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Amor que promueve el poder - El amor vive

De cierto, de cierto os digo: ‘El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre’” (Juan 14:12).

Ilustración

Cierto día, una red de televisión presentó en un programa de variedades un show de trucos en el que el artista utilizaba fuego y vidrio. Ese programa era exhibido en un horario de alta audiencia. El artista exhibía sus habilidades con mucha maestría y lo hacía parecer algo simple y fácil, pero antes del inicio de la presentación, la red de televisión dio la siguiente recomendación: “Señores telespectadores, no intenten hacer estos trucos en casa, pues pueden lastimarse. Este artista es un profesional”.

Si pensamos un poco, percibimos que hay mucha semejanza entre este aviso con el comportamiento del cristiano. A veces, no entendemos cómo ciertos personajes bíblicos llevaron a cabo ciertas tareas. Pensamos que podemos hacer lo mismo, pero en este momento es bueno recordar ese aviso del programa. No intente reproducir esos episodios de fe, pueden no salir bien y usted se lastimará. No use los métodos de Dios sin Dios. En primer lugar, debe ser un profesional de la fe.

David derrotó al gigante Goliat solo con una pequeña honda. No intente hacer eso sin Dios; no saldrá bien. Moisés abrió el Mar Rojo usando solo un cayado. No intente hacer eso sin Dios; no saldrá bien. Los paños de Pablo eran utilizados para curar enfermos, expulsar demonios. Nuestros paños pueden no tener el mismo poder. Daniel fue lanzado al foso de los leones. Cuando vaya a un zoológico, no intente saltar o entrar en el espacio de los leones hambrientos para mostrar su fe; no va a salir bien.

Gedeón derrotó a un ejército enorme con solo 300 hombres empuñando nada más que trompetas y antorchas (parece ridículo, ¿no?). Los tres jóvenes hebreos desafiaron al rey de Babilonia a tal punto que, en su ira, él los arrojó en un horno de fuego ardiente, y el fuego no los quemó. Pero a pesar de lo que podamos pensar, tener poder no es algo complicado.

Introducción

Obviamente, todos sabemos que no existe cristianismo sin Cristo. Tener a Cristo en la vida es ser como Cristo. Si queremos tener poder, tenemos que tener a Jesucristo. Hay un interesante pensamiento que refleja muy bien lo que es tener a Jesús en el corazón: “Ser cristiano es tener el corazón tocado por los mismos sentimientos que tocaban el corazón de Cristo”.

Si hiciéramos un estudio sobre la vida de Jesús, la conclusión más interesante a la que llegaríamos es que Jesús era un hombre de poder, pero también descubriremos que todo lo que Jesús hizo cuando estuvo en esta tierra, los hombres comunes también lo hicieron. No había secretos en el método de actuar de Jesús.

Esta afirmación parece osada y distante de la realidad, después de todo, Jesús era Dios, y su manera de actuar era coherente con su vida y origen. Sí, eso es verdad, pero la realidad es que él tenía una fórmula eficaz que marcaba la diferencia y que él quiere que nosotros la descubramos y que la usemos. Algunos pueden preguntarse: ¿Y los milagros que hacía Jesús no lo diferenciaban del ser humano? Vamos a ver:

El libro de Lucas relata que Jesús caminó sobre las aguas. Pero también está registrado que, en el mismo episodio, Pedro también caminó sobre las aguas. También podemos leer en los evangelios que dos veces Jesús multiplicó los panes. Es verdad, pero es interesante notar que el profeta Eliseo también alimentó a 100 hombres con solo 20 panes (2 Reyes 4:42-44). Jesús leía pensamientos. Y a Pedro, ¿no se le revelaron a través del Espíritu Santo los pensamientos de Ananías y Safira? (Hechos 5). Jesús realizó milagros de curación. Pero, Pedro y Juan cuando entraron por la puerta Hermosa del templo también curaron a un cojo (Hechos 3). Jesús resucitó personas. Y, ¿Pedro no resucitó también a Dorcas? Y Pablo, ¿no resucitó a Eutico en Troas? (Hechos 20:7-12). Y Eliseo, ¿no resucitó al hijo de la sunamita? (2 Reyes 4:34, 35).

