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La Liberación - Encuentros Decisivos

Lucas 13:10-17

ES SÁBADO TEMPRANO, LOS FIELES SE DAN PRISA PARA LLEGAR A LA SINAGOGA. ENTRE ELLOS UNA MUJER AVANZA ENCORVADA, MIRANDO AL SUELO. DICEN QUE TIENE «ESPÍRITU DE ENFERMEDAD».

Hace dieciocho años que camina con la espalda doblada. ¿Cual es la causa? ¿Un accidente en su infancia, una enfermedad reumática, o un espíritu maligno? No se sabe, pero su espalda está como rota
y la mujer anda contrahecha. Se dice que va como aplastada por la pata de un demonio. La gente se aparta sin mirarla, no sea que les alcance el hechizo que la tortura.
Ella sabe que no desean verla en la sinagoga. Se lo han dicho muchas veces. Además, las mujeres no están obligadas a asistir ni a la sinagoga ni al templo. Las que están malditas, menos. Lo sabe, pero cada sábado acude a la sinagoga, a la oración y al estudio, al abrigo del mundo por un momento.
Asiste porque le hace bien escuchar las Escrituras, porque necesita sentirse cerca de Dios, aun soportando dolores y miradas furiosas. Se oculta en un rincón, sola consigo misma, ignorada por todos.
Hace años que perdió su condición de mujer respetable, que es soslayada por su entorno, que vive recluida en su pequeño mundo, como si fuera invisible. Dice un viejo refrán: «Si quieres hacerte invisible hazte mendigo», y así es, en la calle o en la sinagoga, pasan «sin verla». A todos los efectos, no es nadie.
En toda sinagoga hay una separación entre la zona para los hombres, y el reducido espacio para las mujeres, donde se refugia ella. Allí se recluyen, alguna vez, madres con sus niños, sin distraer a los hombres.
Ver a una mujer en la sinagoga es muy raro. Pero sola o con otras, allí está. Ella no cuenta para el minyan requerido para iniciar el servicio, allí no hay nadie, porque ella no es nadie. Desde su rincón sigue, como puede, los servicios, se levanta para unirse a los cantos y las oraciones. Le duele la oración que dice: «Te alabo, Señor, creador del cielo y de la tierra, por haberme hecho judío y no gentil, inteligente y no imbécil, hombre y no mujer». Ella prefiere decir: «Te alabo, Señor, por haberme hecho como tú has querido…». Y se pregunta si es Dios quien ha deformado su espalda, si es el diablo, o si es ella la culpable. 
En las sinagogas, desde antiguo, los lugares de oración están orientados hacia Jerusalén. Todos tienen a la vista, por encima de la bimá, y contra el muro que mira hacia el templo, el arón hakódesh o arca
santa en la que se guardan los Sifrei Torá o rollos de la ley. Frente a él está el púlpito, en el que el predicador apoya, con sumo cuidado, el pesado rollo de las Escrituras sagradas para proceder a su lectura y al comentario correspondiente.
La mujer sigue las palabras del nuevo maestro. El jefe de la sinagoga ha invitado a Jesús a leer y a explicar el texto del día y ha aceptado, como siempre. Sobre el estrado con su tallit o chal de oración en la cabeza, desenrolla con sumo cuidado los sagrados pergaminos. Sus palabras aportan luz nueva a la vieja revelación divina. Y se afirma que un día, sobre los pasajes proféticos que anuncian el Mesías (Lucas 4: 16-21) llegó a decir:
—Hoy se ha cumplido entre vosotros este pasaje que acabáis de oír.
La mujer escucha, fascinada, al nuevo rabí, tan diferente de los escribas.
Jesús siempre consuela a los pobres, los enfermos, los tullidos, las personas en situación de dependencia, los extranjeros rechazados, los niños desatendidos y las mujeres despreciadas. Declara que Dios desea vernos felices, pero los hombres han llenado de desgracia la tierra, especialmente para los «nadies», como ella. De pronto la mujer se da cuenta de que Jesús la está mirando. Se estremece al sentir que no pasa desapercibida a su mirada de amor. Aunque nadie quiera verla, él la ve. Su mirada es compasiva como si leyera en su rostro los gemidos de su corazón.
Jesús mira a esta mujer doblegada, que viene a la sinagoga contrahecha. ¿Qué la hace venir? Huye de una sociedad inhumana y busca a un Dios compasivo. Y cuando alguien busca a Dios, Jesús sale a su encuentro. El maestro lee en los rostros que hay doblegados por el dolor, remordimientos. Ve algunos que están vencidos, «torcidos»; todo les sale mal. Abrumados, faltos de ánimo; cada uno con su joroba, sin poder levantar cabeza. El maestro hace entonces algo insólito.
Interrumpe el culto, mira a la mujer doblegada y la llama. Jesús le pide que venga al estrado; porque para él ¡es alguien, no «nadie»! Le pide un acto de valor, que sea ella misma, sin importarle la gente. La mujer tiembla, pero atraída como por un imán se incorpora y se dirige hacia donde él quiere que esté, preguntándose el porqué.
—¿Por qué me hace atravesar el espacio de los hombres y subir al estrado, para que todos me vean? Podría curarme a distancia.
Mientras se acerca, Jesús le dice:
—Quedas libre de tu mal.
La mujer sufre un «mal» más grave que una mera dolencia. Es la única vez que Jesús habla de «libertad» en una curación. Él desea verla libre, no doblegada y marginada (y no solo sana). La quiere libre de discriminación y complejos. Jesús sabe que quien no es dueño de sí mismo nunca podrá ser libre. Y le dice:
—Delante de mí, y ante Dios, eres libre.

