"Y en el desierto has visto cómo Jehová tu Dios te ha traído, como trae el hombre a su hijo, por todo el camino que habéis andado, hasta llegar a este lugar". Deuteronomio 1:31.
Hay momentos que dividen nuestra vida en un "antes" y un "después".
No necesariamente son los grandes acontecimientos históricos. Muchas veces son decisiones aparentemente insignificantes que tomamos sin comprender sus consecuencias.
ME QUERÍA MORIR
No sé en qué estaba pensando... pero entré.
Decidí correr 21 kilómetros.
Nunca antes lo había hecho.
Había corrido 10 y hasta 15 kilómetros en una San Silvestre; pero, en un fin de semana, decidí abalanzarme en una carrera en la que ni siquiera me había inscrito.
Era mi primera vez. No tenía número.
Estacioné el auto en un lugar cerca del punto de partida. Vi a un número significativo de corredores, varones y damas; por supuesto, muchos con un entrenamiento riguroso y cuidando hasta el más mínimo aspecto de su preparación atlética.
Arrancamos. Y como siempre, el pelotón se va dividiendo poco a poco en pequeños pelotones.
No conocía la ruta. Pero, esta media maratón era parte una maratón completa; así que, mientras estábamos de ida, los profesionales de las corridas, ya estaban de vuelta.
Para evitar el peso, dejé el celular y la billetera en el auto.
Los primeros kilómetros fueron agradables. La energía estaba intacta, el entusiasmo abundaba y todo parecía posible. Todo estaba normal hasta el kilómetro 10; pero al comenzar a sentir el cansancio, la inercia y la inanición comenzar a hacerse presentes. El aire comenzó a faltar y los músculos comenzaron a protestar, parecía que se querían auto destruir.
No sabía que me iba a costar tanto, no sabía que la meta iba a tardar tanto en materializarse, pero al mismo tiempo, la hora corría, y, aunque habíamos salido temprano en una hora fresca, ahora ya estábamos a media mañana y cada vez hacía más calor. El sol comenzó a quemar. No puedo parar: "si me detengo, se acabó" - pensaba.
Nunca había sentido algo parecido. Me ahogaba, y, literalmente, me quería morir. Sentía que no podía respirar, que el aire no era suficiente. Los pasos eran cada vez más pequeños, a veces parecía que no me movía, el esfuerzo cada vez más, era mayor.
Llegar a completar esa media maratón fue la experiencia más traumática que me pudo suceder. Miraba hacia atrás y no lo podía creer. Sentía que la vida se me iba y cuando conseguí llegar, al no haber estado inscrito, no podía tomar un vaso de agua ni ninguna fruta.
La sequedad de la garganta, la transpiración que se había convertido en grumos de sal, la quemazón del sol en la piel y la debilidad muscular y fatiga mental me dejaron al filo del colapso.
Pero el mayor problema era ¿Cómo voy a volver?
Creo que no me había percatado en ningún momento acerca del retorno. No tenía dinero, ni celular, ni vehículo.
Vi que los corredores inscritos tenían derecho de subir a un bus que los llevaría al punto de partida. La primera observación fue:
- Usted no está inscrito; por tanto, no puede subir.
- Me siento muy mal, por favor, permítame retornar.
Creo que mi apariencia estaba tan deteriorada que, sin pensarlo dos veces, se me permitió subir al bus.
Todos transpiramos y estábamos de pie en el bus. Esta impresión y los olores adicionales hicieron que casi me desmaye. ¿En qué momento pensé en hacer todo esto?
Allí descubrí que es lento el avance y es rápido el tiempo, descubrí que el tiempo avanzaba más rápido de lo que yo avanzaba; que existe una larga distancia entre el inicio y la meta. Allí descubrí una verdad que años después aplicaría a la paternidad: la carrera más difícil no es comenzar; la carrera más difícil es continuar cuando ya no quedan fuerzas.
La paternidad es exactamente así.
Todos celebran el nacimiento.