La verdad es que todo lo que Jesús hizo en esta Tierra, los hombres también lo hicieron. Sí. Para completar esta certeza y promesa de poder, en el evangelio de Juan, capítulo 14, versículo 12, Jesús afirma: “De cierto, de cierto os digo: ‘El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre’”.

Ese parece ser un versículo fuerte y desafiante. Jesús está afirmando que podemos hacer las obras que él hizo y aun otras mayores, siempre y cuando creamos en él. Jesús afirmó que todo aquel que en él cree hará las obras que él hizo. En este punto, surge una pregunta: ¿cómo creer en él y tener poder? Vamos a analizar juntos dos caminos por los cuales podemos obtener poder.

I. No confunda el poder de Dios con la definición que el mundo tiene del poder.

Vivimos días difíciles. Parece que no se ve más fieles de poder. En la segunda carta de Pablo a Timoteo hay una clara descripción del comportamiento de los hombres en nuestro tiempo. “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a estos evita”.

La marca de nuestro tiempo es la banalización de lo que es serio. Elena de White dice: “Los hombres siguen luchando unos con otros, contendiendo por el lugar más elevado” (DTG, 590). Vivimos en una época en que las palabras perderán su significado, perderán poder. Los padres hablan y no son escuchados, los profesores hablan y tampoco son escuchados. Los pastores hablan y nada ocurre. ¿Cómo alterar este escenario si nuestras palabras no tienen poder?

Sobre el llamado y el poder, podemos encontrar un episodio intrigante en Mateo 10:1. Vamos a leerlo. “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia”. Jesús llamó a los discípulos y les dio poder. Poder para expulsar los espíritus inmundos, curar toda enfermedad y librar a las personas de todo mal.

Es importante percibir que Jesús llamó a los discípulos para el trabajo y los capacitó dándoles poder para ejecutar la tarea con eficacia. En el tiempo de Cristo, la posesión demoníaca era muy común y, sobre eso, me gustaría hacerles una pregunta: ¿será que hoy los demonios abandonan a los hombres? No, estos solo encontraron otras formas de poseerlos. Hoy, esta situación aún existe, pero no tan aparente como en aquellos días. Y nosotros, cristianos, tenemos que tener poder para limpiar a los hombres, para expulsar los espíritus inmundos y sus manifestaciones en este siglo, curarlos de todo tipo de dolencia y todo tipo de mal, pero Jesús no paró ahí, en el versículo 8, él continúa: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia”.

Noten que Jesús hace hincapié en afirmar que ellos estaban recibiendo de gracia y deberían dar esas bendiciones de gracia también. Sin embargo, ¿se dan cuenta de dónde empieza el problema? Los versículos 9 y 10 del mismo capítulo lo muestran. Veamos: “No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón”.

No posean lo que el mundo considera como poder. No valoren la fama, el acumular cosas, la búsqueda de riquezas, de estatus, la buena apariencia, un diploma, las relaciones políticas. No sean divididos en sus propósitos y metas. No se preocupen por eso, no saquen la mirada del trabajo con materialismo y valores. Sus actos y sus palabras solo tendrán poder cuando su vista esté apuntando al lugar correcto.

II. Oren como Jesús

En Mateo 17, la Biblia relata el episodio de la transfiguración de Jesús. Con él se encontraban Pedro, Santiago y Juan. Ellos subían a un alto monte y Jesús fue transfigurado en su presencia. Esta historia es conocida, pero el versículo cinco merece ser recordado: “Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”. Notemos: “a él oíd”. Dios estaba recomendando al mundo que escuchara a su Hijo. Los testigos allí presentes, Pedro, Santiago y Juan, recibieron una clara visión de la divinidad de Jesús y una orden que venía directamente de Dios: ‘Escuchen a mi Hijo Jesús, en quien tengo complacencia’. Creer en Jesús es seguir la orden que Dios da de oírlo, practicar sus enseñanzas y revelar al mundo la salvación que solo existe en él. ¡Qué clase fue la que Pedro, Santiago y Juan participaron!

Después de ese episodio magnífico, Jesús y los discípulos descendieron del monte, y “Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: ‘Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar’. Respondiendo Jesús, dijo: ‘¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo acá’” (Mateo 17:14-17).

