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La entrada del Rey


By
Salim Japas

Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en la alturas!" Mateo 21:9. 

Cuando era niño jugaba a la "escondida" con mis compañeritos en mi pueblo natal. Para ese juego teníamos una regla que debíamos respetar. Echábamos la suerte. y a uno le tocaba buscar a los "escondidos". Cerraba los ojos y contaba hasta cien mientras los otros corrían a esconderse. Cuando llegaba a cien, decía: "¡Listos o no, ya voy!" Y entonces salía a buscarlos. 

Este pasatiempo de la infancia, cual si fuera una parábola bíblica, ilustra la manera en que todos estamos "jugando" con Dios desde la entrada del pecado. 

En el jardín del Edén, Adán y Eva tristemente perdieron el gozo y el privilegio de una íntima relación con su Creador; como consecuencia decidieron evitar la presencia divina y se escondieron; y cuando Dios inició su búsqueda, se ocultaron temerosos detrás de un árbol: 
"Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto. al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto" (Génesis 3:8).
Allí comenzó la celestial iniciativa de encontrar y salvar al hombre. Este proceso continuó hasta que Dios penetró personalmente en la historia humana para encontrarse con nosotros. La encarnación tuvo lugar en el momento histórico cuando la Deidad vino a buscamos en persona. 

La humanidad ha reaccionado de diferentes maneras frente a Dios, a pesar de que él se ha acercado tanto a sus criaturas. Un acontecimiento histórico registrado en la Biblia es muy apropiado para ilustrar este hecho: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén.

"Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo: Decid a la hija de Sion: He aquí. tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga. Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. Y la multitud que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás adamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste? Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea" Mateo 21:1-11". 

Trasladémonos con la imaginación al primer día de la semana de la Pasión. Es Domingo de Ramos y la alegría predomina en el ambiente. Jesús se acerca a la ciudad cabalgando sobre un burrito. 

El séquito de Jesús 

Llama mucho la atención la identidad del que conduce al animal por la brida. Es Lázaro, quien había estado en la tumba, muerto, durante cuatro días. A ambos lados y por detrás de Jesús, un grupo numeroso de niños y ancianos, hombres y mujeres, lo siguen con entusiasmo y respeto. Algunos son los cojos, los ciegos, los leprosos y los endemoniados que el Señor había sanado. Lo siguen porque lo aman y quieren estar cerca de él. Además, una multitud heterogénea cuya intención no es tan nítida, acompaña la caravana mientras se escuchan los cantos: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en la alturas!" 

La entrada de Jesús coincide con el clima de tensa expectativa que envuelve la ciudad. Hay miles de personas que han llegado de diferentes países y que hablan idiomas distintos y pertenecen a diversas razas. Se han dado cita para celebrar la gran fiesta de la pascua. Jerusalén está adornada con sus mejores galas.

La ciudad

Esta no es una ciudad común. Se trata de la "ciudad de paz", el trono del "gran rey". Aunque fue destruida diecisiete veces, Jerusalén nunca ha cambiado de ubicación ni de nombre. Antes, como ahora, el peregrino que se acerca a ella pude seguir siendo el mismo, o puede permitir que el mensaje de su historia renueve su espíritu. Ella es la encrucijada de tres grandes religiones monoteístas que la reclaman como capital. Es también el centro neurálgico de la tensión internacional cuyo desenlace final solo podría anticiparse a la luz de las Escrituras. En esta ciudad fue donde Jesús entró triunfalmente en el Domingo de Ramos. 

El rechazo de un rey 

Algunos de los que siguen al Señor en su entrada triunfal se regocijan con la idea de que sin duda será el nuevo Rey. Están decididos a que así sea; desean que reine. En la atmósfera se perciben tendencias nacionalistas en cada movimiento. Otros preguntan con insistencia: "¿Quién es este?" 

La procesión avanza con aire de triunfo. Pero esta no se asemeja a las entradas triunfales de los grandes conquistadores de la historia humana. Todo es muy diferente. Esa misma multitud que ahora lo aclama como rey ['Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna" (Zacarías 9:9)]. antes de finalizar la semana terminará pidiendo su crucifixión. ¿Por qué? Porque su conexión con él es solo superficial. No han comprendido que la relación permanente con Dios es una relación de fe. "Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (Hebreos 11:6). Esa relación de fe exige un sometimiento humilde a la voluntad divina: "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado por él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos" (1 Juan 5:1-3).

La intimidad espiritual genuina exige que el acercamiento a Dios sea por medio de la oración y en el amor, y reconoce que el mayor privilegio del creyente es la glorificación de Dios. 
"Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado" (1 Juan 3:23). 
"Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Ya aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén". (Efesios 3:17-21). 

El séquito que seguía a Jesús no previó el terrible precio de la negación.
Ahora como en el pasado, el ser humano parece ignorar el precio horroroso que se paga cuando se rechazan las leyes de Dios. Una mirada a los periódicos de nuestros días sería suficiente advertencia -al menos para algunos- del creciente deterioro de las estructuras que han hecho posible la grandeza de nuestra civilización. La delincuencia, el crimen, las drogas, la pornografía, el cáncer, el sida, las enfermedades venéreas, el robo, la mentira, el abuso de todo tipo, las pestes mundiales, la inmoralidad rampante, son palabras que a fuerza de tanto usarlas están perdiendo su alarmante significado. Esta es la experiencia de una sociedad que ha preferido esconderse de Dios en vez de recibirlo como Rey. 

El llanto de Jesús 

La marcha triunfal se detiene por una indicación de Jesús. Entonces levanta sus manos y señala el templo. Sus ojos se humedecen. Una gran tristeza parece invadir su ser. Se estremece de emoción como un árbol sacudido por un vendaval. De sus labios escapan gemidos de angustia. Su profunda tristeza, irrumpe en medio de la alegría prevaleciente. Desde esa altura puede ver el Getsemaní y anticipar la agonía de la cruz. Pero el inmenso pesar que lo embarga no se debe a sí mismo, sino a la ciudad y a todo lo que ella simboliza. Entonces sus gemidos se transforman en palabras: "¡Oh, si también tu conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación" (Lucas 19:42-44).
El Mesías había llegado, pero los suyos no lo recibieron; lo crucificaron.

Cristo entró en Jerusalén. Vino a nuestro mundo preguntando por nosotros, anhelando salvarnos. Algunos estuvieron listos. Muchos vivieron inadvertidamente el momento central de la historia. Otros lo rechazaron con fiereza homicida. El "juego" de la vida está por terminar, y cada uno debe decidir cómo recibirá al Caballero celestial. Pronto Dios terminará el conteo, y dirá: "Ciertamente vengo en breve" (Apocalipsis 22:20). 

¿Cómo responderás? 
Te ruego que desde ahora te prepares para recibirlo como el Rey de tu vida.

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