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Aplausos de la Multitud, lágrimas del Rey - Restaurados

Al entrar Jesús en Jerusalén en la última semana de su vida, fue recibido con aplausos. Pero, al contemplar la ciudad, lloró por su fe superficial y su ceguera espiritual. 

Aprenda las valiosas lecciones de esa historia que se aplican a nosotros hoy. 

Introducción 

Hay una leyenda sobre un antiguo pueblo en España donde los habitantes descubrieron que el rey les haría una visita. El rey nunca había visitado aquel pueblito, y los habitantes estaban ansiosos por ese evento. “¡Tenemos que hacer una gran fiesta!”. Toda la gente estaba de acuerdo. Pero, como era un pueblo pobre, no había muchos recursos. Entonces alguien tuvo una idea clásica. Como muchos de los que vivían en el pueblo hacían sus propios vinos, la idea era que todos allí llevaran un vaso grande de su mejor vino a la plaza de la ciudad. Ellos dijeron: “Vamos a derramarlo en un tanque grande y se lo ofreceremos al rey para que lo disfrute. Cuando el rey lo beba, será el mejor vino que haya probado”. Un día antes de la llegada del rey, cientos de personas formaron fila para hacerle su ofrenda al invitado de honor. Subían por una pequeña escalera y derramaban su regalo a través de una pequeña abertura que había arriba. Finalmente, el tanque estaba lleno. El rey llegó y fue escoltado hasta la plaza, le dieron una copa de plata para que la llenara con el vino que representaba lo mejor que tenían los habitantes de esa villa. Entonces, puso la copa debajo de la canilla, la llenó y bebió, ¡pero el mejor vino era nada más que agua! Toda la gente había pensado: “Voy a guardar mi mejor vino y llevaré agua. Con tanto vino en el barril, el rey nunca notará la diferencia”. El problema es que todos pensaron lo mismo. 

El Domingo de Ramos es el día en que el Rey de reyes recibió un gran homenaje, porque las personas le dieron lo mejor de sí en alabanza y adoración. Ese día hubo un desfile, una entrada triunfal. Cuando Jesús se acercó a Jerusalén, la gente salió a las calles y aplaudió su llegada. Agitaron hojas de palmeras, extendían sus mantos en el camino y gritaban: “¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor!”. “Gloria en las alturas y en la tierra paz!”. Pero en medio de los gritos alegres de alabanza y adoración, Jesús miró hacia Jerusalén y lloró. Hoy aprenderemos varias lecciones de este día de aplausos y lágrimas. 

I. LOS APLAUSOS DE LA MULTITUD 

A todos les gustan los desfiles. Ya sea en un día patrio o en el aniversario de la ciudad, hay algo animador en una procesión que exhibe carrozas alegóricas, bandas, soldados, estudiantes, etc. 

Cuando Jesús entró en Jerusalén para morir, también hubo un desfile. Era la época de la Pascua, cuando la población de Jerusalén aumentó de unos 30.000 a casi 200.000. Lucas 19:28–30: “Dicho esto, iba delante subiendo a Jerusalén. Y aconteció que, llegando cerca de Betfagé y de Betania, al monte que se llama de los Olivos, envió dos de sus discípulos, diciendo: Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo”. 

Al entrar en Jerusalén montado en un pollino, Jesús también estaba intencionalmente cumpliendo la escritura que Dios había dado por medio del profeta Zacarías 500 años antes: “Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna” (Zacarías 9:9). 

Jesús entró en Jerusalén como un rey humilde. Cuando un rey conquistador entraba en una ciudad después de un período de guerra, desfilaba montado en un caballo o algo más impresionante. 

La historia nos dice que Julio César volvió a Roma en el año 45 a.C. en un carruaje de oro tirado por 40 elefantes y muchos prisioneros. Cuatro generaciones antes, Judas Macabeo reunió un ejército de hombres judíos para luchar contra los sirios que ocupaban Jerusalén. En 163 a.C. entró en Jerusalén montado en un caballo enorme, mientras el pueblo lo saludaba con hojas de palmera y gritaba: “Hosana, bendito el que viene en el nombre del Señor”. Ellos limpiaron el templo, quemaron incienso, ofrecieron sacrificios y encendieron un enorme candelero que estuvo encendido durante ocho días. Judas se convirtió en héroe y muchos pensaban que él era el Mesías judío. No mucho tiempo después, Judas murió en una batalla y fue sepultado. 

Doscientos años después, cuando Jesús entró en Jerusalén, los judíos estaban siendo dominados por otra potencia mundial, los romanos. Ellos esperaban que Jesús fuera un Mesías militar para liberarlos en la batalla contra los romanos. Pero Jesús intencionalmente montó en un pollino para que supieran que su venida era en paz. 

a. Lección personal: Aunque usted se sienta insignificante, el Maestro puede usarlo. Aprenda la lección del pollino. Jesús envió a sus discípulos a un lugar específico para buscar un asno para montarlo. Era un animal en quien nadie había montado antes. Un asno no es un caballo de pura sangre, es un animal sencillo y feo. 

