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Dios Sanador - Dios de Maravillas

Introducción
Se cuenta de un monasterio en lo alto de un precipicio al que solo se podía subir mediante un cesto y una cuerda. 
Cuando un visitante se disponía a subir se dio cuenta de que la cuerda estaba muy gastada en varias partes y preguntó:
-¿Cuán a menudo cambian ustedes la cuerda?
El monje respondió:
-Cada vez que se rompe.

Quizá muchos de nosotros estamos en esa condición, invertimos en 
nuestra salud hasta que la perdemos. 
Vivimos en una sociedad “enferma”, pero hay esperanza, podemos vivir sanos y recibir milagros en nuestra vida si tan sólo cooperamos con el cielo. 
La siguiente historia registrada en San Juan 5 nos ayudará a entender este concepto.

I. La condición del enfermo (1-4)
El nombre del lugar ha sido debatido, sin embargo, los eruditos se inclinan por Betesda (“casa de misericordia”), que puede haber sido la elección de Juan por su significado simbólico: Jesús muestra misericordia a un hombre que la buscaba en la “casa de la misericordia”. 
El estanque de Betesda ha sido desenterrado recientemente por los 
arqueólogos. Está muy cerca del complejo del templo, hacia el norte. Tenía la forma de un rectángulo irregular o trapecio de 50 a 66 metros de ancho por 95 metros de longitud, labrado completamente en la roca (Talbert, Reading John, 121). 

La piscina estaba rodeada por columnas y dividida en dos por una hilera central de columnas,  confirmando el registro bíblico de que la piscina tenía cinco pórticos 
(vers. 2). El estanque era alimentado por una corriente subterránea intermitente, lo que podría explicar el movimiento de las aguas de vez en cuando. Probablemente, atraía a una gran variedad de personas, todas con la esperanza de ser sanadas de sus dolencias. 
En estos cinco pórticos yacía una multitud de inválidos de toda clase, particularmente ciegos, cojos y paralíticos; es decir marchitos o paralizados (ξηρός= xeros, literalmente secos; de ahí, encogidos por la enfermedad). Parece que el enfermo a quien Jesús curó era uno 
de estos secos. Es digno de tenerse en cuenta que en el estanque no habían sólo tullidos y paralíticos esperando la curación, sino también 
ciegos. 
La persona enferma literalmente se va deteriorando, el mundo entero se está secando en vida. Por eso dice el sabio Salomón: “El corazón 
alegre mejora la salud; el espíritu abatido seca los huesos”. BJ Proverbios 17:22 
“Algunos pernoctaban en esos pórticos, arrastrándose a la orilla del estanque día tras día, con una vana esperanza de alivio”. DTG, 171.
El versículo 4 no debe entenderse como una creencia del autor ni como la enseñanza del Espíritu Santo, sino más bien como la superstición popular de aquel tiempo. 
Elena de White señala que: “se creía 
que ello se debía a un poder sobrenatural”. DTG, 171. 
Hay que hacer notar, no obstante, que el milagro que aquí tiene lugar cuando este hombre enfermo recobra la salud, no se atribuye a ninguna virtud medicinal del estanque, ni a la actividad angélica, sino al poder y al amor de Jesús. De hecho, cuando Jesús cura a este hombre no hace ningún uso del estanque (compárese con 9:7). 
Nuestra atención se debe centrar en este milagro; no en la cuestión de si en este estanque se producían o no milagros constantemente. Sólo Dios 
puede sanar.