Pocos hablan de los kilómetros que vienen después.
Pocos hablan de las noches sin dormir, de las preocupaciones silenciosas, de las cuentas por pagar, de las enfermedades, de las decisiones difíciles, de los miedos que ningún padre confiesa.
Sin embargo, Dios diseñó la paternidad no como una carrera corta, sino como una maratón espiritual.
De pronto comprendí que aquellos primeros veintiún kilómetros se parecían mucho a los primeros veintiún años de la vida de un hijo.
Cuando ella nació, no sabía todo lo que vendría.
No sabía cuántas veces sentiría que las fuerzas se terminaban.
No sabía cuántas veces Dios tendría que sostenerme.
No sabía que alguna vez miraría hacia atrás y diría: "¡Llegamos!"
Hoy quisiera reflexionar con ustedes sobre tres lecciones que la paternidad me enseñó mientras corría los "21" y los "42" kilómetros de la vida.
I. LOS PRIMEROS 21 KILÓMETROS: LA PATERNIDAD NOS ENSEÑA NUESTRA FRAGILIDAD
"Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican". Salmo 127:1.
"Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican". Salmo 127:1.
Mi primogénita cumplió 21 años. Nunca pensé que llegaría este momento. Jamás pensé que podría hacerlo... pero llegamos ¡Gracias a Dios!
Fue sofocante (no el tenerla o criarla; sino todo el estrés de las responsabilidades y preocupaciones no apenas de llegar a fin de mes, sino que todo esté dentro de los plazos establecidos, correctos, necesarios y con apertura a nuevas oportunidades), fue angustiante - empujar la vida hacia adelante. Piensas que no vas a lograr, sientes que las fuerzas ya no te van a acompañar; pero, el pie vuelve a salir y se da un paso más ¡Dios sea alabado por la inercia! Porque cuando ya no se puede más, milagrosamente, viene el siguiente y otro y otro más. No hay una explicación más que la mano invisible que nos sujeta y nos lleva hasta la meta trazada.
La ilusión más peligrosa de un padre es pensar que puede hacerlo solo.
Cuando nació un hijo pensamos que el amor será suficiente.
Pronto descubrimos que el amor no elimina el cansancio.
No paga facturas.
No evita enfermedades.
No responde todas las preguntas.
No remueve todos los temores.
Igual que en aquella media maratón, llega un momento en que las fuerzas humanas se agotan.
Abraham: el padre que aprendió a esperar
Dios prometió un hijo a Abraham.
Pasaron años.
Luego décadas.
La promesa parecía imposible.
La energía física se acababa.
Las oportunidades biológicas desaparecían.
Pero precisamente allí comenzó la obra de Dios.
Pablo escribe: "Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto." (Romanos 4:19).
La paternidad comienza cuando descubrimos que nuestros hijos son demasiado grandes para nuestras fuerzas y suficientemente importantes para depender de Dios.
"Los padres no pueden transmitir a sus hijos lo que ellos mismos no poseen. Si Cristo no mora en el corazón, no podrán revelar la belleza de su carácter a los que están bajo su cuidado" HC, 143.
El objetivo principal de la paternidad no es criar hijos perfectos.
Es criar hijos mientras Dios transforma a sus padres.
Cuando corría aquellos 21 kilómetros, el mayor descubrimiento no fue la distancia.
Fue descubrir mis propios límites.
Creía conocerme.
Pero aquel recorrido me mostró una versión de mí que jamás había visto.
La paternidad produce exactamente el mismo efecto.
Los hijos son el espejo donde Dios nos muestra quiénes realmente somos.
Muchas veces, Dios permite que lleguemos al límite de nuestras fuerzas para enseñarnos que nunca fuimos destinados a depender de ellas.
II. LOS SEGUNDOS 21 KILÓMETROS: LA PATERNIDAD NOS ENSEÑA LA FIDELIDAD DE DIOS
"Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas". Isaías 40:29-31
Cuando mi hija cumplió 21 años, comprendí algo extraordinario.
