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El Secreto del éxito - De Egipto a Canaán

I. INTRODUCCIÓN 

En esta oportunidad vamos a analizar el primer intento del pueblo de Israel por entrar en la Tierra Prometida, dos años después de haber salido de Egipto. Esta experiencia nos permitirá examinar un frecuente flagelo de nuestra sociedad: el desánimo, o la depresión. Todos hemos padecido alguna vez este sentimiento negativo. No nos referimos a la depresión patológica, que requiere atención profesional, sino al desánimo que tiene un trasfondo espiritual.

II. ISRAEL CAE EN EL DESÁNIMO COLECTIVO 

"Este es, por tanto, el fin de nuestras grandes esperanzas" 4TI, 149.
¿Cómo sabemos que el pueblo de Israel se desanimó? Por los resultados. “Entonces, toda la congregación alzó la voz, y el pueblo lloró aquella noche” (Números 14:1). 

"Cuando los israelitas hubieron escuchado este informe expresaron su decepción con amargos reproches y llantos" 4TI, 149. ¿Lloraste alguna vez toda la noche, o te despertaste y comenzaste a llorar por una situación que te afligía? El pueblo de Israel estaba sumido en una depresión colectiva. Cuando estamos profundamente desanimados perdemos la visión clara de la realidad. Es como si nos hubiéramos puesto anteojos oscuros y, en consecuencia, vemos todo negro. Entonces los aspectos negativos adquieren una dimensión mayor y los positivos parecen insignificantes. Hagamos una radiografía de lo que puede suceder cuando estamos desanimados. “Y todos los israelitas se quejaron contra Moisés y Aarón, y dijeron: ‘¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, o muriéramos en este desierto!’” (Números 14:2). 

El pueblo proyectó la responsabilidad de la situación en sus líderes. "Dejaron a Dios de lado" 4TI, 149.El culpar a otros de nuestros problemas es algo tan antiguo como la caída de Adán y Eva, en el Edén. Cuando Dios confrontó a Adán él se defendió: “…La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí” (Génesis 3:12). Y cuando interpeló a Eva ella le dijo: “…La serpiente me engañó, y comí” (v. 13). "Su falta de fe limitaba la obra de Dios y desconfiaban de la mano que los había guiado sanos y salvos hasta ese momento" 4TI, 149.

Al final, Dios quedó como responsable del problema. Frecuentemente escuchamos a algunas personas que se dedican a culpar a los gobernantes de sus males —y esto también puede ocurrir en la iglesia: “Todo es culpa del pastor, del anciano, del presidente de la Asociación”, etc. 

Cuando culpamos a otros perdemos la oportunidad de cambiar lo único que podemos cambiar: nosotros mismos. Si todas mis dificultades ocurren por causa de otros, no tengo nada que cambiar. Tampoco se puede forzar a los demás para que cambien, como pretendemos. 

¿Qué hay detrás de la expresión “ojalá muriéramos en este desierto”? Una persona tiene que estar muy mal para creer que la muerte soluciona sus problemas. Como seguidores de Jesús, quien se definió como “la vida” (Juan 14:6), somos llamados a defenderla. La nuestra y la de los demás. 
En Números 14:3 encontramos otro argumento, como consecuencia del desánimo: “¿Por qué el Señor nos trae a esta tierra para caer a espada, y que nuestras esposas y nuestros niños sean por presa? ¿No sería mejor volvernos a Egipto?” Ahora el pueblo culpa directamente a Dios. De alguna manera ya lo habían hecho cuando se quejaron de Moisés y Aarón, que Dios había colocado como líderes. Quizá alguna vez se haya preguntado: ¿Por qué Señor? ¿Por qué a mí, que soy fiel, que participo de las actividades de la iglesia? Puede que haya sentido lo mismo que el salmista: “Porque tuve envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos” (Salmos 73:3). 

Es probable que nos sirva de consuelo que el mismo Jesús formuló también esta pregunta: “…¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). La respuesta de Dios a esta pregunta de Jesucristo fue un silencio prolongado. Quizá uno de los mayores desafíos que tenemos en la vida cristiana sea aprender a convivir con los silencios de Dios. El pecado y sus consecuencias no tienen una explicación lógica, no forman parte del plan divino. Es una intromisión que será eliminada cuando Dios vuelva a tener el dominio absoluto de la tierra. Finalmente, si Jesús no obtuvo una respuesta, ¿por qué debiéramos tenerla nosotros?

