"Sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado." 1 Corintios 9:27.
Tema central
Una persona puede predicar a otros y, sin embargo, perder su propia experiencia espiritual. Pablo nos muestra tres peligros que pueden descalificar a un mensajero del evangelio.
Palabra clave: DESCALIFICACIÓN
La pregunta no es solamente: "¿Estoy predicando?"
La pregunta más profunda es: "¿Estoy viviendo aquello que predico?"
INTRODUCCIÓN
El árbitro que nunca jugó
Durante una importante competencia deportiva, un árbitro conocía perfectamente todas las reglas del juego.
Podía identificar cada falta. Podía corregir cada error. Podía explicar cada reglamento.
Sin embargo, al terminar el campeonato alguien preguntó:
—¿Y él ganó alguna medalla?
La respuesta fue:
—No. Conoce las reglas, pero nunca participó de la competencia.
Uno de los pensamientos más solemnes de la Biblia aparece aquí en las palabras de Pablo.
El gran apóstol que fundó iglesias. El hombre que realizó viajes misioneros. El poderoso predicador del evangelio.
Reconoce una posibilidad aterradora:
"No sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado."
La palabra griega adokimos indica alguien reprobado después de ser evaluado.
Esto genera preguntas profundas:
¿Puede una persona predicar y perderse?
¿Puede alguien hablar de Cristo sin conocer realmente a Cristo?
¿Qué factores pueden descalificar a un predicador del evangelio?
¿Qué peligros amenazan nuestra experiencia espiritual?
Pablo identifica tres amenazas que pueden apartarnos de la meta.
I. LA DESCALIFICACIÓN DEL DOBLE DISCURSO
Cuando predicamos más de lo que vivimos
"No sea que habiendo sido heraldo para otros..." (1 Corintios 9:27).
La primera amenaza es la incoherencia.
Pablo entendía que no bastaba proclamar la verdad.
Era necesario vivir la verdad.
Ilustración Bíblica: Los hijos de Elí
Ofni y Finees servían en el santuario.
Vestían las ropas sacerdotales.
Conocían los rituales.
Participaban de los sacrificios.
Pero su conducta deshonraba al Dios que representaban.
Finalmente, Dios declaró juicio sobre ellos.
La tragedia no fue que ignoraban la verdad.
La tragedia fue que no la practicaban.
Porque la autoridad espiritual no nace del púlpito; nace de la coherencia.
Jesús y los fariseos
Cristo dijo: "Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí." (Mateo 15:8)
Los fariseos eran expertos en doctrina.
Pero habían descuidado la transformación interior.
Un predicador puede hablar sobre:
oración,
pureza,
humildad,
amor,
consagración,
pero si esas virtudes no forman parte de su vida, tarde o temprano perderá credibilidad delante de Dios y delante de los hombres.
"La mayor evidencia del poder del cristianismo que puede presentarse al mundo es un cristiano amante y amable" (MC, 470).
Pero la incoherencia rara vez aparece de repente.
Normalmente comienza con una batalla invisible en el corazón.
Por eso Pablo menciona un segundo peligro.
II. LA DESCALIFICACIÓN DE UNA VIDA SIN DOMINIO PROPIO
"Golpeo mi cuerpo y lo pongo en servidumbre..." (1 Corintios 9:27).
Pablo entendía que el ministerio no elimina las tentaciones.
Los predicadores siguen siendo seres humanos.
Los líderes siguen enfrentando luchas.
Los pastores siguen necesitando vigilancia espiritual.
Ilustración: El castillo sin vigilancia
Había una ciudad rodeada por muros impresionantes.
Sus habitantes confiaban tanto en esas murallas que descuidaron las puertas.
Durante la noche el enemigo entró precisamente por donde nadie vigilaba.
No cayó el muro.
Cayó la vigilancia.
Así también ocurre en la vida espiritual.
Las grandes caídas suelen comenzar con pequeñas concesiones.
Porque lo que no controlamos hoy, puede controlarnos mañana.
Ejemplo bíblico: Sansón
Sansón poseía fuerza extraordinaria.
Era juez de Israel.
Había recibido un llamado divino.
Pero nunca aprendió a dominar sus apetitos.
Finalmente perdió:
su fuerza,
su visión,
su influencia,
su libertad.
Antes de perder el cabello, había perdido el dominio propio.
"Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga." (1 Corintios 10:12)
"Velad y orad, para que no entréis en tentación." (Mateo 26:41)
"La mayor batalla que jamás tenga que librar hombre alguno es la batalla contra el yo" (MC, 373).
Muchos ministros no son derrotados por herejías.
Son derrotados por:
orgullo,
descuido devocional,
ambición,
falta de integridad,
pecados secretos.
La caída pública siempre comienza con una negligencia privada.
Sin embargo, existe un peligro aún más profundo.
El más sutil de todos.
No es solamente vivir diferente a lo que se predica.
No es solamente perder el dominio propio.
Es olvidar para quién estamos corriendo.