No llegamos allí porque éramos fuertes.
Llegamos porque Dios fue fiel.
Muchas veces pensé:
- "No voy a lograrlo".
- "No sé qué hacer".
- "No tengo recursos suficientes".
- "No tengo respuestas".
Pero el siguiente paso apareció.
Y después otro.
Y después otro.
Jacob y sus doce hijos
Jacob no fue un padre perfecto.
Tuvo favoritismos.
Cometió errores.
Sembró conflictos familiares.
Sin embargo, Dios continuó obrando.
Cuando Jacob mira hacia atrás al final de su vida declara:
"El Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día." (Génesis 48:15)
Observe la expresión.
No dijo:
"El Dios que me ayudó algunas veces."
Dijo:
"El Dios que me mantuvo."
La paternidad es experimentar diariamente esa sustentación divina.
Los hijos rara vez recuerdan cuánto ganaban sus padres.
Pero jamás olvidan quién estuvo presente.
La fidelidad paternal es uno de los reflejos más visibles de la fidelidad divina.
Existe un antiguo relato acerca de dos leñadores.
Uno trabajaba sin detenerse jamás.
El otro se detenía periódicamente.
Al finalizar el día, el segundo había cortado más árboles.
El primero preguntó:
- ¿Cómo es posible si descansabas constantemente?
El segundo respondió:
- Mientras tú seguías golpeando, yo afilaba el hacha.
Muchas veces los padres creen que deben hacer más.
Dios les recuerda que necesitan permanecer más cerca de Él.
La paternidad no se sostiene únicamente con trabajo. Se sostiene con comunión.
El psicólogo Edwin Friedman observó que una familia saludable no necesita padres perfectos sino padres que permanezcan presentes y emocionalmente diferenciados en medio de las crisis. (Edwin H. Friedman, Generation to Generation: Family Process in Church and Synagogue (New York: Guilford Press, 1985), 27-45.
En la paternidad, la presencia vale más que la perfección.
Cuando descubrimos la fidelidad de Dios en los primeros 21 kilómetros (la mitad del camino), encontramos valor para correr los siguientes 21 (la otra mitad).
III. LOS 42 KILÓMETROS: LA PATERNIDAD NOS ENSEÑA QUE LO MEJOR TODAVÍA PUEDE ESTAR ADELANTE
"No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad". 3 Juan 4
Al terminar mi primera media maratón pensé: "Jamás volveré a hacer esto".
Llegué a casa destrozado. Mi corazón no dejaba de latir a mil por hora. "Si duermo, tal vez, no vuelva despertar" - pensé. Pero, en alguna parte de la tarde, el cansancio fue mayor y solo me desperté al día siguiente.
Incorporándome, me dí cuenta que, además de estar vivo, no había mucho dolor. ¡Sobreviví!
Al día siguiente salí a correr al mismo parque de siempre. Me encontré con un señor de la tercera edad que acostumbraba correr todos los días 10 km a un buen ritmo. En la conversación me preguntó cómo estaba. Le conté mi hazaña y todo lo que esto había significado.
Con voz normal observó:
- El que corre media maratón está lista para la maratón completa.
En aquel momento me pareció imposible, pero un año después estaba corriendo 42 km. Al ver a todos los que llegaban hasta medio camino y sentirme con las fuerzas completas, no podía creer que estaba pasando, justo conmigo. Sucedió algo inesperado, no sabía que la parte más bonita venía después de la mitad del camino. De haberlo sabido antes, tampoco hubiera cambiado nada; pero, con seguridad, habría disfrutado un poco más el camino.
El Padre del hijo pródigo
Lucas 15 presenta uno de los retratos más hermosos de la paternidad.
Un padre que espera.
Un padre que observa.
Un padre que corre.
Un padre que abraza.
Un padre que restaura.
La historia nos recuerda que los años invertidos en un hijo nunca son desperdiciados.
Aun cuando parezca que todo está perdido, Dios sigue obrando.