Noten que este acontecimiento se dio tiempo después de que los discípulos habían sido comisionados por Jesús para expulsar espíritus malos, pero ahora allí estaban, tímidos, y sin saber qué hacer, y ¿qué fue lo que dijo Jesús cuando supo que los discípulos no pudieron curarlo? “¡Oh generación incrédula y perversa!”. ¡Generación incrédula! La generación que no cree. “Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora”.

En el momento en el que Jesús curó al muchacho lunático, los discípulos deben haber estado curiosos e indignados por su incompetencia espiritual. ¿Cuál sería el problema? Entonces, “Viniendo los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ‘¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?’ Jesús les dijo: ‘Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: «Pásate de aquí allá», y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno’” (v. 19, 20).

Las palabras de Dios en ese momento de la transfiguración fueron “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd”. Escuchen a mi Hijo, ¡conversen con él! Oren y ayunen y ustedes recibirán poder.

La oración, la búsqueda de conocimiento de Dios a través de la Biblia y la entre- ga diaria de nuestra voluntad a Dios es nuestra mayor necesidad. Nada sustituye el momento particular con Dios. Nuestro sermón no lo sustituye. Nuestro trabajo no lo sustituye, ni nuestros ideales, propósitos o nuestro arduo evangelismo. Somos nuestra genuina práctica espiritual, nuestro compañerismo diario con Cristo. No es nuestro trabajo arduo lo que nos traerá poder. La Biblia no dice: ‘trabajad sin cesar’, sino ‘orad sin cesar’.

Jesús dice: “¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de sopor- tar?”. En otras palabras, Jesús estaba diciendo: “Ustedes no tienen que sentirse seguros porque yo estoy cerca. No tienen que tenerme cerca, sino que tienen que tenerme den- tro de ustedes, entonces tendrán poder”.

Testimonio

Renato Ribeiro Ruela, en su juventud, se rebeló contra Dios y eligió un estilo de vida totalmente opuesto al incentivado por la Biblia. Él experimentó un vacío tan grande que no cabe en las palabras. Su vida, llena de demasiado alcohol, muchas baladas, sexo sin amor, sin respeto y alimentada por un escepticismo abierto y agudo solo le trajo un cansancio existencial tremendo. Se rebeló audiblemente contra Dios, se rebeló, peleó, lloró, hizo planes para matarse, pero la misericordia de Dios no tiene límites y lo alcanzó. Sin todavía conocerlo, una vieja amiga de la familia, Rosilene Evangelista, escuchó decir que Renato Ruela, hijo del fallecido Pedro Ruela, estaba involucrado en muchas cosas malas. Desde ese día, ella comenzó a orar y a interceder por él y continuó orando por casi un año. Cuando ellos se conocieron, ella se propuso ayunar por él todos los sábados, sin que él lo supiera. ¡Solo ayunaba y oraba! Como respuesta a ese acto de poder, Dios tocó el corazón de Renato y él no se resistió. Se rindió ante la gracia de Dios, gracias al ayuno y oración de poder de la querida hermana Rosi.

El ayuno y la oración de alguien con poder expulsaron los malos espíritus de un joven que no nació para otra cosa que el reino de Dios.

Llamado

¿De dónde venía el poder en la vida de Gedeón, de los tres jóvenes hebreos en Babilonia, de David, Moisés, Daniel y Pablo? La respuesta es simple: el poder de ellos venía de su intensa vida de comunión. Conocemos sus historias, sus luchas, sus victorias y admiramos el ejemplo que ellos nos dejaron, pero hoy podemos apegarnos a Dios y seremos cristianos poderosos de la manera como Dios desea.

Abra su corazón a Dios y pídale que lo transforme en un cristiano fervoroso y de poder.

Digan como Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Pídale a Dios que lo ayude a buscar el poder que viene de él y no el poder que viene del mundo.

Tener poder es simple, basta con tener a Jesús. Muchos tienen cerca a Jesús. No es suficiente. Es necesario estar con él en la dirección de su vida, a cada paso. ¿Acepta que Jesús dirija su vida?

El éxito es simple, pero no es nuestro. Es Jesucristo en nosotros.

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