construcción confinados en 1.200 cajas, 2.900 tambores y 14 contenedores revestidos de concreto y acero, guardados en la ciudad de Abadía de Goiás, para que queden por 600 años. Cientos de sobrevivientes contaminados sufren hasta hoy los efectos de la radioactividad (sitio Brasil Escola, “Accidente con césio-137 en Goiania”).

Como seres humanos, a veces nos sentimos atraídos por la curiosidad. Deseamos conocer realidades diferentes. Ese sentimiento tiene más fuerza por cosas nuevas, pero también por las prohibidas y peligrosas. Las personas que no tienen vicios pueden sentir alguna curiosidad por el alcohol y otras sustancias que prometen sensaciones fuertes. Los peligros acechan a muchos matrimonios, como ya estamos cansados de ver. La gran lección es que podemos hasta saber que algo hace mal, pero es mucho más profundo experimentar el mal en nuestro cuerpo, conociéndolo en la práctica. Así como el material radioactivo, la Biblia revela que el pecado afecta no solo a una persona, sino a todas las que están alrededor. Podríamos decir que, aunque en pequeñas cantidades, es “radioactivo” y mortal.

Como vimos, el pecado y todos los males de este mundo comenzaron en el cielo con Lucifer. Él logró convencer a un tercio de los ángeles a unirse a él en su rebelión y fue expulsado a la tierra, cayendo como un relámpago (Lucas 10:18). Por eso, uno de sus nombres es “diablo”, que significa “lanzado”, porque fue lanzado del cielo a la tierra. Los seres humanos estaban en riesgo, pero solo conocerían el mal si quisieran experimentarlo. Y sobre eso vamos a hablar hoy.

I. Debemos estar atentos a la verdad de Dios para no caer en los engaños del enemigo.

No se encontró justificación para el surgimiento del pecado en el cielo, que es un lugar perfecto. De la misma forma, no había justificación para el surgimiento del pecado en la tierra recién creada, pues esta también era perfecta. El primer matrimonio vivía en un paraíso. Adán y Eva fueron creados por Dios el sexto día y descansaron en su primer día completo, el sábado. No había muerte ni dolor. Eran bellos, el clima era perfecto, y los animales de Dios.

Sin embargo, el primer matrimonio tenía solo una prohibición: no deberían comer del fruto del árbol que estaba en medio del jardín. “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:16, 17). Esa era la única restricción a la cual deberían obedecer.

El “no” a un solo árbol significaba un “sí” a todos los otros. Generalmente, funciona así: los no de Dios son afirmativos: representan solo un pequeño límite del inmenso menú de opciones que tenemos a disposición. Sería como un estacionamiento con 700 lugares, totalmente vacío, donde usted puede estacionar en cualquiera, menos en un lugar marcado de azul. ¿Qué razón tendría para dejar el auto en el lugar prohibido? La diferencia es que la prohibición de Dios era para proteger a la primera pareja. Pero, por más que parezca ilógico, el ser humano deseó lo que estaba prohibido. Puede ser hasta peor de lo que ya tiene, pero la curiosidad, el deseo de experimentar algo nuevo y prohibido es algo muy fuerte que tenemos dentro de nosotros y que no logramos vencer sin la ayuda de Dios.

El matrimonio vivió bien por un tiempo en el paraíso, y tal vez nunca hubiera probado del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, en un momento de descuido, Eva se encontró lejos de su marido y peligrosamente demasiado cerca del árbol prohibido. Ella estaba tan cerca del árbol que pudo oír los susurros extraños que venían de allí. Su mente fue atraída más cerca. Sin ningún aviso, oyó una pregunta tan tortuosa como la de una serpiente que hablaba: “¿Conque Dios os ha dicho: ‘No comáis de todo árbol del huerto’?” (Génesis 3:1).