Moisés no entró en Canaán. Pero vio entrar a Josué.
David no construyó el templo. Pero vio a Salomón preparado para hacerlo.
Muchos padres cosechan una parte de lo que sembraron. Sus hijos cosecharán otra. Y sus nietos cosecharán todavía más.
La influencia de un padre piadoso siempre llega más lejos de lo que puede ver.
"La influencia de un verdadero hogar cristiano durante los años de la infancia y de la juventud es la salvaguardia más segura contra las corrupciones del mundo". MC, 271.
Porque una buena herencia no es aquello que dejamos a nuestros hijos; es aquello que dejamos dentro de nuestros hijos.
Conclusión - Corriendo la carrera completa
Al terminar aquellos 21 kilómetros no podía pensar con claridad.
No tenía energía.
No tenía agua.
No tenía fuerzas para regresar.
Necesité ayuda para volver al punto de partida.
Años después comprendí que esa experiencia era una metáfora de la paternidad.
Ningún padre llega solo.
Todos necesitamos ayuda.
Todos necesitamos gracia.
Todos necesitamos que Dios nos lleve cuando ya no podemos caminar.
Hoy hemos observado tres verdades:
1. Los primeros 21 kilómetros nos enseñan nuestra fragilidad.
No somos suficientes por nosotros mismos.
2. Los siguientes 21 kilómetros nos enseñan la fidelidad de Dios.
Él sostiene cada paso.
3. Los 42 kilómetros nos enseñan la esperanza.
Muchas veces lo mejor está todavía más adelante.
Cuando un padre mira hacia atrás observa cansancios.
Cuando mira alrededor observa desafíos.
Pero cuando mira hacia arriba descubre al Dios que sigue corriendo a su lado.
Llamado
Permítame hacerle algunas preguntas:
¿Hay algún padre o madre aquí que se siente agotado?
¿Alguien siente que está corriendo con las últimas fuerzas?
¿Alguien se pregunta si realmente podrá llegar hasta la meta?
¿Hay algún padre que se siente preocupado o angustiado por un hijo?
¿Hay alguien que necesita recordar que Dios sigue sosteniendo su carrera?
Quizás usted siente que está en el kilómetro diez.
Tal vez está en el veintiuno.
O quizás está enfrentando los cuarenta y dos kilómetros de la vida.
La buena noticia es que el Dios que le dio sus hijos no abandonará el camino antes que usted.
Así como estuvo con usted, así estará con sus hijos.
El Padre celestial conoce las lágrimas que nadie ve.
Conoce los sacrificios silenciosos.
Conoce las oraciones pronunciadas de madrugada.
Y promete caminar con usted hasta el final.
Hoy le invito a renovar su confianza en Dios, a entregar nuevamente a sus hijos en Sus manos y a creer que la carrera que Él comenzó también la llevará a buen término.
Oración
Padre bueno y misericordioso, gracias porque has sido fiel en cada kilómetro de nuestra vida. Gracias por los hijos que nos has confiado y por el privilegio de acompañarlos en su caminar. Reconocemos que muchas veces nuestras fuerzas se agotan, nuestra sabiduría es limitada y nuestro corazón se llena de preocupaciones. Sin embargo, hoy recordamos que Tú eres el Dios que sostiene, guía y fortalece.
Te rogamos por cada padre, cada madre, cada abuelo y cada persona que ejerce influencia espiritual sobre las nuevas generaciones. Danos paciencia cuando el camino se vuelve largo, esperanza cuando no vemos resultados y fe para seguir caminando cuando las fuerzas parecen desaparecer.
Cuida a nuestros hijos. Protégelos del mal. Atráelos hacia Ti. Que puedan caminar en la verdad, amar tu Palabra y servirte con alegría. Y cuando lleguemos al final de la carrera, permite que podamos mirar atrás y reconocer que no llegamos por nuestra fuerza, sino porque tu mano poderosa nos sostuvo en cada paso.
En el nombre de Jesús. Amén.
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