Recuperada la dignidad permanece en el estrado y Jesús, en medio de un silencio expectante, le impone las manos, como en una ceremonia de consagración. Hay un murmullo de malestar en la sala de quienes piensan que solo algunos varones especialmente meritorios son dignos del privilegio. Pero Jesús impone sin dudarlo las manos a esta mujer porque sabe que todos los seres humanos precisamos la bendición divina y que todos necesitamos más amor del que merecemos. Todos los seres humanos somos igualmente indignos de su abrazo de amor y estamos igualmente necesitados de su gracia.1
Bajo las manos del maestro esa espalda que no ha sido tocada en años, por miedo al contagio, o la maldición, recibe el toque del maestro, que la endereza, levantándola a la vez ante su propia autoestima, con la intención de levantarla también ante la estima de la comunidad. Y ella, allí mismo, ante la congregación, se pone a glorificar a Dios. Por eso, en vez de sanarla en cualquier otro día y lugar, Jesús lo hace en la sinagoga, en sábado y durante el culto.
Muchos de los presentes, deslumbrados por el prodigio divino, irrumpen en aplausos y gritos de júbilo. Pero no a todos les gusta lo ocurrido. El jefe de la sinagoga, que es un laico no un sacerdote, que dirige el culto y que ha invitado a Jesús a predicar, ahora se arrepiente. Enojado por lo que acaba de hacer, no se atreve a dirigirse a él, lo hace a los presentes y los reprende:
—La semana tiene seis días para trabajar. En estos sed sanados y no en sábado. Buscad la curación fuera de este lugar y en otro día. A la sinagoga se viene a escuchar y callar.
Este judío cree que el sábado no es día para disfrutar de liberación, sino para hacer lo de siempre. El sábado es el día de sufrir por Dios, no de gozar por el bien de sus hijos. Para él, Jesús hace en sábado y
en la sinagoga lo que no debería: sanar a una mujer a quien, según él, Dios tiene «castigada», hace subir al estrado a quien no debe, e impone las manos a quien no es digno.

A Jesús le indigna este hombre y los beatos sectarios, los religiosos que practican el exhibicionismo espiritual y no permiten que se invoquen nociones como: «perdón de pecadores», «justicia para todos», «igualdad de derechos», «liberación de prejuicios», «respeto de diferencias» o «aceptación de vocaciones personales».
Jesús replica:
—¡Hipócrita: cada uno de vosotros ¿no desata en sábado a su buey o a su asno, y lo lleva a beber? Y esta hija de Abraham, atada durante dieciocho años ¿no se la puede desatar en sábado?
El maestro tiene un concepto muy elevado del sábado y de la mujer, de lo que es correcto en ese día y de lo que Dios desea para hombres y mujeres. El sábado es el anticipo del mundo redimido, del que Dios desea recuperar. Para Jesús el sábado es el día de liberación por excelencia.
El maestro respeta profundamente la dignidad de cada ser humano y quiere para todos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, una vida liberada, erguida y a su servicio. Por eso Jesús llama a sus discípulos y seguidores a ser brazos que sostengan y manos que bendigan.
Todos los hijos de Abraham están invitados a liberarse de cuanto los inclina hacia el polvo y les impide ver el cielo; a que Jesús les imponga sus manos para que los transforme; a permitir que los desate de sus ligaduras (prejuicios, egoísmos, dependencias, soberbias) y les abra las puertas a una nueva vida.
A todos los que, como esa mujer, buscan ayuda divina, él los quiere erguidos, de pie, con la cara bien alta, al servicio de Dios y de su prójimo. Y prosigue su tarea de transformar vidas, de resolver problemas, de enderezar lo torcido: conflictos conyugales, personales, crisis espirituales… Entonces y ahora, el divino maestro nos dice: «Venid a mí, todos los que estéis doblegados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11: 28). La voluntad divina es la reivindicación de la dignidad de todos los seres humanos. Quien nos creó a su imagen y semejanza ve violentada su voluntad cuando se margina a alguien por género, raza, condición social…
Jesús espera que haya buena relación entre sus seguidores, que seamos una comunidad de amor compuesta por personas diversas por mil motivos que son capaces de ofrecer al mundo un modelo de fraternidad que supere cualquier diferencia. Esa tendría que ser su seña de identidad (Juan 13: 35).
Los nadies allí presentes salen de la sinagoga tras una comunión real con Dios, sabiendo que el amor divino es capaz de transformarlos allí mismo, como a aquella mujer que, habiendo entrado encorvada, ahora avanza, entre los hombres, radiante, digna, esbelta y airosa hacia su nueva vida.
—¡Qué mujer!
Murmuran algunos.
Ha dejado de ser un nadie. Y desde su nueva posición erguida hasta se siente más cerca del cielo.

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