III. LAS CAUSAS DEL DESÁNIMO DE ISRAEL

¿Cómo llegó el pueblo de Israel a esta situación? 
"Los informes desfavorables habían causado el desaliento de todo el campamento. Se esforzaron por razonar con los israelitas; pero estos habían enloquecido y habían caído presa del desencanto" 4TI, 150. "Ese informe no solo era perverso, sino engañoso" 4TI, 150. "Su corazón estaba lleno de sinrazón y los israelitas no querían escuchar más... En ese momento la gente se sintió muy alterada, se encendieron sus peores pasiones y rechazaron escuchar a. la razón... Se abalanzaron sobre ellos, lanzando gritos de locura." 4TI, 152.
Básicamente, debido al informe presentado por la mayoría de los espías que envió Moisés para reconocer la Tierra Prometida. Todos coincidían en que era próspera: “Dijeron: ‘Llegamos al país a donde nos enviaste, que ciertamente mana leche y miel. Este es su fruto’ ” (Números 13:27). Pero la mayoría consideraba que el territorio era inexpugnable. “Pero el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas… También vimos gigantes allí, hijos de Anac, raza de los gigantes. Nosotros, a nuestro parecer, éramos como langostas. Así les parecíamos a ellos” (Números 13:28, 33). 
"Esos hombres emprendieron un camino equivocado, dispusieron sus corazones contra Dios, contra Moisés y Aarón y contra Caleb y Josué. Cada paso que daban en la dirección equivocada los hacía más firmes en la decisión de desalentar al pueblo de cualquier intento de poseer la tierra de Canaán. Distorsionaron la verdad para llevar a cabo sus mortíferos propósitos" 4TI, 150.

"Cuando el corazón de los hombres que ocupan posiciones de responsabilidad es vencido por la falta de fe ya no hay límites para su progreso en las malas acciones. Pocos son los que se dan cuenta, al iniciar este peligroso viaje, hasta qué punto los guiará Satanás." 4TI, 150.
"Todos excepto dos dijeron palabras desalentadoras al respecto de su capacidad para conquistarla" 4TI, 149.

Las ciudades eran fortificadas, estaban bien armados y acostumbrados al combate. Además, algunos de sus habitantes eran gigantes. ¿Cómo podía enfrentarlos un grupo de pastores que peregrinaban por el desierto? Cuando uno está desanimado ve las cosas en forma distorsionada. El grupo mayoritario de espías declaró que se sentían como langostas, al lado de los hijos de Anac. A partir de esta experiencia algunos hablan del “síndrome de langosta”; estas personas se consideran incapaces de afrontar los desafíos de la vida. No se animan a testificar, a predicar, a compartir su fe, a orar en público, a enseñar la lección de la Escuela Sabática, etc. Siempre hay otro que lo puede hacer mejor. Quizá tenga que ver con una baja autoestima. El dicho afirma que “no hay peor gestión que la que no se hace”. ¿Estaremos padeciendo del “síndrome de langosta”? Por otro lado se encontraban Josué y Caleb. Ellos también habían visto la prosperidad, las ciudades fortificadas y los gigantes. Pero concluyeron su informe diciendo: “…Subamos en seguida, que más podremos nosotros que ellos” (Números 13:30). ¿Cómo sustentaban esta declaración? ¿Habían perdido todo contacto con la realidad? ¿Vivían haciendo castillos en el aire? ¿No eran conscientes de sus limitaciones? 