El caballo tiene un pelaje que brilla al sol, lindos ojos grandes y una crin que se ondula con el viento. Tiene piernas largas y elegantes que marchan durante una caminata. Algunos reyes montan caballos sementales (reservados para la reproducción). Jesús, el Rey de reyes montó un pollino. 

Si hubiera dirigido un auto, no sería un nuevo Lexus o BMW, sino tal vez un Fusca o un Fiat Uno 93.

Usted puede estar pensando: “Dios no me necesita. Yo no soy alguien de ‘pura sangre’ espiritual. Emocional y espiritualmente estoy más para un burro viejo que un caballo elegante”. Pero la Biblia dice: “sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte” (1 Corintios 1:27). 

Lo que hizo de ese pollino algo especial fueron las palabras de los discípulos: “El Señor lo necesita”. Yo soy discípulo de Jesús, y el Maestro me envió hoy a entregarle este mensaje: “El Señor lo necesita”. 

Los siguientes versículos también nos enseñan una lección importante. Vean lo que dice la Biblia en Lucas 19:36-40: “Y a su paso tendían sus mantos por el camino. Cuando llegaban ya cerca de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ‘¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor, paz en el cielo, y gloria en las alturas!’.  Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: ‘Maestro, reprende a tus discípulos’. Él, respondiendo, les dijo: ‘Os digo que, si estos callaran, las piedras clamarían’”. El desfile de Jesús era diferente de los conquistadores famosos de la tierra. 

“Los ciegos a quienes había restaurado la vista abrían la marcha. Los mudos cuya lengua él había desatado voceaban las más sonoras alabanzas. Los cojos a quienes había sanado saltaban de gozo y eran los más activos en arrancar palmas para hacerlas ondear delante del Salvador. Las viudas y los huérfanos ensalzaban el nombre de Jesús por sus misericordiosas obras para con ellos. Los leprosos a quienes había limpiado extendían a su paso sus inmaculados vestidos y le saludaban Rey de gloria. Aquellos a quienes su voz había despertado del sueño de la muerte estaban en la multitud. Lázaro, cuyo cuerpo se había corrompido en el sepulcro, pero que ahora se gozaba en la fuerza de una gloriosa virilidad, guiaba a la bestia en la cual cabalgaba el Salvador” (DTG, 526).  

El versículo 38 nos dice que las personas gritaban y cantaban alabanzas a Jesús en voz alta. Entonces, en el versículo 39, los fariseos le dijeron a Jesús que reprendiera a sus discípulos, en otras palabras, haga que se calmen y se callen. Jesús se rehusó a derramar agua fría en el fuego del entusiasmo que expresaron. En vez de hacerlo, Jesús dijo: “Si estos callaran, las piedras clamarían”. 

Esa escena de júbilo nos recuerda algo que sucedió mil años antes. David era el rey, y el arca del pacto, que representaba la gloria de Dios, estaba siendo llevada a la ciudad. En 2 Samuel 6 se nos dice que hubo una gran alegría, gritos de alabanza y sonido de trompetas. A cada seis pasos, se detenían y ofrecían un sacrificio. David se sintió tan feliz que la Biblia dice que “Y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová” (2 Sam. 6:14). Su esposa Mical (una de las hijas de Saúl), tenía un espíritu farisaico, y ella criticó y dijo que estaba haciendo un papel de tonto. David, sin embargo, le dijo que no dejaría de celebrar delante del Señor, y sería más enérgico en su alabanza. 

b. Lección personal: No permita que nadie lo desaliente de alabar al Señor. ¿Permitió usted que alguien silenciara su alabanza? No permita que las personas lo intimiden o presionen para silenciar su testimonio en el aula de clases, en el trabajo o entre amigos. Alabar al Señor no es solo algo que usted hace en la iglesia, es una actitud constante. De hecho, si usted no alaba al Señor fuera de la iglesia, y después vine aquí y alaba al Señor, es un hipócrita. Una vida de alabanza es una actitud diaria. Entonces, mi amigo, alabe al Señor, aunque los fariseos le digan que se calle. Fue un día de aplausos, pero también fue un día de lágrimas. 

II. LAS LÁGRIMAS DEL REY 

Si continuamos leyendo el capítulo 19, veremos que, en medio de los gritos de alegría y alabanza, sucedió algo inusitado: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ‘¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación’” (Lucas 19:41-44). Cuando el desfile de Jesús se acercó a la ciudad, en medio de gritos de alabanza y hosanas, hubo un sonido de lamento agonizante en un corazón partido. Jesús estaba llorando en su propio desfile. En el funeral de su amigo Lázaro, Jesús lloró. 

