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Restauración para el sediento - Jesús Restaurador de la vida

Es maravilloso estar con ustedes un día más. Hoy será nuestro último encuentro de la semana. Ayer aprendimos que necesitamos preocuparnos mucho más con la restauración eterna que con la terrenal, que es pasajera. Debemos pensar y trabajar con ahínco por nuestra salvación, por nuestra vida eterna, por el pan que no se descompone y por el agua que nunca se contamina. Y es exactamente lo que tenemos en Jesús, el Pan y el Agua de vida, el Restaurador.

Tomen su Biblia y oremos por luz y comprensión del Espíritu Santo. Leamos Juan 7:37 y 38:

“En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva’”

Introducción

Este texto fue escrito un día después de un reportaje sobre la falta crónica de agua, en la región nordeste de Brasil: “Animales agonizando, esqueletos esparcidos en los pastos resecos, lechos de ríos secos, represas vacías, personas teniendo que pagar caro por el “líquido precioso”. En el ámbito mundial, las previsiones sobre disponibilidad de agua en el futuro no son animadoras. De acuerdo con la ONU, la Organización de las Naciones Unidas, la escasez de agua ya afecta a cerca de mil millones de personas. Desperdicio y alteraciones climáticas resultantes de las agresiones humanas a la naturaleza agravan el problema.

1. FUENTE INAGOTABLE

Pero hay una fuente inagotable que trasciende los límites materiales. Jesús se identificó como la fuente de agua viva. La declaración fue hecha durante la fiesta de las Cabañas, evento en el cual se realizaba el rito de libación de agua. En ese rito, un sacerdote al frente de una procesión se dirigía al estanque de Siloé, donde se llenaba un cántaro de oro. El cortejo se realizaba al sonido del canto de Hallel (Salmos 113-118). La ceremonia se repetía durante siete días y recordaba la provisión de agua que brotó de la roca herida por Moisés para saciar la sed de los israelitas en el desierto. Pasados siete días, donde todo era repetitivo, el pueblo se sentía cansado. El corazón sediento deseaba algo más que las ceremonias atractivas. Entonces, Jesús, quien conoce los anhelos más profundos del alma, se presentó como el agua que satisface la sed espiritual, así como se la había ofrecido a la mujer samaritana (Juan 4:13, 14).

2. AGUA PARA EL ALMA

Lo que es el agua para la vida física lo es Cristo para la vida espiritual. Por medio de la actuación del Espíritu Santo (v. 39), él produce limpieza, saciedad, refrigerio y crecimiento espirituales. Si buscamos satisfacción para nuestra sed espiritual, es a él a quien debemos ir. Solamente Jesús nos podrá satisfacer, proporcionando alivio a la mente cansada, descanso al corazón fatigado y esperanza para la vida sin perspectivas. No necesitamos beber de las cisternas contaminadas que ofrece el mundo. Mucho menos necesitamos beber del agua ofrecida en forma de ritos, exigencias y prácticas legalistas. Debemos ir hoy mismo a la fuente que jamás se agota y satisfacer nuestra sed. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37). “El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). Cada día estudiamos un tema entre los capítulos 1 al 7 del evangelio de Juan.

Hoy, el último día, estamos estudiando el tema “Restauración para el sediento”, que está en el capítulo 7 de Juan. Pero antes, leeremos dos textos. 
Jeremías 2:13: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. 
Jeremías 2:2: “Anda y clama a los oídos de Jerusalén, diciendo: ‘Así dice Jehová: Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada’”. 

Todo comienzo es maravilloso. El comienzo de una iglesia, una nueva vida después del bautismo, el comienzo del matrimonio, etc. Dios dijo: ‘Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí en el desierto, en tierra no sembrada’”. 
En el pasado, el pueblo se apartó de Dios porque los sacerdotes, pastores y profetas no conocían más a Dios. Veamos algunos versículos:
Jeremías 2:8: “Los sacerdotes no dijeron: ‘¿Dónde está Jehová?’, y los que tenían la ley no me conocieron; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal, y anduvieron tras lo que no aprovecha”.
Jeremías 2:13: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”. 
¿Quién cambiaría una fuente de agua viva por cisternas rotas? Por desgracia, el pueblo lo hizo.

En Juan 7:37, 38 leemos: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva’”.

3. AGUA PARA EL SEDIENTO

“Una vez al año, durante la fiesta de las cabañas, recordaban los hijos de Israel cuando sus padres moraron en tiendas en el desierto, mientras viajaban de Egipto a la tierra de Canaán. Los servicios del último día de la fiesta eran de una solemnidad peculiar; pero el mayor interés se centralizaba en la ceremonia que conmemoraba cuando surgió agua de la roca. Había gran regocijo cuando en un vaso de oro, las aguas de Siloé eran traídas al templo por los sacerdotes, y después de haber sido mezcladas con vino eran rociadas sobre el sacrificio en el altar... En esa ocasión, por encima de toda la confusión de la multitud y los sonidos de regocijo, se oyó una voz: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba’. Quedó en suspenso la atención de todos. Externamente todo era gozo; pero los ojos de Jesús, contemplando el trono con la más tierna compasión, vieron el alma reseca y sedienta por el agua de vida...” (A fin de conocerle, 105).

“La benévola invitación: ‘Venga a mí y beba’, llega hasta nuestro tiempo a través de todos los siglos. Y podemos estar en una posición similar a la de los judíos de los días de Jesús; regocijándonos porque se nos ha abierto la fuente de la verdad, al paso que no se nos permite refrescar nuestras almas sedientas con sus aguas vivas. Debemos beber...” (Ibíd.)