III. LA DESCALIFICACIÓN DE PERDER LA META ETERNA
"Ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible." (1 Corintios 9:25)
Pablo recuerda que el propósito supremo del ministerio no es el reconocimiento humano.
Es la salvación eterna.
Ilustración: El guía que olvidó la montaña
Un guía turístico condujo a un grupo por una montaña.
Durante el recorrido se entretuvo observando paisajes, conversando y disfrutando del viaje.
Cuando finalmente levantó la vista descubrió algo terrible:
había perdido el sendero.
El problema no era caminar.
Era caminar sin dirección.
"El mayor fracaso ministerial no es perder un cargo; es perder de vista la eternidad."
Ejemplo bíblico: Judas
Judas predicó.
Judas expulsó demonios.
Judas acompañó a Cristo durante años.
Pero gradualmente dejó que otros intereses ocuparan el lugar de Jesús.
Terminó cambiando al Salvador por treinta piezas de plata.
La tragedia de Judas no ocurrió en una noche.
Fue el resultado de pequeñas decisiones repetidas.
"Buscad primeramente el reino de Dios." (Mateo 6:33)
"Puestos los ojos en Jesús." (Hebreos 12:2)
"La contemplación de Cristo transforma el carácter" (DTG, 70).
Los ministros pueden comenzar buscando almas.
Pero luego corren el riesgo de buscar:
prestigio,
influencia,
aprobación,
reconocimiento,
poder.
Cuando la misión deja de ser Cristo, el ministerio pierde su esencia.
Querida juventud:
Si Dios te ha llamado a servirle, recuerda algo importante:
Dios no necesita únicamente buenos sermones, necesita vidas consagradas.
Un sermón puede impresionar durante una hora, pero un carácter santo predica durante toda la vida.
La gente olvidará muchos de tus mensajes, pero jamás olvidará tu ejemplo.
No trabajes únicamente en tu preparación académica, trabaja en tu comunión con Dios.
No cuides solamente tu reputación, cuida tu corazón.
No te preocupes solamente por el éxito ministerial, preocúpate por permanecer cerca de Cristo.
Porque la mayor tragedia no sería fracasar como predicador.
La mayor tragedia sería tener éxito ministerial y fracasar espiritualmente.
CONCLUSIÓN
La lámpara del faro
Un anciano cuidaba un faro que guiaba a los barcos durante la noche.
Cada semana recibía suficiente aceite para mantener encendida la luz.
Sin embargo, comenzó a compartir ese aceite con vecinos que lo necesitaban.
Un poco para uno. Un poco para otro.
Cuando llegó la noche, el aceite se terminó.
La luz se apagó.
Y varios barcos naufragaron.
El hombre quiso ayudar a todos.
Pero olvidó mantener encendida la llama principal.
Muchos ministros hacen exactamente eso.
Se dedican a iluminar a otros.
Pero olvidan alimentar su propia relación con Dios.
Pablo nos advierte acerca de tres peligros que pueden descalificarnos:
1. La incoherencia espiritual
Predicar más de lo que vivimos.
2. La falta de dominio propio
Descuidar la vigilancia del corazón.
3. La pérdida de la meta eterna
Sustituir a Cristo por otros intereses.
LLAMADO
Quisiera hacerte algunas preguntas muy personales:
¿Existe alguna diferencia entre lo que predicas y lo que vives?
¿Hay áreas ocultas en tu vida que necesitan rendirse a Cristo?
¿Se está enfriando tu vida devocional?
¿Estás cuidando tu alma con la misma dedicación con que cuidas tu ministerio?
¿Sigues corriendo para Cristo o estás corriendo para los aplausos?
Si hoy Dios evaluara tu carrera espiritual, ¿serías aprobado o descalificado?
Todavía estamos en la carrera.
Todavía la gracia está disponible.
Todavía Cristo está llamándonos a una consagración más profunda.
ORACIÓN
Padre amado:
Venimos delante de Ti con humildad, porque reconocemos que las palabras de Pablo son también una advertencia para nosotros. Sabemos que es posible hablar de Ti y, sin embargo, alejarnos de Ti. Sabemos que es posible servir en tu obra mientras el corazón se enfría lentamente.
Señor, líbranos de la tragedia de predicar sin vivir, enseñar sin obedecer y guiar a otros sin caminar contigo.
Examina nuestro corazón. Muéstranos aquellas áreas que hemos escondido, aquellas luchas que hemos tolerado y aquellos compromisos que hemos hecho con el pecado.
Danos dominio propio. Ayúdanos a vencer el orgullo, la autosuficiencia, la ambición y toda actitud que pueda apartarnos de tu voluntad.
Sobre todo, conserva nuestros ojos fijos en Jesús. Que nunca amemos más el ministerio que al Maestro, ni la obra más que al Dios de la obra.
Haz de nosotros hombres y mujeres íntegros, predicadores cuya vida confirme su mensaje, discípulos que corran hasta el final y siervos que permanezcan fieles hasta la muerte.
Y cuando la carrera termine, concédenos la gracia de recibir de tus labios estas palabras: "Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor."
En el nombre precioso de Jesús. Amén.
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