Hagamos ahora una pausa. Note que, así como Dios emite frases para crear el mundo, la serpiente emite una frase para destruir lo que Dios había hecho con tanto amor y perfección. Ella tomó las palabras de Dios y las organizó de una manera parecida, pero con un sentido totalmente diferente. En el lenguaje original, ella afirmó: “¿Es cierto que Dios dijo: ‘No comeréis de todo árbol del huerto’?”

La serpiente se presentó como la intérprete de las palabras de Dios. Primero separa una frase del resto de la orden divina y le afirma a Eva que Dios había dicho que ella no podría comer de todos los árboles del huerto, y punto. Al decir solo eso, estaba mostrando una idea contraria a lo que él ordenó. El enemigo de Dios es un maestro en citar la Biblia. La conoce más que cual- quiera. Todavía hoy usa la Palabra de Dios, la Biblia, para engañar a millones y millones de personas.

La estrategia que usó en el Edén, de tergiversar las palabras de Dios, fue la que usó con Jesús en el desierto. Citó de memoria el Salmo 91:12 para convencer a Jesús de que saltara del techo del templo. Y vea que también usó un “escrito está”. “Si eres el Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: ‘A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra” (Mateo 4:6). En el “ring” del gran conflicto entre el bien y el mal, él quiso derribar a Jesús con un “golpe bíblico”.

En respuesta, Jesús se defendió con otro “está escrito”: “Escrito está también: ‘No tentarás al Señor tu Dios’” (Mateo 4:7). Él citó Deuteronomio 6:16, donde Moisés exhortó al pueblo de Israel a no poner a Dios a prueba, como habían hecho en el desierto. A diferencia de las fallas de los seres humanos, de la pareja en el paraíso y de Israel en el deserto, Jesús venció. En tentaciones semejantes, él solo venció porque conocía la Palabra de Dios.

Nuestra única seguridad es conocer la Palabra de Dios. “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20). Al pueblo de Dios se le indica que bus- que en las Sagradas Escrituras su salvaguardia contra las influencias de los falsos maestros y el poder seductor de los espíritus tenebrosos. Satanás emplea cuantos medios puede para impedir que los hombres conozcan la Biblia, cuyo claro lenguaje revela sus engaños. [...] Solo los que hayan fortalecido su espíritu con las verdades de la Biblia podrán resistir en el último gran conflicto. Toda alma ha de pasar por la prueba decisiva: ¿Obedeceré a Dios antes que a los hombres?” (CS, 579-580).

Esta semana estamos haciendo exactamente lo que mencionamos: fortaleciendo la mente con la Palabra de Dios. Y lo hacemos porque queremos vencer las tentaciones y las pruebas que enfrentamos hoy y enfrentaremos mañana. El pecado seduce, es apelativo, aunque sea irracional. Promete muchas cosas, presenta un futuro maravilloso, pero la realidad es que trae infelicidad, enfermedad y muerte. Pero, Jesús nos enseña que solo podemos vencer por medio de la Palabra de Dios, que es espada y escudo. Sin la Palabra de Dios, quedamos completamente indefensos frente a las embestidas del enemigo para nuestra salvación. Sin la Biblia, no lograremos conocer la voluntad y los planes de Dios. Solo ella nos enseña de dónde venimos y a dónde vamos. Sin ella, no lograremos conocer a Jesús, porque la Biblia da un testimonio fiel de quién es él (lea Juan 5:39 y Lucas 24:27).

II. El pecado infectó el mundo y necesitamos a Jesús para salvarnos.

En 2020, el mundo sufrió con la pandemia de COVID-19, que dejó un saldo de millones de muertos y un rastro de destrucción.

Sin embargo, la Biblia revela que la entrada del pecado fue la primera y la madre de todas las pandemias, pues es una enfermedad que lleva a la muerte a todas las personas, sin excepción. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).

Humanamente hablando, no hay salida para la muerte. Perdimos a seres queridos que están en la sepultura, y otros queridos nos van a perder. Allí terminan las realizaciones, la convivencia, los proyectos y los sueños de la vida. “Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol” (Eclesiastés 9:5, 6).