La palabra griega usada en ese escenario era dakruo lo que significa un llanto silencioso, una lágrima que corría por su rostro. Pero la palabra que se usó aquí en Lucas 19 es klaio, que significa “un llanto fuerte o un lamento”. Usted casi lo puede escuchar cuando dice la palabra “klaio”. Y ¿por qué lloró Jesús ese día? Aquí están por lo menos dos razones: 

1. Jesús lloró por causa de la creencia superficial En el versículo siguiente (v.45) después de este pasaje, el volcó las mesas de los cambistas deshonestos. Antes de finalizar la semana, los aplausos de la multitud se transformarían en abucheos. ¿Por qué? La gente buscaba un libertador de los romanos que aliviara sus cargas y facilitara sus vidas. Hoy Jesús debe llorar cuando ve el nivel superficial de comportamiento en nuestras vidas. Muchos buscan iglesias solo para beneficiarse con un milagro. No investigan la Biblia en busca de la verdad. Otros van a la iglesia el sábado y cantan “¡Aleluya, te alabamos!”, y después crucifican a Jesús con su deshonestidad, lenguaje y hábitos sucios durante la semana. 

2. Jesús lloró por la ceguera espiritual El corazón de Jesús se partió porque los judíos no pudieron comprender, no lo reconocieron como Mesías. Él dijo: ‘¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos’”. 

Entonces Jesús pronunció una profecía sorprendente que se hizo realidad 40 años después. Al mirar hacia Jerusalén, pudo ver una escena terrible en la que la ciudad santa era cercada y quemada. La previsión de Jesús se cumplió exactamente en el año 70 d.C. cuando el general romano Tito sitió la ciudad. Durante los cuarenta años después de la resurrección y ascensión de Jesús al cielo, los judíos continuaron rebelándose contra Roma hasta que el ejército romano finalmente decidió atacarlos. La destrucción de Jerusalén fue la consecuencia que experimentó Israel al rechazar a Jesús como el Mesías. 

a. Lección personal: ¡Usted nunca conocerá la paz hasta que se entregue a Jesús! Jesús lloró porque los judíos pensaban que la liberación de los romanos les daría paz, pero estaban equivocados. Él dijo: “Si conocieran lo que les daría paz”. Estaba hablando sobre sí mismo, solo Jesús podría darles paz. La paz también es incomprendida hoy. 

Miles de personas hoy marchan por justicia, igualdad y paz y no me entiendan mal, defender esas causas es algo importante para la sociedad. Pero de acuerdo con la Biblia, paz no es la ausencia de guerra o de problemas. Jesús dijo que hasta el fin de los tiempos habría guerras y rumores de guerras. La paz es algo que solo Dios puede dar. 

b. Lección personal: ¡Rechazar a Jesús lleva a un juicio terrible! La destrucción de Jerusalén fue la consecuencia que experimentó Israel al rechazar a Jesús como el Mesías. De la misma forma, si usted pasa toda la vida y nunca reconoce que Jesús es Dios y que él es su única esperanza de salvación, experimentará el mismo tipo de juicio terrible. Pero Dios lo ama y le da muchas oportunidades para vea y reciba a Jesús. ¿Confiará en él hoy? 

Conclusión 

Las palabras más tristes de este pasaje son las que se encuentran en el versículo 44. El pueblo de Israel no reconoció el tiempo de la venida de Dios. En otras palabras, Jesús estaba reivindicando ser Dios, el Rey, pero el pueblo no lo reconoció, entonces no lo recibió. 

Permítanme cerrar con una historia real. Más de un siglo atrás, dos deportistas navegaban a lo largo de la costa de Escocia. Anclaron el barco y desembarcaron para explorar el campo. Al final del día, se perdieron. Cuando llegó la noche, decidieron encontrar un refugio. Golpearon la puerta de una humilde cabaña y pidieron alojamiento y algo para comer, ofrecieron pagar, claro. El campesino los consideró sospechosos y los despidió. Los dos hombres golpearon en la casa vecina y el propietario los recibió. Les dio una comida caliente y una cama para pasar la noche. Recién a la mañana siguiente descubrió que uno de los hombres era Eduardo, el príncipe de Gales, que más tarde llegó a ser el rey Eduardo V. Imaginen la vergüenza y el arrepentimiento del primer hombre que rehusó reconocer y abrirle la puerta a su futuro rey. 

Jesús es Dios, es el Rey. 

¿Será que reconoceremos esa verdad? 

¿Será que estamos listos para reconocer su segunda venida? 

Abra la puerta de su corazón y permita que reine el Rey de paz, quien merece toda alabanza.

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