II. La esperanza del enfermo (5-9) 
El hombre había sido inválido durante 38 años, casi una vida entera en aquellos días (vers. 5). 
Aquel gran centro de curación no había sido de ayuda para él. Había sido abandonado por completo (vers. 7). 
El sistema no tenía nada más para ofrecerle; sin embargo, se aferraba a 
él por falta de otras opciones. De hecho, Jesús parece haberlo seleccionado específicamente porque era el caso más digno de compasión. 
Este relato es una parábola actuada que ilustra la verdad expresada en el versículo 21; a saber, que Jesús puede dar vida a quien desee; no hay límites para su poder dador de vida. También en la actualidad nuestra única esperanza ante la enfermedad sigue siendo Jesús. 
Cuando los médicos nos han desahuciado, la última palabra la tiene el Señor, nuestro Sanador. En Dios encontraremos descanso y esperanza para el futuro. Nuestro amoroso Padre celestial nos ha dado una hoja de ruta e instrucciones para obtener salud y bienestar, ahora y más allá, ¡y hasta la eternidad! Nacimos para algo mucho más que solamente luchar por algunas décadas y luego morir. Dios tuvo la intención de que viviéramos la vida abundante hoy, mañana y para 
siempre.
Sabiendo, pues, que este hombre había estado en esa condición durante mucho tiempo, Jesús le dijo: ¿Quieres ser sano? 
¿Significa esta pregunta que el alma de aquel hombre había ya caído en tal estado que había perdido hasta el deseo de curarse? 
Sea este el caso o no, con toda probabilidad estas palabras fueron pronunciadas para llevarlo a un pleno conocimiento de su miseria y de su incapacidad para salir de ella; de forma que, a su vez, esta frase hiciera que la milagrosa recuperación resaltara más por su amplitud. 
La pregunta de Jesús también contiene una promesa de ayuda.
Cuando el enfermo se lamentó, con gran desaliento, de que siempre descendía alguien al estanque antes que él, es muy probable que la luz de afecto y simpatía que brillaba en los ojos del Señor avivara, en cierto modo, su esperanza; y especialmente debido a la pregunta que Jesús le hizo: “¿Quieres ser sano?” 
¿Pensaría, quizá, el inválido que la próxima vez que se agitara el agua este forastero estaría dispuesto a meterlo en el estanque? 
O quizá la pregunta invitaba al enfermo a una seria reflexión, como a nosotros hoy, entonces Jesús nos diría hoy: ¿Qué estás dispuesto a hacer para ser sanado? ¿Harías lo que sea necesario para ser sano?

Muchos queremos ser sanos de nuestras enfermedades, pero no queremos renunciar a eso que nos ha llevado a tal estado. Se le atribuye a Hipócrates (el padre de la medicina), la siguiente frase: “Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron. Solo entonces es posible ayudarlo”.
Qué sorpresa recibió cuando de repente el Médico Celestial le dirigió aquellas inolvidables palabras, Jesús le dijo: Levántate, toma tu camilla, y anda. ¡Qué desafío para un hombre que acababa de confesar su completa incapacidad! 
La camilla a la que Jesús se refiere (κράβαττος cf. el latín grabatus) era algo semejante a una cama de campaña, estera, saco, o colchón, etc. Jesús le dijo a este hombre que recogiera aquello y comenzara a andar.