Sin embargo, una palabra de esperanza hace eco desde el paraíso. Frente a la tragedia, Dios anunció las buenas nuevas. Al mirar a la serpiente, el Creador le dijo al enemigo: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya [los descendientes]; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15, la aclaración fue agregada por el autor).

Esa poesía hebrea llena de simbolismo anuncia que Dios pondría enemistad entre el ángel caído y los seres humanos también caídos. Ellos no formarían una rebelión unida. El hecho de que la frase comienza con la palabra “enemistad” representa un énfasis en la acción divina. En otras palabras, Dios declaró que de allí en adelante habría un conflicto, pero Dios no desistiría de la humanidad. Él dijo que lucharía por nosotros. No sería un conflicto cualquiera; sería un gran conflicto, largo e intenso entre el bien y el mal que ocurriría en el corazón y la vida de las generaciones futuras.

Otra enseñanza importante de ese pasaje es que, de la simiente, o sea, de la descendencia de la mujer surgiría un hombre (él) que aplastaría la cabeza de la serpiente. Esa es la primera promesa de la venida de un Salvador. Así, en verdad, la Biblia es una gran saga, una gran historia real que narra la historia de generaciones y generaciones de familias que esperaron el nacimiento del hijo que sería el Salvador del mundo.

Para los condenados a muerte por el pecado, Jesús es la esperanza que brilla a lo largo de las páginas de la Biblia. Como él mismo lo dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). El domingo de la resurrección, el Cristo resucitado se encontró con dos discípulos que caminaban tristes en dirección a una villa llamada Emaús. Ante la tristeza por su muerte, Jesús “comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de Él decían” (Lucas 24:27). Jesús explicó lo que la Biblia decía desde Génesis a Malaquías. Y seguramente habló de la esperanza anunciada desde el Edén, el paraíso perdido. El evangelio no comienza en Mateo o en el Nuevo Testamento, comienza en Génesis. Por el año 180, Ireneo de Lyon fue el primero en llamar a Génesis 3:15 como proto evangelio, o sea, “el primer evangelio” o “evangelio inicial” (ver Jacques Doukhan, Genesis, Seventh-day Adventist Inter- national Bible Commentary, 2016, p. 103).

Pero la promesa de Dios tendría un precio. Aplastaría la cabeza de la serpiente, pero ella heriría el calcañar con su veneno mor- tal. La intervención divina le costaría caro a Dios. La muerte de la serpiente llevaría a la muerte al Libertador. El Libertador tendría que experimentar la muerte para salvarnos de la muerte. “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18). La desobediencia y el pecado de Adán y Eva serían vencidos por un solo acto de justicia, la cruz de Cristo, para que Dios pudiera conceder su gracia para nuestra salvación.

Dios plantó una cruz en el paraíso para disipar las sombras lanza- das por el pecado. Por la fe en el Redentor que vendría, las personas podrían ser salvas del pecado y la muerte eterna. El gran error del pasado sería reparado mediante el sacrificio y la preciosa sangre del Hijo de Dios. Como un pastor que ama a sus ovejas, Dios se comprometió a descender al desfiladero resbaladizo de este mundo para salvar a la oveja perdida. Él se alegra de salvar a los perdidos. Nos ama, independientemente de lo que hayamos hecho, de nuestro pasado, de los errores que cometimos en la vida. No importa cuán sucios estemos, él nos abraza y promete hacer lo imposible para salvarnos si realmente clamamos por su ayuda.

Llamado

Jesús está ahora extendiéndole su mano. Aunque usted haya caído, aunque no haya resistido las tentaciones y se encuentre hoy sucio, inmundo por el pecado, “Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Él no mira la suciedad de sus malos actos. Él lo mira y le ofrece una nueva oportunidad. Hoy lo está llamando a recomenzar. ¡Entréguele su vida hoy!

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