«A fin de conocer a Cristo, y la virtud de su resurrección, y participar de sus padecimientos, hasta llegar a ser semejante a él en su muerte, para llegar de algún modo a la resurrección de los muertos» (Filipenses. 3:10, 11).
Hay algo en nosotros que nos hace desconfiar de la salvación solo por la fe sin las obras de la Ley. Es decir, por alguna razón, todos tendemos a apoyarnos en nuestras obras como si estas fueran parte de la fórmula para nuestra salvación. Pablo aborda este punto en una vigorosa polémica contra quienes insistían en que la circuncisión era necesaria para la salvación.
Para evitar que algunos pensaran que sus obras, como la circuncisión, contribuían a su salvación, Pablo deja claro que la justicia procede de Cristo como un don que es aceptado por la fe y que no es fruto de la obediencia a la Ley. Aunque la circuncisión puede no ser un problema hoy en ese sentido, el principio que estaba detrás de la insistencia en ella como requisito para la salvación sí lo es.
La propia Reforma protestante comenzó con este mismo tema: el papel de la fe y las obras en la experiencia de un seguidor de Cristo. En definitiva, Cristo lo es todo para nosotros, «el autor y perfeccionador de la fe» (Hebreos 12:2). Cuando nuestras prioridades están en el lugar correcto, podemos vivir con la certeza del amor de Dios y disfrutar en el presente de la promesa de la salvación, sin poner «nuestra confianza en la carne» (Filipenses 3:3).
I. REGOCIJÁNDONOS EN EL SEÑOR
"Por lo demás, hermanos, gozaos en el Señor. A mí no me es molesto el escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro. Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo. Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne". Filipenses 3:1-3.
¿Qué aspectos positivos y negativos menciona Pablo en este pasaje, y cómo se relacionan entre sí? ¿Cómo describe a los creyentes?
Pablo comienza con un tono muy positivo y daría la impresión de que estuviera concluyendo su carta. Pero no ha terminado, sino que retoma uno de los temas principales de la epístola: el gozo en el Señor, y presenta una serie de razones para ello. Lo más importante es que debemos tener confianza en Cristo, no en nosotros mismos: «Nos regocijamos en Cristo Jesús, y no ponemos nuestra confianza en la carne» (Filipenses 3:3). ¿Quién de nosotros no ha aprendido, a veces por experiencia propia y de forma dolorosa, lo peligroso que es confiar en la carne?
La severa advertencia «guárdense» (repetida tres veces) no se encuentra en ningún otro lugar de las Escrituras. Aparentemente, los filipenses sabían muy bien a qué amenaza se refería Pablo. Más que a tres problemas separados, la advertencia parece referirse a un grupo de falsos maestros descritos de tres maneras diferentes.
En Israel, las personas malvadas o irreligiosas a veces eran llamadas «perros» (Filipenses 3:2; comparar con Salmos 22:16; Isaías 56:10; Mateo 7:6; 2 Pedro 2:21, 22). Los falsos maestros también podían ser acertadamente descritos como «malos obreros». Referirse a ellos como «los que mutilan el cuerpo» (Filipenses 3:2) muestra que, al igual que en Galacia y otros lugares, trataban de imponer la circuncisión a los creyentes de origen pagano, contrariamente a lo dictaminado por el concilio apostólico (ver Hechos 15).
Curiosamente, parece que una solución para los desafíos espirituales, incluida la propagación de falsas enseñanzas, es «regocijarse en el Señor» (Filipenses 3:1; comparar con Filipenses 4:4).
Todo aquello por lo que nos alegramos nos produce gozo (las dos palabras griegas que se encuentran detrás de estas ideas están relacionadas). Dios quiere que estemos alegres, y su Palabra es una especie de manual de instrucciones para la verdadera felicidad y la alegría duradera. Entre ellas se incluyen recibir la misericordia de Dios (Salmos 31:7); depositar nuestra confianza en él (Salmos 5:11); recibir las bendiciones de la salvación (Salmos 9:14); adoptar la Ley de Dios como nuestra forma de vida (Salmos 119:14), incluida la observancia del sábado (Isaías 58:13, 14); creer en su Palabra (Salmos 119:162); y educar hijos piadosos (Proverbios 23:24, 25).