Si analizamos sus nombres podemos ampliar nuestro panorama. La raíz del nombre “Josué” es la misma que la de “Jesús”, cuyo significado es “salvador”. Evidentemente, la familia de Josué confiaba en Dios, en un sentido práctico. “Caleb” significa “perro”. ¿Quién llamaría a su hijo de esta manera? Otro detalle interesante es que Caleb no era judío sino ceneceo (Números 32:12). Aparentemente, Caleb y su familia habitaban el desierto por el que transitó Israel y decidieron unirse al pueblo, aceptando al Señor. Quizá la familia no tuviera una gran tradición religiosa pero eran personas “recién convertidas” que experimentaban “el primer amor”. Lo cierto es que, cuando fueron enviados los espías, Caleb representó a Judá. Muchas veces Dios utiliza personas que nosotros dejamos de lado, aunque hayan demostrado tener una fe más robusta que la de muchos integrantes de las familias religiosas tradicionales. "Se opuso a la visión cobarde de sus compañeros espías que habían debilitado la fe y el coraje de todo Israel" 4TI, 150.

IV. EL SECRETO DEL ÉXITO 

¿Por qué diferían tanto las conclusiones de los espías? ¿Por qué algunos veían posible lo que otros consideraban imposible? La clave se encuentra en Números 14:8: “Si el Señor se agrada de nosotros, nos introducirá en esa tierra que mana leche y miel, y nos la entregará”. La gran diferencia radica en que Josué y Caleb incluían en su visión la intervención divina. Si Dios ordenaba avanzar les daría la victoria, aunque pareciera humanamente imposible. En el versículo 9 los dos espías además aconsejan al pueblo: “Por tanto, no seáis rebeldes contra el Señor, ni temáis al pueblo de esa tierra, porque nosotros los comeremos como pan. Su amparo se apartó de ellos. Pero con nosotros está el Señor. No los temáis”. Josúe y Caleb utilizaron un expresión que seguimos usando en nuestros días. Si vamos a jugar un partido y vemos que el contrincante no tiene grandes antecedentes, decimos: “es pan comido”. ¡Los gigantes, las ciudades fortificadas y las armas son pan comido porque Dios está con nosotros! 

¡Qué importante es la fe, cuando enfrentamos los desafíos personales y los que tenemos como iglesia! 

ILUSTRACIÓN: 
Los gerentes de ventas de dos fábricas de zapatos fueron enviados a un país africano, procurando extender sus mercados. Pero al llegar encontraron que la mayor parte de sus habitantes no usaban zapatos. Rápidamente uno de ellos se comunicó con su empresa y dijo: 
- “Vuelvo inmediatamente. Es imposible entrar en este mercado porque la mayoría de las personas no usa zapatos”. El otro gerente también se comunicó con su empresa y expresó un mensaje contundente: 
- “Manden todo stock disponible. El mercado es amplísimo; pocas personas usan zapatos”. Ante los mismos hechos algunos sólo ven imposibilidades, mientras que otros ven las oportunidades. Todo depende de la actitud que asumamos.

V. CONCLUSIÓN 

En esta oportunidad el pueblo de Israel no entró a la Tierra Prometida. La generación que no demostró honradez. Ciertamente Moisés describe aquí (Deuteronomio 32:5) "Una generación torcida, intratable, ingobernable. La descripción hecha por Cristo de su propia generación es comparable a esta (Mateo 16:4; 17:17)" 1CBA, 1080. Su actitud insensata, obstinada, sin discernimiento, discriminación o sabiduría les llevó a pagar el amor de Dios con ingratitud.

Los huesos de esa generación incrédula se secaron en el desierto y, con el paso del tiempo, otra generación volvió a la frontera de Canaán. Junto con los jóvenes venían dos viejitos: Josué y Caleb —los que afirmaron que con la ayuda divina podían, y pudieron. Los que confiaron en sus propias fuerzas fracasaron. De paso, Caleb pidió que le permitieran combatir a los gigantes (Josué 14:11, 12) 

¡Qué jubilado! ¿Qué actitud tenemos nosotros? ¿Nuestra mirada incluye la intervención divina? ¿Tenemos una mirada de fe, que reconoce la providencia del Señor? El cumplimiento de las profecías indica claramente que nos estamos acercando a la instauración del gobierno de Dios en esta tierra. Entre nosotros y la Tierra Prometida se levantan varios gigantes: nuestra lucha por asemejarnos al Señor, la evangelización de una sociedad secularizada, una iglesia tibia, etc. La promesa del Señor permanece inalterable: “…Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). ¡Amén!

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