“Así como los hijos de Israel celebraban la liberación que Dios efectuó para sus padres, y la forma milagrosa en que los preservó durante su viaje de Egipto a la tierra prometida, así el pueblo de Dios debiera en la actualidad recordar con gratitud las diversas formas en que él los ha sacado del mundo, de las tinieblas del error, a la preciosa luz de la verdad... Con gratitud, debiéramos considerar las sendas antiguas y refrigerar nuestra alma con el recuerdo de la bondad amante de nuestro generoso Benefactor” (Ibíd, 106).

4. ABRAM O DEPÓSITO

“En la Palabra de Dios hay ricas minas de verdad que, si las exploráramos toda nuestra vida, encontraríamos que tan solo hemos comenzado a ver sus preciosos tesoros... Se necesitará de toda la eternidad para comprender las riquezas de la gloria de Dios y de Jesucristo...” (A fin de conocerle, p. 9). 
“Cristo ha dicho: ‘Si alguno tiene sed, venga a mí y beba’. (Juan 7:37). ¿Habéis extinguido ya la fuente? No, porque es inextinguible. Podéis beber tan pronto como sintáis necesidad, y beber de nuevo. La fuente siempre está llena. Y una vez que hayáis bebido de esa fuente, no procuraréis apagar vuestra sed en las cisternas rotas de este mundo... No, porque habéis bebido de la corriente que alegra la ciudad de Dios. Entonces vuestro gozo será pleno, pues Cristo será en vosotros la esperanza de gloria” (Ibíd.). 
“Jehová Emanuel, ‘en el cual están escondidos todos los tesoros de sabiduría y conocimiento’ y en el cual ‘habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’, conocerle, poseerle, mientras el corazón se abre más y más para recibir sus atributos, saber lo que es su amor y su poder, poseer las riquezas inescrutables de Cristo, comprender mejor “cuál sea la anchura y la longitud y la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda plenitud de Dios, esta es la herencia de los siervos del Señor, esta es la justicia que deben esperar de mí, dice el Señor” (Ibíd.)

5. FE: LA LLAVE QUE ABRE LOS TESOROS ILIMITADOS DEL CIELO

“No hay necesidad de que pasemos hambre ni sed, al paso que el depósito del cielo está abierto para nosotros y la llave nos es entregada. ¿Cuál es la llave? La fe, que es el don de Dios. Abrid el depósito, tomad de sus ricos tesoros” (Ibíd., 10)

Oremos con la simplicidad y la fe de un niño: “el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14). 
“Si no obstante estas promesas que se nos hacen, preferimos permanecer marchitos y agotados por falta de agua viva, la culpa será nuestra solamente. Si fuéramos a Cristo con la sencillez de un niño que se dirige a sus padres terrenales, para pedirle las cosas que nos ha prometido, creyendo que las recibiremos, las obtendríamos” (9TI, 144).

El Titanic, “el indestructible”, se hundió en su viaje inaugural en la noche del 14 de abril de 1912, cuando impactó con un iceberg en el Atlántico Norte. Partió de Southampton, Inglaterra, tocó los puertos de Francia y de Irlanda y tenía como destino Nueva York. Cerca de 1.512 personas murieron en el naufragio. Poco más de 700 pasajeros y tripulantes sobrevivieron. El predicador escocés John Harper y su hija Nana de seis años estaban a bordo. Cuatro años antes, la esposa de Harper había fallecido. El motivo de su viaje en el Titanic era predicar en la Iglesia Moody en Chicago. Cuando el Titanic impactó el iceberg, Harper, puso a la niña en uno de los botes salvavidas, y la dejó al cuidado de un primo mayor, salvó la vida de Nara, quien murió a los 80 años. El predicador podría haberse ido con su hija, pero optó por quedarse en el barco y darles a otras personas la oportunidad de conocer a Cristo. Cuatro años después, durante una reunión, un sobreviviente contó que en medio del agua helada se había agarrado a un pedazo de madera, cuando Harper nadó en dirección a él y le dijo: “Crea en el Señor Jesucristo y será salvo”. El hombre rechazó el ofrecimiento. Pero, al oír nuevamente: “Crea en el Señor Jesucristo”, sabiendo que estaba a la deriva y con mucha agua debajo de sus pies, aceptó creer en Jesús. Momentos después, el sobreviviente vio que Harper sucumbía por el frío y se hundía. Luego, dijo a los presentes: “Soy el último convertido por John Harper”.

Es significativo pensar en alguien que se hunde en las aguas heladas para salvar a uno más. Y más significativo es pensar en aquel que vino a zambullirse en estas aguas frías del pecado para salvarnos a todos. El tiempo de gracia y oportunidades se está terminando, muy pronto se cantará el último himno y se predicará el último sermón y una última persona tomará una decisión para la eternidad. 
¿Alguno aquí tiene sed? ¿Cuál es su sed? 
Como vimos, la fuente de Agua Viva todavía está brotando y es inagotable. La invitación resuena hasta hoy: “El que tiene sed, venga a mí y beba”. 
Dios puede hacer brotar agua y lo que sea necesario si tenemos fe como la de un niño. Lo invito, una vez más, a entregarle su vida a Jesús y permitir que él lo restaure completamente. Los que desean hacerlo, pónganse en pie para orar. Si usted quiere ser restaurado, reconstruido, acepte pasar por las aguas bautismales. Acepte a Jesús, acepte estudiar su Palabra, prepárese para el bautismo y ser incorporado a la familia de Dios. (Pida que entreguen la tarjeta de llamado).

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