La vida puede ser muy difícil para nosotros, por muy bien que nos vayan las cosas en este momento. Pero incluso si ahora no te va bien, ¿en qué cosas puedes y debes regocijarte? ¿Qué te impide hacerlo?
II. LA VIDA PASADA DE PABLO
Es habitual que los cristianos conversos piensen en su experiencia espiritual contrastando la vida que llevaban antes de aceptar a Jesús con la que llevan desde ese momento. Pablo hace eso en Filipenses 3. A veces hablamos de quienes no son cristianos como «buenas personas», y muchos sin duda lo son, al menos según los criterios del mundo. Sin embargo, nadie lo es según los criterios de Dios, ni siquiera los cristianos.
En Filipenses 3:4-6, Pablo enumera algunas cosas de su vida pasada de las que alguna vez se enorgulleció. ¿Cuáles son? ¿Cómo describirías lo «bueno» de tu propia vida (pasada y presente)?
Pablo establece un contraste implícito entre los creyentes de origen judío que difundían falsas doctrinas y los creyentes incircuncisos que confiaban plenamente en Cristo para su salvación y no ponían su confianza en meras obras humanas como la circuncisión (ver Hebreos 6:1; 9: 14; comparar con Romanos 2:25-29). Aunque la vida pasada de Pablo y su linaje habrían sido bastante impresionantes para sus compatriotas judíos, ninguna de estas cosas había contribuido a su salvación. De hecho, la habían obstaculizado porque lo cegaron durante un tiempo acerca de su necesidad de Cristo.
Pablo no solo estaba circuncidado: había sido «circuncidado al octavo día». En otras palabras, era israelita de nacimiento y perteneciente al pueblo del Pacto. Además, pertenecía a la tribu de Benjamín, cuyo territorio incluía algunas de las ciudades más importantes de Israel. Pablo no solo sabía hebreo, sino también, como fariseo y alumno de Gamaliel el Viejo (Hechos 22:3; 26:4, 5), estaba profundamente instruido en la Ley y en cómo debía ser aplicada en cada situación, al menos según la tradición.
Pablo era tan celoso de la Ley que persiguió a la iglesia por considerarla una amenaza para el estilo de vida judío que, según él, prescribía la Ley. Curiosamente, aunque «irreprensible» en términos de esa «justicia» de origen humano, Pablo se dio cuenta de que la Ley era en realidad mucho más profunda y exigente de lo que él podía imaginar, y de que, sin Cristo, estaba condenado ante ella.
Compara Romanos 7:7-12 con Mateo 5:21, 22, 27, 28. ¿Qué punto crucial señalan tanto Jesús como Pablo acerca de la Ley, y por qué es la «fe en Cristo» (Filipenses 3:9), no la Ley, la única fuente de justicia? ¿Cuán bien guardas la Ley, al menos como Jesús dijo que deberíamos hacerlo?
III. LO IMPORTANTE
Como señalaba el estudio de ayer, las cosas que antes enorgullecían a Pablo eran en realidad obstáculos para la fe, porque le impedían percibir su necesidad de Cristo. Pablo utiliza el lenguaje del comercio, de las ganancias y las pérdidas, para describir cómo era su contabilidad espiritual antes de la fe. Aunque no nos gusta pensar mucho en ello, todo ser humano tiene un «libro de contabilidad espiritual». Antes, el libro de contabilidad de Pablo se medía por los valores judíos de la época y no por los valores bíblicos, tal como los enseñó Jesús.
Después de su conversión, su libro de contabilidad espiritual tuvo un aspecto muy diferente porque su escala de valores cambió drásticamente, de la «moneda» del judaísmo a la del Cielo.
«El que descendió del Cielo puede hablar del Cielo, y presentar correctamente las cosas que constituyen la moneda del Cielo, en las que ha estampado su imagen y su inscripción. Él conoce el peligro en que se hallan aquellos a quienes vino a levantar de la degradación y a exaltar a un lugar junto a sí en su trono. Señala el peligro que corren al prodigar su afecto a objetos inútiles y peligrosos. Trata de apartar la mente de lo terrenal hacia lo celestial, para que no desperdiciemos tiempo, talento y oportunidad en cosas que son totalmente vanidad» (Elena G. de White, «Spiritual Weakness Inexcusable», Review and Herald, 1° de julio de 1890, p. 1).
