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La cura - La Peste

LA CURA

-Esto es imposible, puesto que se ha curado. Ustedes lo saben tan bien como yo: la peste no perdona.

La medicina tardará algún tiempo en ponerse a la venta en las farmacias; pero al fin la tendremos; es cuestión de paciencia y resistencia.

Dos clases de decisiones. Primera, hacer lo que se está haciendo, lanzar la bola hacia adelante y esperar que amaine la tormenta. Ganar tiempo, en otras palabras. 

La otra decisión no es para gente común y corriente. La que tiene una perspectiva más bien brumosa, desafiante, pero sugestiva y tentadora. Para encaminarse por esa vía es preciso ser un pionero; ese a quien le gusta marcar huellas nuevas en la ruta; un Salvador, una especie medio rara, pero que bien sabe lo que busca, aunque nadie le comprenda.

Ese desafío nos señala un empinado sendero por donde hay que ascender sin mirar atrás. Cuesta despedirse de cosas viejas, pero tengamos el valor de desdeñarlas a cambio de estrenar cosas nuevas. La novedad como objeto de conquista es siempre cara.

No  falta quien se halla abocado a poner palos que sostengan en las esquinas al vetusto edificio que se desploma; el último empujón lo dio justamente el virus famoso. Es necesaria una nueva vida. No una antigua llena de parches nuevos.

La vida eterna nos lleva por delante; mientras nos empecinamos en ver la realidad por el retrovisor.

Éste dijo que había demasiados hombres que seguían inactivos, que la epidemia interesaba a todos y que cada uno debía cumplir con su deber.
Cualquiera podía ingresar en los equipos de voluntarios.
-Es una buena idea -dijo Cottard-, pero no serviría para nada. La peste es demasiado fuerte.
-Eso lo sabremos -dijo Tarrou, con tono paciente- cuando lo hayamos intentado todo.

Con él -había dicho Cottard a Rambert- se
puede hablar porque es un hombre. Siempre está uno seguro de ser comprendido."

Evidentemente, esto no va mejor. Pero por momentos, todo el mundo está en el lio."
Es un personaje que crece.

A mi edad es uno sincero forzosamente. Mentir cansa mucho.

-Nada en el mundo merece que se aparte uno de los que ama. Y sin embargo, yo también me aparto sin saber por qué.
Rieux se dejó caer sobre el respaldo.
-Es un hecho, eso es todo -dijo con cansancio-. Registrémoslo y saquemos las consecuencias.
-¿Qué consecuencias? -preguntó Rambert.
-¡Ah! -dijo Rieux-, no puede uno al mismo tiempo curar y saber. Así que curemos lo más a prisa posible, es lo que urge.

Hasta los últimos días de octubre no se ensayó el suero de Castel. Este era, prácticamente, la última esperanza de Rieux. En el caso de que fuese un nuevo fracaso, el doctor estaba persuadido de que la ciudad quedaría a merced de la plaga que podía prolongar sus efectos
durante varios meses todavía o decidirse a parar sin razón.

Los primeros días, no podía uno entenderse aquí -dijo Rambert-, pero a medida que pasa el tiempo van hablando cada vez menos.

Todos tenían aire de desconfianza

Yo me siento más solidario con los vencidos que con los santos.

El camino para llegar a la paz: LA SIMPATÍA

Durante unos minutos avanzaron con la misma cadencia y el mismo vigor, solitarios, lejos del mundo, liberados al fin de la ciudad y de la Peste.

Tarrou pensaba que la enfermedad los había olvidado, que esto había sido magnífico y que ahora había que recomenzar.

La victoria estaba alcanzada y la enfermedad abandonaba sus posiciones.

Únicamente estaba uno obligado a comprobar que la enfermedad parecía irse por dónde había venido.

La estrategia que se le opuesto lo había cambiado: ayer ineficaz, hoy aparentemente afortunada. Se tenía la impresión de que la enfermedad se había agotado por sí misma o de que acaso había alcanzado todos sus objetivos. Fuese lo que fuese, su papel había terminado.

Naturalmente, una declaración administrativa no bastaba por sí misma para detener una plaga, pero se podía creer que la epidemia, salvo imprevistos, iba a terminar.

La derrota definitiva, la que pone fin a las guerras y hace de la paz un sufrimiento incurable.
Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la Peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo. ¡Es posible que fuera a eso a lo que Tarrou le llamaba ganar la partida!
Pero si esto era ganar la partida, qué duro debía ser vivir únicamente con lo que se sabe y con lo que se recuerda, privado de lo que se espera.

Si no nos ponemos fuertes para tener el mal a raya no tendremos ningún derecho a quejarnos por merecer ese triste destino.

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