III. La reconciliación del enfermo (10-15)
Le preguntaron: ¿Quién es el hombre (es decir, el tipo, en tono de mofa) que te dijo: Toma tu camilla y anda? No le preguntan: “¿Quién te curó?” 
La preocupación gloriosa de este hombre no les interesaba en absoluto. Lo único que les interesaba eran los mínimos reglamentos humanos, que no eran parte de la ley dada a Moisés.
Después de estas cosas Jesús le halló en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no continues pecando, o algo peor te puede suceder. Le 
halló Jesús en el templo; probablemente en el atrio de los gentiles. El texto no permite decidir si este encuentro tuvo lugar el mismo día, el día siguiente o más tarde. Tampoco hay nada en el texto o en el contexto que indique con qué propósito había ido el hombre sanado al templo. Había muchas razones—unas estrictamente religiosas, y otras no tanto—por las que los judíos, en grandes números, entraban en la casa de Dios y permanecían allí un rato. Por eso, en esta ocasión, probablemente, se debiera a que fuera a llevar una ofrenda de acción de gracias a Dios 
por su restablecimiento.
Por otra parte, se puede comprender muy claramente por qué razón Jesús continuó obrando con este hombre. En todo el relato de su curación (5:1–13) no se dice nada sobre algún cambio de su condición espiritual. El cuerpo le había sido sanado. Por lo tanto no es de extrañar que el Médico le restablezca ahora el alma. 
Jesús, pues, se dirige a él con estas palabras: “Mira, has sido sanado; no continues pecando o algo peor te puede suceder”. Puesto que el verbo (μηκέτι ¬μάρτανε-meketi martane) se halla en presente, lo traducimos por “no continues pecando”, el significado es más bien referente a la situación presente de este hombre y no a lo que pudiera haber sucedido treinta y ocho años antes. En aquel momento estaba sin reconciliarse con Dios. Jesús sabía esto. Por ello le advierte que no continue en esta condición pues de otra forma le aguardaba algo peor que la enfermedad física de la que acaba de ser librado. 
Hablando de esto, la sierva del Señor señala: “Cristo es el mismo médico compasivo que cuando desempeñaba su ministerio terrenal. En él hay bálsamo curativo para toda enfermedad, poder restaurador 
para toda dolencia”. MC, 171.
“Muchas personas se acarrean la enfermedad por sus excesos. No han vivido conforme a la ley natural o a los principios de estricta pureza. Otros han despreciado las leyes de 
la salud en su modo de comer y beber, de vestir o de trabajar. Muchas veces uno u otro vicio ha causado debilidad de la mente o del cuerpo. 
Si las tales personas consiguieran la bendición de la salud, muchas de ellas reanudarían su vida de descuido y transgresión de las leyes 
naturales y espirituales de Dios, arguyendo que si Dios las sana en 
respuesta a la oración, pueden con toda libertad seguir sus prácticas malsanas y entregarse sin freno a sus apetitos. Si Dios hiciera un milagro devolviendo la salud a estas personas, daría alas al pecado”. 
MC, 173. 
En otra ocasión ella dijo algo similar: “Dios no obrará un milagro para preservar de la enfermedad a aquellos que no se cuidan a sí mismos, sino que están continuamente violando las leyes de la salud, y que no hacen ningún esfuerzo para prevenir la enfermedad. Cuando hacemos todo lo que está de nuestra parte para tener salud, entonces podemos esperar que sigan benditos resultados, y podemos pedir a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos para la preservación de la salud. Él entonces contestará nuestra oración, si su nombre puede 
ser glorificado por ello. Pero entiendan todos que tienen una obra 
que hacer. Dios no obrará de una manera milagrosa para preservar la salud de personas que están siguiendo una conducta que los lleva con seguridad a la enfermedad, por su descuido y falta de atención de 
las leyes de la salud”. CRA, 29.
Si queremos ser sanados necesitamos cambiar nuestros hábitos por completo. Por eso la importancia de la pregunta que Jesús hiciera, 
¿Quieres ser sanado? 
¿Estás dispuesto a pagar el precio de cambiar los hábitos que están perjudicando tu salud? 
De lo contrario la recaída será peor. Hace poco un miembro de nuestra iglesia fue diagnosticado con cáncer en el estómago. De más está decir que todo este proceso fue largo y muy doloroso, tanto para él como para su familia. 
Pero gracias a Dios que después del tratamiento médico con las quimioterapias, se obró el milagro, el cáncer fue extirpado en su totalidad. Esta experiencia lo llevó a una profunda reflexión de su vida; tanto física como espiritual. 
Durante el proceso, hizo un pacto con Dios, pasara lo que pasara, estaba dispuesto a ser fiel a Dios 
durante toda su vida, y cambiar por completo su régimen alimenticio. Pero este pacto no fue una decisión arrebatada o producto de la emoción, realmente lo ha cumplido y su recuperación ha sido plena y total. Él está consciente que esa es su parte y la debe cumplir.

Conclusión
A través de esta historia hemos descubierto cómo el pecado ha deteriorado nuestra salud física y espiritual al grado de secarnos. Sin embargo, tenemos esperanza en Jesús, el cual está dispuesto a sanarnos como entonces, sólo requiere que estemos dispuestos a someternos a sus principios de salud establecidos desde el Génesis. ¿Cuántos esta noche quieren agradecer por la salud recibida a lo largo de este año? 
¿Has recibido sanidad y quieres expresar tu agradecimiento? 
¿Estás pasando por alguna enfermedad y necesitas la ayuda del Médico Divino? 
Pasa al frente y juntos
agradezcamos y pidamos a Dios en oración que nos asista y nos abra el entendimiento.

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