Pablo había sido una estrella en rápido ascenso en el mundo del judaísmo del primer siglo hasta que, al quedar ciego al ver a Jesús glorificado en el camino hacia Damasco (Hechos 9), su vista espiritual fue corregida y vio claramente.
Juan 9 cuenta la historia de otro hombre que era ciego y luego vio a Jesús con claridad. Jesús dijo que había venido al mundo «para que los que no ven, vean; y los que creen que ven sean cegados» (Juan 9:39). ¿Cómo podrías aplicar este principio a tu propia vida?
¿Qué podría ser más valioso que la vida eterna en el cielo y en la nueva tierra?
Sin embargo, los valores del mundo ciegan a muchos frente a esta realidad. Existe una competencia natural entre las cosas que aquí se consideran importantes (ver Mateo 13:22; Lucas 4:5, 6; 1 Juan 2:16) y aquello que el Cielo realmente valora: un carácter semejante a Cristo y las almas salvadas.
El mundo puede cegarnos a las verdades espirituales y a lo realmente importante. ¿Cuál es la clave para mantener nuestros ojos enfocados en lo que realmente importa?
IV. LA FE DE CRISTO
No debemos pasar por alto el punto principal de Pablo. En el camino a Damasco experimentó un maravilloso intercambio, pues cambió su antigua vida basada en la Ley por la presencia de Cristo mismo: «Para ganar a Cristo y ser hallado en él» (Filipenses 3:8, 9).
La expresión «ser hallado en él», es decir, en Cristo, es interesante. Lee Efesios 1:4; 2 Corintios 5:21; Colosenses 2:9; y Gálatas 2:20. A la luz de estos pasajes, ¿cómo entiendes las palabras de Pablo?
La referencia de Pablo al hecho de estar en Cristo ha sido ampliamente debatida. No es sorprendente que quizá la mejor explicación provenga del propio Pablo: «Para que, llegado el tiempo, reuniera en él, bajo una sola cabeza, todo lo que está en el cielo y lo que está en la tierra» (Efe. 1: 10). Ese ha sido el propósito de Dios desde el principio. Y Pablo aclara cómo sucede: «Ustedes están en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención» (1 Cor. 1: 30).
Estar «en Cristo» abarca todo lo que comprende el Plan de Salvación, desde el amanecer de nuestra inteligencia espiritual (sabiduría), pasando por la justificación por la fe (justicia) y la preparación para el cielo (santificación), hasta, finalmente, la glorificación en la Segunda Venida (redención). La salvación es obra de Cristo de principio a fin, por nosotros y en nosotros. En consecuencia, al aceptar a Cristo tenemos todo lo que necesitamos.
Lee Filipenses 3:9. ¿Qué dos cosas contrasta Pablo, y por qué es importante recordar siempre este contraste?
Como Pablo llegó a comprender, la «propia justicia» no es verdadera justicia pues la Ley no puede dar vida (ver Gálatas 3:21, 22). Solo Cristo puede otorgarla por medio de la fe, aunque no cualquier fe. Después de todo, los demonios creen y tiemblan (Santiago 2:19). La única fe salvadora es «la fe en Cristo». Solo su fe ha obedecido y puede obedecer plenamente. Pistis, la palabra griega traducida como fe, también significa fidelidad. Por lo tanto, si estamos en Cristo y él vive en nosotros (Gálatas 2:20), vivimos por su fe y a través de nuestra fe en él.
V. SOLO UNA COSA: CONOCER A CRISTO
Lee Filipenses 3:10–16. ¿Cuáles son algunos de los puntos principales que Pablo destaca en este pasaje?
No hay nada más importante que conocer a Cristo, lo cual es la garantía de que él nos conocerá y nos reconocerá ante el Padre (ver Mat. 7: 21-23; 10: 32, 33). ¿Cómo lo conocemos? A través de su Palabra escrita, leyéndola y poniéndola en práctica. No podemos conocerlo cara a cara como lo hicieron los discípulos. Pero, curiosamente, a pesar de esa cercanía, ellos tampoco comprendían del todo sus palabras, lo que resalta cuánto necesitamos que el Espíritu Santo nos dirija (ver Juan 16: 13). Cuanto más lo conocemos, más nos acercamos a él, pues experimentamos «la virtud de su resurrección» (Fil. 3: 10), que nos eleva a una «nueva vida» (Rom. 6: 4).
Otra forma de acercarnos a Jesús es «participar de sus padecimientos» (Fil. 3: 10). Cada prueba que afrontamos, cada experiencia dolorosa que sobrellevamos, nos ayuda a conocer y apreciar más lo que Jesús sufrió por nosotros, y también a entender con mayor claridad quién es él y cuál es su voluntad.
Una tercera forma de acercarnos es «proseguir a la meta» (Fil. 3: 14); La palabra griega así traducida (skopos) solo se usa aquí en el Nuevo Testamento y designa la línea de llegada en una carrera y el premio que se otorga al vencedor. Pablo lo llama «el premio del soberano llamado celestial en Cristo Jesús» (Fil. 3: 14).
Así como Cristo ascendió al Cielo en virtud de su muerte y su resurrección, Dios nos invita a recibir la misma recompensa celestial: la vida eterna.
Obviamente, todavía no la hemos alcanzado. No seremos perfeccionados en el sentido más pleno hasta que «el cuerpo de nuestra bajeza» sea transformado «para que sea semejante a su cuerpo de gloria» (Fil. 3: 21). Pero, al conocerlo y recibir su presencia en nuestra vida, todos los días, avanzamos hacia la meta de ser como Jesús en todas las formas posibles ahora. Este fue también el centro de la vida de Pablo. Al igual que en una carrera (ver 1 Cor. 9: 24-27), no prestamos atención al lugar que vamos dejando atrás o a quién nos sigue. Nuestro único objetivo es lo que tenemos delante, el premio celestial que nos espera. La imagen aquí es vívida: un corredor totalmente concentrado en la meta, que esfuerza cada músculo y se inclina hacia adelante para alcanzar la meta.
Al caminar con el Señor, ¿por qué es tan importante dejar de mirar atrás, a tus pecados y fracasos del pasado, y mantener la mirada en lo que tienes por delante: las promesas que Cristo te ofrece hoy?
CONCLUSIÓN
«El que desea adquirir un carácter fuerte y armonioso, el que desea ser un cristiano equilibrado, debe dar todo y hacer todo por Cristo; porque el Redentor no aceptará un servicio a medias. Diariamente debe aprender el significado de la entrega propia. Debe estudiar la Palabra de Dios, aprendiendo su significado y obedeciendo sus preceptos. Así puede alcanzar la norma de la excelencia cristiana: día tras día Dios trabaja con él, perfeccionando el carácter que resistirá el tiempo de la prueba final; y día tras día el creyente está efectuando ante hombres y ángeles un experimento sublime, el cual demuestra lo que el evangelio puede hacer en favor de los seres humanos caídos» (Elena G. de White, Los hechos de los apóstoles, p. 358).
«Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: “¡He aquí su Dios!”. Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que debe darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios tienen que manifestar su gloria. En su vida y carácter se revelará lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos.
»La luz del Sol de Justicia debe brillar en buenas obras, en palabras de verdad y hechos de santidad» (Elena G. de White, Palabras de vida del gran Maestro, p. 344).
Preguntas para dialogar:
Reflexiona un poco más sobre esta idea de regocijarte en el Señor. Fíjate que no se trata solo de alegrarte en las pruebas (aunque eso también es bíblico), sino de encontrar gozo en el Señor. ¿Por qué es tan importante mantener siempre presente al Señor, su bondad, su poder, su amor y su salvación? ¿Cómo podría esto transformar tu manera de enfrentar las pruebas inevitables de la vida?
Observa cómo describen las citas anteriores el papel de la gracia en la producción de las «buenas obras» que realizamos como cristianos. ¿Por qué es tan importante esta función de la gracia mientras esperamos la pronta venida de Cristo? Es decir, aunque no somos salvos por las buenas obras, ¿podemos realmente ser salvos si no las tenemos?
Profundiza en la idea de no tener confianza en la carne. ¿Qué significa esto? ¿Por qué no debemos tener confianza en ella? ¿No es la carne un don de Dios?
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